domingo, julio 21, 2024

Eduardo Fernández, Opinión

Incertidumbre y retos de la transición de los poderes ejecutivo y legislativo

Perfil humano.

Los tiempos de la transición presidencial y legislativa han llegado, así como también la tradicional esperanza sexenal acompañada de incertidumbre y retos.

Una de las virtudes de la democracia es la esperanza ciudadana de renovar o reelegir en forma pacífica a sus gobernantes periódicamente.

Como acertadamente lo dijera Bernard Shaw, los políticos deben cambiarse continuamente como los pañales por las mismas razones.

Ahora es el periodo en que los actuales funcionarios públicos de elección popular dejen o sigan en sus funciones legales.

Como vivimos para bien o para mal en un régimen presidencialista el poder que más atrae la atención es desde luego el ejecutivo federal.

La sucesora del actual presidente será Claudia Sheinbaum, la primera mujer en ocupar la silla presidencial en 200 años.

Es obviamente un significativo avance en cuestión de género después del predominio político varonil establecido desde que el país logró su independencia.

Sin embargo esta novedad no ha creado la certidumbre requerida debido a que en el legislativo su partido y anexos lograron la mayoría calificada en la cámara baja, lo cual podría ocasionar que se aprobara la criticada reforma judicial propuesta por su antecesor y padrino.

El asunto es que una vez más el pueblo “sabio” se equivocó al tachar en su boleta electoral por la misma fórmula tanto para el ejecutivo como para el legislativo.

En lugar de optar por un equilibrio necesario entre el poder ejecutivo y el legislativo los ciudadanos respaldaron la misma oferta oficialista como sucedía antes con el partido hegemónico que gobernó por setenta años.

El PRI en sus mejores tiempos a pesar de la desastrosa actuación de Echeverría impuso como a su sucesor a López Portillo.

Este otro López con los colores patrios logró el récord histórico con el mayor porcentaje de votos al ser el único candidato presidencial.

El presidencialismo dominante del siglo pasado se convirtió en la “dictadura perfecta”, como lo señalara atinadamente Vargas Llosa.

Lo era efectivamente porque no parecía una dictadura despótica como las usuales en Latinoamérica.

Ahora el reaccionario que ocupa el Palacio Nacional intenta como buen priista de aquella época volver al mismo tipo de régimen en el que se formó y llegó a ser dirigente estatal de su partido en su estado natal.

Más por ánimos de venganza personal que por razones políticas ha arremetido en contra del poder judicial porque se opuso a sus iniciativas anticonstitucionales, al grado de pretender ahora remover a los actuales funcionarios del citado poder.

Sin medir las graves consecuencias que acarreará al país este último caprichito presidencial está empecinado en que la próxima legislatura apruebe en septiembre sin modificaciones su cuestionable propuesta de reforma judicial.

Para ello además de besuquear públicamente a la pobre de su sucesora la ha obligado a respaldar su iniciativa judicial y acompañarlo en sus giras de despedida por territorio nacional.

Tal postura de la presidenta electa no ha tranquilizado a los mercados ni tampoco a buena parte de los mexicanos que dudan de la efectividad de este continuismo populista para a enfrentar y resolver los serios retos que afronta México.

El nuevo gabinete presidencial “científico” tampoco garantiza que tengamos un equilibrio de poderes, el cual es básico para contar con una auténtica república democrática y no padecer una vez más una “dictadura perfecta”.