martes, abril 16, 2024

Luis Villegas Montes, Opinión

Juego de bobos

Estoy reviendo, a ratitos, la serie de Juego de Tronos. “Reviendo”, escribí, porque ya la vi una vez. Si usted no la ha visto, aguas, no siga leyendo porque esta columna va a estar llena de spoilers. En mi defensa lo único que puedo alegar es que la última temporada (la precuela del 2022 no cuenta) terminó de transmitirse el 19 de mayo de 2019; o sea, tiempo ha habido y usted nomás no quiere verla. Sobre advertencia no hay engaño, arre, pues.

Juego de Tronos está basada en la serie de novelas Canción de hielo y fuego, escrita por George R. R. Martin, la cual, en cinco gruesos tomos, narra las vicisitudes de un montón de personas, procedentes de diferentes casas nobles, que habitan en un continente ficticio (Poniente) y luchan entre sí para sentarse en el Trono de Hierro y gobernar los siete reinos. Esa es la historia “lineal”, por decirlo de alguna forma.

De hecho, la historia arranca quince años después de la rebelión de Robert Baratheon, la que lo llevó a ocupar el Trono de Hierro y, por ende, a gobernar Poniente. Más tarde, luego de la sospechosa muerte de Jon Arryn, “Mano del Rey” (el consejero principal), el monarca invita a ocupar el puesto vacante a su mejor amigo, el señor de Invernalia, “Ned” Stark. Al poco tiempo, muere el Rey y su lugar lo reclama la Casa Lannister pues la esposa viuda es, ni más ni menos, Cercei Lannister, madre del príncipe heredero, Joffrey Baratheon (quien en realidad es hijo de su tío, hermano de la reina, Jaime Lannister). Esos Lannister son tremendos y ni en su casa los aguantan; cuando nació el más chiquito, Tyrion, se murió su mamá y ya grandecito (de edad) mató a su padre con una ballesta.

Tras apoderarse del trono de hierro, con mentiras y crímenes sin cuento, los Lannister mandan decapitar a Stark para impedir que prosperen sus pesquisas en torno a la misteriosa muerte de Arryn; la ejecución de Stark desata la guerra entre los siete reinos. A esta, tardíamente se suma Daenerys Targaryen (Daenerys de la Tormenta, la que no arde, Madre de Dragones, Rompedora de Cadenas, Mysha, la Reina del Dragón; si se fija usted, para esta mujer pedir un café en un Starbucks es un lío), única superviviente de su casa, quien en el exilio reúne un gran ejército (los dothrakis), al amparo de tres dragones (que parecían extintos desde hace siglos), y que regresa por sus fueros para reclamar el trono de hierro.

Los enfrentamientos intestinos entre clanes no nos ahorran ningún tipo de horror: envenenados, empalados, desollados, colgados, devorados por una jauría de molosos, quemados, eviscerados, decapitados, ahogados, cualquier salvajada es posible; como también lo es cualquier felonía, vileza o perfidia que van de parricidios a uxoricidios, pasando por el fratricidio y el magnicidio. Del homicidio ni hablar, está a la orden del día y por cualquier medio.

Más allá de tanta matazón y carnicerías recurrentes (el más pelón se hace una trenza), se desarrolla una historia paralela: allende las fronteras del Poniente, avanza una horda de criaturas sobrenaturales (los “caminantes blancos”), bajo el mando del Rey de la Noche, que amenaza con destruir a los siete reinos. Acotados de momento por una colosal muralla de hielo, farallón vigilado por los aguerridos integrantes de la Guardia de la Noche, el muro inmenso y sus custodios son el último bastión que se interpone entre la vida y la muerte.

Lo único cierto es que la escabechina perpetua entre los reyes, príncipes, aspirantes al trono, caballeros, lores y ladies, no les permite ver lo que ocurre en el norte lejano: el avance lento, pero inexorable, del más puro horror cuyo propósito último es la total destrucción de la humanidad, a fin de erigirse como los dueños del mundo.

Pues bien, toda proporción guardada, así está en México la oposición: papando moscas, unos; haciéndonos trizas, otros; conspirando o viendo cómo llevar agua a nuestro huertito, los demás, sin importarle, a ninguno, la pavura en ciernes.

Lo más semejante a la guerra perpetua entre clanes de la saga de Martin, es la indolencia, la animadversión, el revanchismo, la inoportuna conveniencia, el egoísmo y la estupidez de que hace gala la inmensa mayoría de los políticos provenientes de todos los partidos en México, con el líder nacional de Movimiento Ciudadano a la cabeza; lo más parecido a un movimiento de putrefacción en marcha, a un pútrido semoviente, a un corrupto de paso inalterable y voluntad indestructible, es MORENA. No hay un mejor símil de los “caminantes blancos” que las huestes morenistas, bajo la égida de un Rey de la Noche singular, Andrés Manuel López Obrador.

Dejémonos de ese tonto juego de bobos, es la hora de que todos, todos, comencemos a ser en los hechos, a creérnoslo de veras, un espécimen de la Guardia de la Noche.

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Luis Villegas Montes.

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