El Papa Francisco cumple este lunes 13 de marzo 10 años de un pontificado marcado por su popularidad entre los fieles y por la feroz resistencia en la Iglesia Católica a su voluntad de reformas, aunque estas no cuestionen los pilares doctrinarios.
Apenas elegido papa, el 13 de marzo de 2013, el cardenal argentino Jorge Bergoglio mostró su deseo de ruptura saliendo al balcón de la Basílica de San Pedro sin ningún ornamento litúrgico.
Este jesuita sonriente y de hablar franco contrastaba fuertemente con el tímido Benedicto, que había renunciado a su cargo.
Este año al recibir en el Vaticano a los participantes en el encuentro promovido por la “Strategic Alliance of Catholic Research Universities”, SACRU, y la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice, el Papa Francisco condenó la discriminación de las mujeres en el trabajo, a menudo debida a la maternidad, y alabó el heroísmo de tantas “mujeres de la puerta de al lado”
Desde hace demasiado tiempo las mujeres han sido el primer “material de descarte” y “es usada”, víctima de violencias y abusos. Francisco piensa en las numerosas y persistentes discriminaciones en el trabajo, a menudo debidas a la maternidad, en la diferencia salarial entre los dos sexos, pero también en el heroísmo de tantas mujeres anónimas, las de la puerta de al lado, que constituye la “fuerza silenciosa de nuestros días”. “La diversidad”, advirtió, recordando la importancia de una mayor inclusión, “nunca debe traducirse en desigualdad, sino en una acogida agradecida y recíproca”.
La ocasión la brindó al Papa la presentación del volumen, del que Francisco redactó el prefacio, “Más liderazgo femenino para un mundo mejor. El cuidado como motor de nuestra casa común” por parte de unos noventa miembros de la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice y de la red de universidades católicas SACRU, a quienes recibió en la Sala Clementina.
“Toda persona debe ser respetada en su dignidad y en sus derechos fundamentales”, reiteró el Papa, pensando en el drama de la violencia contra las mujeres.
No podemos permanecer callados ante esta lacra de nuestro tiempo. No dejemos sin voz a las mujeres víctimas de abusos, explotación, marginación y presiones indebidas. Seamos la voz de su dolor y denunciemos con firmeza las injusticias a las que son sometidas, a menudo en contextos que las privan de toda posibilidad de defensa y de rescate.
El claro rechazo del Obispo de Roma a cualquier forma de discriminación contra las mujeres, así como contra otras categorías débiles de la sociedad. De ahí su llamamiento a “caminar juntos integrando a todos, “especialmente a los más frágiles desde el punto de vista económico, cultural, racial, religioso y de género”:
Nadie debe quedar excluido: éste es un principio sagrado. De hecho, el proyecto de Dios Creador es un proyecto “esencialmente inclusivo”, que pone en el centro precisamente a “los habitantes de las periferias existenciales”; es un proyecto que, como hace una madre, mira a sus hijos como a los dedos diferentes de una misma mano. (…)
(…) Vuelven a la mente de Francisco muchos ejemplos de heroísmo cotidiano vivido en la clandestinidad, el recuerdo va a las muchas mujeres que el entonces padre Bergoglio conocía en el autobús que iba a la cárcel de Buenos Aires: el noventa por ciento de las personas que visitaban la prisión eran mujeres. Las mamás son la fuerza silenciosa de nuestros días, según el Papa, que cuenta también la historia de otra mujer. Era de condición humilde, sin marido, vivía en una casa muy pequeña, y todas las mañanas salía a limpiar. Antes de cerrar la puerta volvía los ojos hacia su hijo dormido en la cama del comedor, tras la borrachera de la noche anterior. La mirada constante y cotidiana de la madre cambió con el tiempo el corazón del muchacho.
Nuestra historia está literalmente tachonada de mujeres así, tanto las famosas como las desconocidas – ¡pero no para Dios! – que hacen avanzar a las familias, a las sociedades y a la Iglesia. Lo notamos incluso aquí, en el Vaticano, donde las mujeres que “trabajan duro”, incluso en funciones de gran responsabilidad, son ahora muchas. (…).
Las mujeres saben expresar tanto fuerza como ternura, son buenas, competentes, están preparadas, saben inspirar a las nuevas generaciones (no solo a sus hijos). Es justo que puedan aplicar estas competencias en todos los ámbitos, no solo en el familiar, y que reciban la misma remuneración que los hombres a igualdad de funciones, compromiso y responsabilidad. Las diferencias que aún existen son una grave injusticia.
Estas diferencias, junto con los prejuicios hacia las mujeres, están en la raíz de la violencia contra ellas. He condenado este fenómeno en muchas ocasiones; el 22 de septiembre de 2021 dije que la violencia contra las mujeres es una herida abierta fruto de una cultura de opresión patriarcal y machista. Debemos encontrar la cura para sanar esta lacra, no dejar a las mujeres solas.
La capacidad de cuidar debe ser expresada por todos nosotros, hombres y mujeres. Los hombres también pueden cultivar esta capacidad en la crianza de los hijos: que hermosa es la familia en la que ambos padres, madre y padre juntos, cuidan de sus hijos, los ayudan a crecer sanos y los educan en el respeto de las personas y de las cosas, en la bondad, en la misericordia y en la protección de la creación.
También me gusta la mención a la importancia de la educación. La educación es la vía principal, por un lado, para dotar a las mujeres de las habilidades y los conocimientos necesarios para afrontar los nuevos retos del mundo laboral y, por otro, para facilitar el cambio de la cultura patriarcal aún imperante. Desgraciadamente, todavía hoy, unos 130 millones de niñas en el mundo no van a la escuela. No hay libertad, justicia, desarrollo integral, democracia ni paz sin la educación.
