miércoles, junio 19, 2024

Aída Holguín Baeza, Opinión

¡A votar se ha dicho!

La semana pasada, en este espacio de análisis y reflexión, expuse y argumenté por qué el sufragio no es solamente un derecho, sino también un deber y una oportunidad.

Ahora, en vísperas de las elecciones, lo que sigue es asumir la responsabilidad de responder como es debido y aprovechar la oportunidad que el ejercicio del derecho al voto nos brinda. Es decir, en el entendido de que, como bien lo dijo Dolores Huerta, si la gente no vota, todo sigue igual. “Puedes protestar hasta que el cielo se ponga amarillo o la luna se ponga azul, y nada cambiará si no votas”.

Y sí, claro que se entiende que a veces -o muchas veces- la decepción y el hartazgo de los electores los lleve a pensar en ejercer su derecho anulando su voto o, en el peor de los casos, abstenerse de ejercer su derecho al voto, pero la historia y los hechos que en ella han acontecido nos dicen que esa no es la solución, ni está cerca de serlo.

En ese y con ese contexto es que lo dicho por José Martí adquiere mayor sentido en lo referente a que el voto es un encargo más delicado que cualquier otro, porque involucra no sólo los intereses del elector, sino también su vida, su honor y su futuro.

Es precisamente por eso, por todo lo ya expresado, que resulta imprescindible recordar que, cuando de democracias y de su futuro hablamos, el tema del derecho a votar toma especial relevancia dado que se trata de un derecho que, por su propia naturaleza de amplio carácter político, cívico y social, se constituye en un derecho irrenunciable y, por lo tanto, en un deber y en una oportunidad.

Entonces, en consideración de todo eso y del hecho de que, tal como lo han advertido los expertos en la materia, este 2024 las democracias se pondrán a prueba y el balance general de la temporada electoral, lejos de ser beneficiosa para el status quo de la democracia moderna, podría ser muy adversa a ella, lo que procede es salir a votar en total libertad y con plena conciencia de lo que eso significa; o sea que, tal cual lo dijo Volker Türk, las elecciones de este año son una prueba definitiva para el espacio cívico y para una gobernanza efectiva, por eso los Estados y sociedades no pueden permitirse el no superar esta prueba.

El meollo del asunto es, pues, que “para que la democracia funcione, debemos ser una nación de participantes, no simplemente de observadores. Quien no vota no tiene derecho a quejarse”, dijo sabiamente Louis L’Amour. Y es por eso que, al igual que Peyton Manning, yo voto y he votado desde que tengo derecho a votar.

Total que, para superar la prueba de fuego a la que los mexicanos nos estamos enfrentando, reitero que lo que procede es cumplir con nuestro deber de ejercer el derecho al voto porque, de lo contrario, perderemos la oportunidad de rectificar el rumbo de nuestro país. Entonces, este 2 de junio, ¡a votar se ha dicho!

A modo de resumen, concluyo citando una atinada reflexión de autor desconocido: Lo que más necesitan las democracias es que los electores acudan a votar con la misma profusión con que se presentan los candidatos.

Aída María Holguín Baeza
laecita@gmail.com