5 diciembre, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

La cantina, donde la palabra se humedece

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Opinión.

La maldad y el libre albedrío.

Después del largo período, no de abstinencia, sino de cierre de cantinas por la pandemia, “los gustadores” retornaron a sus viejas guaridas y reiniciaron sus charlas.

-Supiste que Juan dejó sin nada a sus hermanos, se agandalló toda la herencia de sus padres- comenta un chismoso parroquiano en su cantina, ahora que dejó la “tomada de buro”-

-Eso no es nada-replica otro miembro del grupo comunicador- Gacho lo de la familia González, el banco los dejó encuerados. Viven en un cuartito allá por las Granjas-

Otro parroquiano aporta su grano de chisme: “a mi primo lo dejó “la vieja”, se fue con otro y no hay día que no esté pensando en la venganza, me asusta la maldad y el odio producto de la ofensa y la humillación de su orgullo herido, porque no era un gran amor el que sentía por la pérfida”

-Oye ¿Y por qué si nos decimos cristianos nos hacemos daño unos a otros? -Dice el cantinero-

-Ah, porque somos unos perfectos simuladores- aprecia uno de los asistentes-. “A ver: ¿Tu confiesas todo lo que traes por dentro? Claro que no- se responde-. Menos la maldad que traes en lo más recóndito y escondido del alma-

La barra, las copas, la competencia, convierte en filósofos a muchos y ante el inquietante tema de la maldad los sabios de ocasión tejen sus mejores argumentos por lo que añaden que en casos como el primo astado emerge un orgullo herido que desencadena frustraciones y resentimientos que roen la conciencia y hasta expresiones de ignominia y ruindad.

Desde su experiencia directa analizan casos conocidos en donde se llegó hasta el crimen de tal o cual persona por considerarla obstáculo para conseguir sus fines, y ponen de ejemplo a cierta hija que mato y quemó a sus padres para alcanzar un dudoso éxito.

-Figúrate, -dicen sorprendidos- el desprecio que sintió esa casi niña por sus padres adoptivos, ni siquiera les reconoció como seres humanos, tal vez sintió dominio y placer enfermizo-

-Bueno- incide otro filosofo. ¿Y qué con el libre albedrío? Si empleáramos correctamente la libertad para decidir cómo somos, no existiría la maldad, pero elegimos la infamia y así nos va-.

– ¿Libre albedrío? -Cuestiona otro- Cuál pinchi libre albedrío. Yo conozco un caso de un niño de 5 años que mató a su padre al dispararle accidentalmente ¿Contaba con libre albedrío el infante?-

-Pues el no, pero los padres si, para que tenían armas en casa-

-Pues quien sabe, lo cierto es que libramos una cruenta lucha interior que nace de la capacidad de elegir nuestro destino-

-Si hombre, como no. ¿Y los jodidos están jodidos porque así emplearon su libre albedrío?

La mayoría ante la recurrente maldad e infamia quizás se queda con la conclusión a la que invita Pascal: “No hay nada más seductor para el hombre que el libre albedrío, pero también nada más doloroso”.

¡Salud!

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