24 junio, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

El libro que no le regalé al Capitán Córdova

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Mario Alfredo González Rojas.

Jorge ibarguengoitia ha sido uno de nuestros grandes novelistas, por desgracia ya fallecido. Murió, algunos lo han de recordar, debido al desplome del avión en que iba, cerca del aeropuerto de Barajas, de Madrid; el hecho fue el 26 de noviembre de 1983. A los pocos días, el 7 de diciembre próximo, moriría también la actriz mexicana Fanny Cano (Michoacán 8 de febrero de 1944 – 7 de diciembre de 1983), cuando el avión en que iría a Roma, se estrelló con otro, el que partía rumbo a Santander, en el mismo aeropuerto de Barajas.

Ayer leí un artículo en BBC News, acerca del libro Tomochi, la narración que hace Heriberto Frías sobre el enfrentamiento de pobladores de ese lugar cercano a la cascada de Baseasachi en nuestro estado, contra las fuerzas porfiristas, allá por el lejano 1892. Y volví a tomar de mi librero el libro referido para releerlo. Como estaba junto a “Los relámpagos de agosto”, de Jorge Ibarguengoitia (27 de enero de 1928 – 1983), es que ahorita estoy recordando al gran escritor nativo de Guanajuato. Y la cosa es que este libro, tiene su anécdota, muy intrascendente para otros, pero para mí, guarda un recuerdo muy especial.

Hace unos tres años platicaba en esta ciudad capital, con un amigo, el “Capi” Córdova, en la oficina del Archivo Histórico del Tribunal Superior de Justicia, al lado de otros amigos, cuando en la charla salió el tema de la política y las armas, de la década de los “veinte” del siglo pasado, que se trata   en el libro citado. El “Capi”, que era capitán de carrera, se interesó mucho en el asunto, porque le narré algunas escenas serias y chuscas del libro. Por cierto fue la primera obra de este género que hizo Jorge, dejando su labor de dramaturgo. La publicó en 1964, en La Habana, después de ganar un concurso de la Casa de las Américas. El de Guanajuato escribió: “Dos crímenes”, “Los pasos de López”, y la obra que trata de las diabólicas “Poquianchis”, que se llama “Las muertas”, entre otros libros.

Total, que le prometí regalarle el libro a Córdova, con la seguridad de que le iba a gustar, por el tema de política y zancadillas que contiene la obra. Mi amigo tenía una gran experiencia en el servicio público, a nivel federal, incluso local, habiendo sido director de Tránsito del Estado hace muchos años. Pero tenía que ser el libro que yo leí, en señal de afecto para el amigo caballeroso, educado y ameno con el que en ocasiones agarraba la plática muy sabrosa, y aprendía de sus agudas reflexiones.

Pasaron los días y no encontraba el famoso libro, por más que revolviera mi librero, cosa que le hice saber al “Capi”, quien me decía “ay saldrá, no se preocupe”. Pasaron unas dos semanas y ni rastros del libro, el que de haber sabido lo que sucedería, pues lo habría comprado y ya. Un domingo, andaba por la avenida Juárez y para cerrar el compromiso, entré a la librería La Prensa y adquirí el libro. Al siguiente día, me apersoné en la oficina del Tribunal donde trabajaba el militar bajo las órdenes de Ricardo Torres Medina, también amigo muy apreciado de este textoservidor.

Le dejé el libro a Ricardo, con la súplica de que lo entregara al destinatario, quien iría en el transcurso del día a la oficina. Pero no fue en dos días al trabajo el amigo, según me contó después Ricardo. Y al siguiente día me envió un mensaje por watsapp, en el que me avisaba de la muerte del “Capi”. Al no asistir por dos días a la oficina, le habló a uno de sus hijos, para inquirir por el amigo. Al indagar, se supo que murió.

Mi dolor, unido al de su muerte fue por no haber cumplido el ofrecimiento de obsequiarle el libro. Aferrado a que fuera el ejemplar que yo había leído muchos años antes, no le di nada en sus manos. Con todos mis defectos, soy un hombre de palabra, pero para el amigo que se fue, fallé. Tal vez, en esos días, sin saber él que la muerte lo asechaba, llegó a pensar, que me era fácil como a muchos, prometer por prometer. Se nos olvida que el tiempo vuela y que siempre hay que hacer las cosas a tiempo.

Como dicen los versos de Renato Leduc, hechos canción, y que por lo visto no he aprendido: “sabia virtud de conocer el tiempo…ignoraba yo aún que el tiempo es oro”.

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