jueves, junio 20, 2024

Opinión

El reino de los descerebrados

“Hemos descuidado y violentado las palabras, a pesar de que las palabras crean realidades” Benavides

“Con las palabras lanzamos al desprecio y olvido o invocamos lo más querido. Con las palabras liberamos u oprimimos”

Para bien o para mal, las palabras crean realidad. Nos expresamos y comunicamos a través de palabras que articulamos desde lo que sentimos y pensamos. Les damos forma en nuestra cabeza, según el nivel de conocimiento, creatividad e imaginación y las lanzamos como dardos o como pétalos, según sea el caso o estado de ánimo.

Somos lo que hablamos: emitimos palabras para el andamiaje del  lenguaje, parte sustancial de la cultura y estado ánimico. Con las palabras etiquetamos a las personas y cosas que queremos o que odiamos; con las palabras lanzamos al desprecio y olvido o invocamos lo más querido. Con las palabras liberamos u oprimimos.

Por eso, los conquistadores cuando llegaban a nuevos territorios lo primero que hacían era imponer su lenguaje aplicando palabras para nombrar las cosas, personas y acciones. En una comunidad rifa o controla quien impone su lenguaje, de ahí el poder de la palabra hablada y escrita.

Un ejemplo es la estrategia de comunicación del narcotráficoi en México que domina grandes extensiones del territorio nacional con la violencia, pero también han impuesto su lenguaje y lamentablemente lo hemos incorporado a través de su corridos, narcoseries y usamos sus expresiones ya como nuestras. Cuando hay un secuestro nos referimos como “levantón” o cuando hay un enfrentamiento entre grupos criminales o con un grupo de policías, le decimos “topón” y no se diga la palabra ejecución como sinónimo de justicia y no como un brutal homicidio. Hasta los mismos policías y autoridades han adoptado el lenguaje de los malos. Hablamos con sus palabras, síntoma que nos han dominado.

Ha llegado a tal nivel la influencia y control, que empezó por las simples palabras que considerábamos inofensivas o hasta graciosas, como cuando un niño decía que de grande quería ser sicario, como si hablara del sueño de ser astronauta, bombero o policía. Nos causaba risa la ocurrencia, pero al paso del tiempo las palabras se fueron haciendo realidad.

Y de las palabras, se pasaron a las imágenes y hechos, sin que tengamos la capacidad de reacción. Ahora resulta aberrante e insólito que tengan a la venta imágenes de San Judas Tadeo -San Juditas, el santo de las causas imposibles- a un lado de la figura del delincuente Jesús Malverde, el supuesto “santo” de los narcotraficantes quien los protege de sus “jales” de asesinar a alguien o hacer una operación de traslado o venta de droga sin ser detenido.

Los estudiosos de movimientos religiosos han llamado elegantemente a este fenómeno como “sincretismo”, cuando en realidad es el dominio e imposición de una visión criminal que apelan para justificar la culpa de las cárceles, cementerios y manicomios llenos, en su mayoría por víctimas de la adicción a las drogas. Mientras, se encomiendan a su santo narco o a la “santa muerte” para seguir envenenando.  

Aún asi, se nos hace curioso que junto a San Judas esté el santo de los narcotraficantes que cada día siguen sembrando de muertes el país. Esta vendimia invadió, como las palabras, los puestos afuera del templo de San Judas en el kilómetro 24 en la carretera a Delicias. En lugar de bautizarlo como sincretismo debería de darnos vergüenza.

Las palabras han dado forma a canciones o corridos ensalzando la figura de narcotraficantes que la gente corea a rabiar en algunos palenques o conciertos. Hasta los castigos de los delincuentes han sido adoptados por algunos policías que “tablean” a detenidos.

Al incorporar las palabras utilizadas por el crimen organizado damos cabida a una seudocultura que a estas alturas han convertido poblados en todo México en nuevos asentamientos con la marca del “patrón” que es la nueva autoridad moral por sobre el médico, maestro o sacerdote que antes eran los líderes naturales.

Las palabras tienen una nueva ruta de circulación que son las redes sociales. Ya ni la leche, huevos o tortillas son productos de primera necesidad, como los celulares, las fichas, recargas, planes, color o modelo de carcaza. Las palabras adquiridas o lo que George Orwell llamó “neolenguaje”ii como estrategia de los totalitarismos para dominar a las multitudes, circulan en las diferentes redes sociales, desde videos, narcocorridos, narcoseries y hasta las palabras de mal gusto, que a pesar de lo vulgar y corriente hemos incorporado a nuestro léxico sin ningún pudor ni respeto.

