domingo, junio 23, 2024

Buzón, Luis Villegas Montes

Dónde me agarró el temblor 

Una reflexión personal.

Hola, perdido en los meandros de la implementación de la reforma laboral, febrero lo dediqué a reseñar algunos de los aspectos más destacados del proceso del que solo puedo adelantarles que esta semana se discute la Convocatoria para elegir a los funcionarios encargados de operarla y ¡ámonos! Ahora, por lo pronto, quisiera descargarme un poco; no dejar de lado esos afanes (porque no se puede ni se debe), pero sí darle su cauce natural a los tiempos de la reforma y todas sus implicaciones. Al tiempo, como luego se dice. 

Aparecer hoy con estos párrafos tiene el exclusivo afán de recobrar el ritmo natural de mis escritos, que navegan entre el desahogo, la guasa, la crítica, la contemplación, la reflexión y las ganas de fregar que periódicamente habitan este rechoncho cuerpo mío, incapaz de resistirse a los oscuros deleites que promete su equívoco encanto. 

Quizá esta necesidad de regodearme en una beatífica sensación de paz, se explique por el susto que padecí este fin de semana. Me explico, con el cuento de la reforma laboral el lunes salí a Juárez, el martes a Monterrey y el miércoles a la Ciudad de México. 

Alguien, presa de una profunda ignorancia, podrá decir: “¡qué padre!”. ¿Qué padre? Esto ya lo había vivido yo hace años, muchos años, cuando viajaba de un punto al otro de la República litigando asuntos electorales; pero no tiene nada de divertido porque vas a una reunión de trabajo, mal duermes, te bañas, te levantas, vas al aeropuerto, llegas, trabajas, mal duermes y así. En algún punto, te despiertas a media noche y con voz estrangulada te preguntas, presa de una súbita lucidez: “¿On toy?”. 

El jueves pasado, se suponía que yo debía regresar a Chihuahua, pero perdí el vuelo; viajaba yo en el Didi e iba yo tranquilamente jugando al Duolingo —oui, pendant mon temps libre, J’étudie le français (sí, en mis tiempos libres estudio francés)—, cuando de pronto el automóvil se detuvo. 

Estábamos en el Viaducto y los carros empezaron a detenerse. ¿En el Viaducto? ¿A las ocho y media de la mañana? Pues sí, ahí estábamos, parados. Una niña (o niño) sacó su manita por la ventanilla para pedir que no avanzáramos. Lo primero que pensé fue: “¿será una fila de patitos con una arrogante pata al frente? ¿De tortugas?”. No, nada; enfadado dejé de hacer lo que estaba haciendo y ahí estaba: una gorda encuerada parada en la banqueta (bueno, no estaba encuerada, pero como si sí lo estuviera porque se le transparentaba todito). 

Eso no fue lo raro, lo raro es que enseguida de la gorda había otra y otro y otro, entreverados con flacos (el más vestido con una pijama del Pato Lucas), mirando todos al cielo. Ahí sí ya, mi yo metiche, no se pudo contener y bajé el cristal para ver qué estaba pasando (me sentí Will Smith en Independence Day, esperaba yo ver una nave espacial encima del Palacio de los Deportes) y en eso la radio empezó a chirriar y resulta que había una alerta sísmica. 

Del Día de la Independencia pasé de inmediato a 2012; ya me veía yo en medio de un cataclismo de edificios derrumbándose, sumido en un mar de fuego y me sentí Woody Harrelson, abriendo feliz los brazos al fin del mundo. Pero no, la niña/niño metió su manita, no pasó ningún patito y lentamente se reanudó la circulación… muy lentamente. 

En esas estábamos, así que le dije al del Didi: “Hale, hale, usted déle y no se amilane, noble auriga”; el fulano volteó y me vio como Dios a las liebres; si él hubiera parlado la lengua de Checspir habría dicho: “¿what?”; mas no, nomás preguntó: “¿qué?”; a lo que yo le respondí con ese tonito inconfundible: “que le piques güey”; y sí, se puso las pilas, peeero, ahí fue donde sentí con toda nitidez cómo un hado maligno se cernía sobre mí. 

En efecto, jadeando, llegué al aeropuerto; antes de llegar al punto de revisión empecé a encuerarme (como la gorda, o sea, no todo) y ya en calcetines, sin saco, ni cinturón, haciendo malabares con el maletín, el portatrajes y mis tres bandejas (porque a fuerzas has de sacar la computadora de su estuche), llegué al área de inspección, donde me vieron como el “Señor de los Vuelos”, yo digo, porque me revisaron hasta las muelas. 

Ahí fue donde perdí el vuelo. Gracias a Dios, aquí estoy. 

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Luis Villegas Montes. 

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