26 mayo, 2022

El Devenir

Periodismo con compromiso social

La adopción como acto de amor

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Opinión.

Benito Abraham Orozco Andrade

Hace unos días, la presidenta del DIF estatal, Mtra. María Eugenia Galván Antillón, dio a conocer que dicha instancia pública tiene un registro de 700 menores que podrían ser adoptados, y que ante lo complicado que resulta que todos los menores lleguen a un hogar, se han establecido esquemas de educación y atención que les ayuden a estar integrados en los albergues donde viven.

Asimismo, comentó que habrá muchos que crecerán dentro de nuestro sistema, y que siempre será mejor que los menores estén con algún familiar directo o de la familia extendida, pero, si no se encuentra quien se haga cargo de ellos, es el Estado el que se encarga de su cuidado. Por otra parte, refirió que detrás de cada niño existe una historia de abandono o de violencia, por lo que el objetivo es que estén atendidos.

La sensibilidad, preocupación y ocupación que han mostrado por el bienestar de los menores y por la familia en general, tanto la presidenta del DIF estatal, como la gobernadora del Estado, Mtra. María Eugenia Campos Galván, es una buena señal de esperanza, pero cualquier intento que haga el aparato estatal para satisfacer las necesidades materiales y afectivas de los menores abandonados y/o en condiciones de ser adoptados, no serán suficientes para lograr un desarrollo integral adecuado, pues esto sólo será posible en un ambiente familiar real. Siempre será mejor que estén con algún familiar directo o de la familia extendida, como lo ha expresado la Mtra. Galván Antillón.

No obstante, ante la imposibilidad y/o inconveniencia de que puedan estar con sus familias, lo deseable será que tales menores sean adoptados por personas que les brinden ese amor de padre, madre, hermanos, abuelos, etc., y que por supuesto, les hagan superar esas historias de abandono o de violencia.

Efectivamente, “el deseo de compartir la vida, el amor y los bienes que se posean es el eje de construcción cuando se planifica una familia. Y para compartir, no es indispensable el vínculo consanguíneo. El acto de amor más insigne es aquel que nos brinda la posibilidad de compartir lo que somos y lo que tenemos con alguien más, sin tener que priorizar la genética” (“Un proceder de amor al adoptar”, Elide Janete Juárez Segovia, en Hechos y Derechos, número 49, enero-febrero 2019, Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM).

Para muchas personas, sigue siendo un tema delicado, pues se cree, erróneamente, que es imposible amar a un niño adoptado, del mismo modo y con la misma intensidad con la que se amaría a un hijo propio. Existen familias plenamente consolidadas y felices, que recurrieron a la adopción y en las que impera el amor. La adopción es el acto de amor más sublime, el amor se otorga sin medida y sin importar a quién y por eso la adopción es una oportunidad digna de considerarse (ídem).

La adopción es un proyecto de vida que se asume en conciencia y que se teje día con día a través de todo lo que implica ser madre o padre, hija o hijo. Se vive en una mirada, en una charla, en las risas, en las preocupaciones, en las coincidencias y en las diferencias. Hay quien dice que los padres adoptivos aman a sus pequeños como si fueran sus hijos; esto es falso, los aman porque son sus hijos. Es un vínculo que se experimenta en carne propia, desde la fuerza imbatible que proviene del amor y no de la biología (https://www.milenio.com/opinion/arturo-zaldivar/los-derechos-hoy/cuando-el-amor-supera-a-la-biologia).

Si bien, los procedimientos para llevar a cabo una adopción han sido considerados lentos y complicados, lo cual pudiera ameritar por parte del legislador una revisión y modificación, en su caso, lo cierto es que no se trata de la adquisición de un objeto del que podamos elegir, sin más ni más, su calidad, color, tamaño, marca, modelo, etc. No, estamos hablando de seres humanos que no deben considerarse para satisfacer intereses egoístas tendientes a “lograrnos” como padre y madre, sino a consolidar una relación de reciprocidad afectiva, privilegiando el bien supremo que es, ante todo, el bienestar del menor adoptado, lo que implica el aseguramiento de diferentes aspectos.

En ese sentido, en la página de internet del DIF estatal, se hace referencia a las adopciones como una “Integración de una niñas, niños o adolescentes (NNA) a través de la adopción, previo cumplimiento de los lineamientos jurídicos, psicológicos y socioeconómicos que definan la idoneidad de las personas que pretender brindar cuidados y atenciones de manera permanente. Confiriendo a la persona adoptada una filiación que sustituye la de su familia de origen”.

En consecuencia, los trámites para efectuar una adopción no pueden tomarse a la ligera, pues resulta imprescindible que se garantice la idoneidad de los adoptantes para ofrecer al menor en adopción, el mejor ambiente familiar que sea factible. También es importante destacar, que no nada más quienes no han podido procrear hijos tienen la posibilidad de adoptar.

En las familias chihuahuenses —con descendencia o sin ella— está la esperanza para que esos 700 menores tengan un futuro mejor, en un entorno de amor.

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