Ese mismo panorama ha sido aprovechado por populismos totalitarios de izquierdas y derechas, dejando la toma de decisiones a la muchedumbre, a nombre aparentemente del pueblo, lo que se conoce como oclocracia, que es la tiranía de una muchedumbre tumultuosa y fanática que a la indicación o instrucción de quien los manipula arrasan y linchan a quien se les ponga enfrente o quienes no piensen igual que ellos.  Asi le hicieron los nazis con quienes no pensaban como ellos, los consideraban enemigos y luego los eliminaban.

La oclocracia no es novedosa y existe desde que el hombre se rinde a la ambición de poder. Polibio uno de los historiadores griegos más importantes quien nació en el año 180 antes de Cristo, basándose en Aristóteles consideró que la degradación de la democracia es la oclocracia, que viene a ser el extremo de la democracia que lejos de respetar el pensar y sentir de todos los habitantes de una comunidad genera la tiranía de una multitud que impone y se sobrepone a los demás por el solo hecho numérico de ser más.

La democracia, cuando se descuida, deriva en esa tiranía de la muchedumbre. Los medios de comunicación son rebasados y las redes sociales son utilizadas como plataforma de esa nueva dictadura donde el principio es que quien no piensa como yo, está en el error.

Por eso, el mejor espacio para la descalificación y discriminación de ideas son las redes sociales que las hemos convertido en armas de guerra y aniquilación. Ejecutan la consigna de destruir todo y pretenden que sobre las ruinas se puede edificar a partir de lo que yo quiero.

Asi se han derrumbado democracias, sin el consenso con la opinión pública, con otros actores que viven y conviven en la polis política o en la comunidad.  Cuando el pueblo es manipulado por medios de comunicación que se ajustan a las consignas de los oclócratas y las redes sociales desbocadas y manipuladas, usan el anzuelo de una percepción artificial y edificada convenientemente por un gobierno, se toman malas decisiones, desinformadas, a veces perversas y malsanas, se decide sin información adecuada, falsa y barnizados de verídica, aunque en su interior se regodea la posverdad.

La arbitrariedad y emocionalidad son características de la oclocraciaiii por lo que “una chispa diminuta puede encender la mecha de un linchamiento desmesurado”. Y a la hora de ejercer la oclocracia, el linchamiento es una de sus mayores herramientas. Y la emocionalidad opera como suplente de la racionalidad.

No hay duda de que la primera fase de la degradación de una democracia es la demagogia, las mentiras oficiales y luego se pasa a la oclocracia, sustentada en palabras engañosas o falsas que se convierten en realidad, a tanto de repetirlas una y otra vez. O también como la estrategia del crimen organizado de imponer sus palabras y lenguaje como forma de dominación y control.

Definitivamente, el peor de los sistemas políticos es la oclocracia, por constituirse en un poder desmedido de las multitudes amorfas y manipuladas, que navegan por las redes sociales impunemente, destrozando visiones diferentes, condenando a quienes no piensan igual, agrediendo y ofendiendo a los otros, polarizando, dividiendo y etiquetando a los sectores de la sociedad.

Es el reino de las muchedumbres, descerebradas que solo obedecen ciegamente a sus manipuladores. La oclocracia es la perversión de la democracia que se ampara y esconde para llegar al poder y luego desaparece la democracia montada en multitudes a las que les despierta resentimientos y deseos de venganza.

Ese es el último grado de degradación del poder y el máximo desencanto de la democracia.

jcontreraso@uach.mx

1 NOTAS:

# CONTRERAS, Javier (2017) El miedo es el mensaje, ed. Porrúa, 288 p. México.

2.- # ORWELL, George (2020) 1984, Ed. Penguin Randall House, México.

3.- # RÓDENAS, Gabri (2020) Camino de perdición: de la posverdad y la poscensura a la oclocracia, adComunica, Revista Científica de Estrategias, Tendencia e Innovación en Comunicación (19) 25-40. http://dx.doi.org/10.6035/2174-0992.2020.19.3