martes, agosto 09, 2022

Benito Abraham Orozco, Opinión

¿A quién corresponde combatir la inseguridad?

“…la violencia no resuelve los problemas, sino que aumenta el sufrimiento innecesario”. Papa Francisco

         Decir que el principal responsable de asegurar la paz pública y, en consecuencia, de combatir la inseguridad que se vive a lo largo y ancho del país, es el Estado mexicano a través de diferentes instancias federales, estatales y municipales, es una afirmación que definitivamente no admite discusión alguna.

         Cada uno de los distintos niveles de gobierno cuenta con sus atribuciones específicas, a efecto de perseguir y sancionar los delitos y las faltas a los bandos de policía y gobierno, según corresponda.

         En las últimas décadas, hemos visto diferentes maneras —¿estrategias? — de pretender abatir la delincuencia, pero de ninguna de ellas se puede siquiera sugerir que han sido efectivas. Cuando se ha acudido a perseguirla in situ con grandes despliegues de cuerpos de seguridad, en su gran mayoría se lleva a cabo de manera temporal, rara vez con resultados efectivos. Pero una vez que se retiran las “fuerzas del Estado”, sólo “se deja la víbora chillando” y las consecuencias son peores para los habitantes de esa región.

         Bien pudiera decirse que en los últimos años los diferentes gobiernos se han visto más obligados a procurar mitigar la violencia, ya sea por el aumento considerable de la misma y/o por la exigencia social, y de una u otra manera han venido aplicando un esfuerzo mayor sobre el particular. No obstante, cada vez se observan menos resultados.

         Estamos frente a un problema por demás complicado, que requiere del concurso de múltiples voluntades. Por ejemplo: los empresarios de la radio y de la televisión requerirán ser más selectivos con los comerciales, programas y canciones que trasmiten, para abonar a una cultura de la paz; el magisterio deberá ser más enfático con la niñez, la adolescencia y la juventud, en la promoción de valores como el respeto, la justicia y la legalidad, entre otros. Pero, como sociedad en general ¿qué nos corresponde hacer y qué hemos estado llevando a cabo?

         Definitivamente no podemos dejar a las autoridades toda la responsabilidad de que las cosas marchen bien en nuestro querido México. Somos muy puntuales —y hasta despiadados– a la hora de criticar y de reprochar cuando consideramos que determinado gobierno no está haciendo las cosas bien, pero a la vez somos sumamente permisibles con nuestro actuar, aún y cuando vayamos en contra de lo que más nos convenga como colectividad.

         Hemos relajado considerablemente nuestro papel como padres de familia. Ahora los hijos son quienes imponen su voluntad, y papá o mamá, con el fin de evitar discusiones o molestias, conceden lo que les es requerido por aquellos. Ya no podemos controlar —incluso ni nos interesa hacerlo en múltiples casos— el tipo de diversión por el que optan los vástagos. Videojuegos y entretenimiento en general con contenido violento y sexual ya son muy comunes, y poco hacemos para evitarlo. Como padres tenemos toda la autoridad y la obligación para orientarlos y corregirlos, pero nos han hecho creer que existe una individualidad que nos limita.

         Lo que se enseña en determinados centros escolares, ha llevado al absurdo de que el propio niño decida si saluda o no al llegar a algún lugar. Esto desfavorece, por supuesto, una relación armónica con los demás, y fomenta actitudes egoístas que le implicarán rechazos de otras personas. Una muestra de educación, tan simple y tan básica como lo es el saludo, abrirá demasiadas puertas, evitando situaciones incomodas.

         La falta de comunicación y la permisibilidad en la relación padres-hijos, va en un incremento preocupante. Ese individualismo nos ha sumido tanto a los unos como a los otros, a no compartir nuestras emociones, reservándonos los problemas por muy graves que sean. Para empezar, ya no es común que todos los miembros de la familia coincidan a la hora de tomar los alimentos en la cocina de la casa, que por generaciones fue el momento y el lugar adecuados para compartir, por todos, lo ocurrido durante el día. En la actualidad, preferimos estar ocupados en el teléfono celular, la televisión, la computadora, etc., exponiendo a extraños las tristezas, alegrías, logros, problemas y demás cuestiones que deberían ventilarse primeramente en el hogar. ¿Quién en la actualidad le da puntual seguimiento y apoyo al avance escolar del hijo y al cumplimiento de sus tareas?

         Cuando algún hijo o hija nos pide permiso para ir a alguna reunión hasta altas horas de la noche, o más bien de la madrugada, y les restringimos el horario y los cuestionamos sobre a dónde y con quien irán, no falta que nos digan que somos anticuados, y que a sus amigos los papás no les ponen esos límites ni los investigan tanto. Aquí es donde respondemos que ese es asunto de ellos (los padres de sus amigos), y que por lo pronto uno sí se preocupa por que los hijos estén bien, y que se junten con las personas adecuadas. Eso es lo que supone que todos deberíamos hacer como padres, pero muchas veces lo que hacemos es proporcionar el vehículo y el dinero correspondiente para salgan a “divertirse”, sin indagar nada. Ah, pero si llega a presentarse un incidente con algún tránsito o policía, inmediatamente nos apersonamos y como “fieras” defendemos el honor y la inocencia de nuestros “educados” hijos, independientemente de su culpabilidad.

         Por otro lado, qué ejemplos les estamos ofreciendo en nuestro actuar personal, familiar y social. ¿Somos individuos que no transamos o que no nos aprovechamos de los demás? ¿Nos solidarizamos con los vecinos, conocidos, amigos y familiares? ¿Respetamos lo que no nos pertenece y la forma de pensar y de actuar de los demás? ¿Promovemos relaciones amables y sinceras con quienes nos rodean? ¿Tenemos al menos la atención de saludar a quienes viven en nuestro barrio?

         En los centros de trabajo, cómo nos comportamos: ¿ayudamos al compañero cuando se requiere, o le complicamos las cosas para hacerlo quedar mal?; ¿somos jefes respetuosos y empáticos con las tareas de los subordinados, o somos autoritarios y vengativos? ¿damos ejemplo de honestidad, o somos corruptos?

         Indudablemente la aportación que podemos y debemos hacer como sociedad, si bien distinta, es mayor que la que corresponde a nuestras autoridades, y pudiera ser de un impacto mayúsculo.

Desde cada uno de los ámbitos en los que interactuamos, debemos promover y alcanzar una cultura de la paz, de la legalidad y de la justicia, que genere las sinergias necesarias para que las cosas cambien favorablemente en el país.