26 mayo, 2022

El Devenir

Periodismo con compromiso social

La Cantina, donde la palabra se humedece

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La cantina, donde la palabra se humedece.

A ella le debo lo que soy.

Hace 9 meses murió Consuelo Salinas de Sandoval, muy cercana a los 100 años. Murió tranquilamente. Fue una mujer buena y muy generosa, y una madre omnipresente. También fue abuela y bisabuela de decenas de nietos y bisnietos y esposa de mi padre Manuel Sandoval Ramos. Cuando su vida se apagaba sin remedio, se cerraron de golpe todas las salidas y ya no quedaba nada más que despedirse y esperar. Jaime, su nieto, que estaba presente en ese momento, me llamó. Tío, me dijo con la voz entrecortada, acaba de morir mi abuela, luego remató: “a ella le debo lo que soy”.

Nunca le dije lo mucho que me impactó esa frase. Creo que se la he contado a mis amigos y nunca he podido hacerlo sin que se me quiebre la voz. Cuando colgué el teléfono pensé que no había despedida más hermosa ni tampoco dolor más delicado; no sólo era su abuela, no sólo era la mujer que el admiraba por encima de todas las cosas. Es que, además, a ella le debía todo lo que es, en el momento del adiós, era lo que lo mataba de pena.

El día del entierro la familia nos juntamos en la funeraria y contamos historias. Recordamos el libro de mi hermano Manuel: “Consuelo. Una mujer con temple de acero” donde narra la indomable tenacidad de mi madre desde la guerra cristera; las batallas en el Valle de Juárez, el tiempo en Chihuahua y la perdida de dos de sus hijos, hasta el destierro en Estados Unidos para acompañar a mi hermana Velia.

Volví a acordarme del “a ella le debo lo que soy” de Jaime, su nieto, cuando este se encontraba con algunos problemas. Preguntamos si necesitaba algo, le comentamos que viniese cuando quisiera, a casa para estar con él.

“Gracias”-contestó con agradecimiento-, “pero, la que siempre me cuidaba ya no está” ´Otra frase impactante porque ¿Cómo entender esto? Qué hacemos con las personas que nos han protegido y cuidado desde que nacimos y de súbito un día desaparecen, y hay que pasar males, penas, castigos, escarmientos y desgracias solos, porque, aunque nunca estemos solos sí estamos solos de ellos, solos de una forma que únicamente los solos entienden.

Con el fin, con la ausencia de la madre se reconceptualiza la vida y todo es un poco peor en la familia desde hace meses, y, sin embargo, todo sigue porque a eso nos han enseñado: que no hay muerte que haya parado alguna vez el planeta. Aunque mi madre, firme cristiana si creía que Josué detuvo el movimiento solar por un rato.

Martín Caparrós me hace entenderlo cuando afirma que el fin no es refinado ni afinado y solo nos inquieta el fin de cuentas y el fin que llega al cabo asusta y, por eso, fingimos y fingimos.

Finalmente, el fin es esperanza y miedo, deseo y ansiedad: lograr un fin, llegar al fin.

Con mi madre se cumplió lo que bien dice Carlos Montana: “Por fin con un fin claro el fin llegó / porque sin fin no hay fin que se complete”.

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