viernes, junio 21, 2024

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17 de junio. Día Mundial de la Lucha contra la Desertificación y la Sequía

“Podemos restaurar las tierras por una fracción de lo que se gasta actualmente en subsidios perniciosos para el medio ambiente. Cada dólar invertido en restaurar tierras puede generar 30 veces más en beneficios”. António Guterres, Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas. 

El número y la duración de las sequías han aumentado un 29% desde 2000 y, a día de hoy, hay más de 2300 millones de personas que sufren problemas a causa de la escasez de agua. Se trata de unas cifras crecientes y preocupantes, máxime considerando que uno de cada cuatro niños en el mundo se verá afectados por este fenómeno de aquí a 2040 (UNICEF). Ningún país es inmune a la sequía.

Este año, el tema del Día Internacional contra la Desertificación, “Superando juntos las sequías”, hace especial hincapié en la acción temprana para evitar consecuencias desastrosas para la humanidad y los ecosistemas planetarios.

La desertificación es un problema mundial que conlleva repercusiones graves para la biodiversidad, la seguridad de los ecosistemas, la erradicación de la pobreza, la estabilidad socioeconómica y el desarrollo sostenible.

Si bien incluye también la invasión de las tierras por dunas, la desertificación no hace referencia al avance de los desiertos. Se trata de una degradación continua de los ecosistemas de las zonas secas debido a las actividades humanas —como la sobreexplotación de la tierra, la minería, el sobrepastoreo y la tala indiscriminada— y a los cambios climáticos.

Además, el viento y el agua agravan la situación arrastrando la capa superficial de suelo fértil y dejando atrás tierras improductivas. La persistencia de esta combinación de factores acaba por convertir las tierras degradadas en desiertos.

Los ecosistemas de las zonas secas son ya frágiles de por sí. Su degradación puede tener efectos devastadores para la población, la cabaña ganadera y el medio ambiente. Millones de personas se verán desplazadas en los próximos años como consecuencia de la desertificación.

En estas tierras de baja productividad se inicia así una espiral descendente que acaba con el agotamiento de los nutrientes del suelo y los acuíferos subterráneos.

Existen medidas que pueden tomarse para reducir la desertificación:

Reforestar y regenerar las especies arbóreas.

Mejorar la gestión del agua, mediante el ahorro, la reutilización de las aguas depuradas, el almacenamiento del agua de lluvia, la desalinización o, en su caso, el riego con agua de mar de las plantas halófilas.

Mantener el suelo mediante el uso de vallas para frenar el avance de las dunas, barreras arbóreas para proteger frente a la erosión eólica, etc.

Enriquecer y fertilizar el suelo a través de la regeneración de la cubierta vegetal.

Posibilitar el desarrollo de los brotes de especies arbóreas nativas mediante la poda selectiva. Los residuos de la poda se pueden emplear para abonar los campos, y así aumentar la capacidad de retención de agua del suelo y reducir la evapotranspiración.

Podemos y debemos invertir esta espiral descendente.

En 1944, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 17 de junio como el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación a través de la resolución 49/115, para fomentar la conciencia pública en la materia.

Asimismo, esta celebración se puso en marcha como la puesta en acción de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación en aquellos países afectados ya sea por graves sequías, por desertificación, o por ambas, particularmente en África, aunque la problemática se ha extendido e intensificado en estos años.