16 junio, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

La cantina, donde la palabra se humedece

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Fray Fernando.

Flavio el jardinero.

Cuando Enrique era un niño vivía en una hermosa mansión de la colonia Altavista en la ciudad de Chihuahua. No congeniaba con su padre a quien veía distante y encontró amistad en un hombre humilde, de escasos recursos, que trabajaba como jardinero en aquella casona.

Su nombre era Flavio. Chaparrito, flaco como lagartija, “bigote a la Pedro Infante” y con una gran sonrisa. Sus pequeños ojos advertían cierto origen oriental. Era un estuche de monerías: caballeroso, respetuoso, trabajador, responsable, pero tenía un defecto: le gustaba el traguito, y con frecuencia aprovechando la ausencia de los dueños degustaba dos que tres tragos de caros licores. Eso sí, no se excedía y procuraba que las dosis fuesen mesuradas para que el patrón no notase aquellos desfalcos etílicos.

Una vez “entonado” le surgía la vena de seductor y a cuanta empleada de la casona encontraba la piropeaba con cierta gracia que generalmente hacía reír a la seleccionada.

–        Oiga Flavio, usted es un hombre casado- le advertían las damitas

–        El galán se crecía al castigo y sin pudor les respondía- pero no castrado mi reina-

En suma, el jardinero Flavio era un gustador, y si de a gratis se trataba que mejor; gozaba con el cortejo a las damas y era el mejor amigo de Enrique, el hijo de los patrones.

Enrique siempre buscaba a su amigo y le proponía jugar al beisbol. El pequeño siempre era el bateador y Flavio el pitcher, por lo que frecuentemente recibía duros trancazos y si la pelota caía en los rosales o en la zona de cactáceas del jardín de la mansión, el lanzador era el indicado para recuperarla con los consiguientes pinchazos de nopales y cactos. Además, debía soportar una narrativa “del juego” en donde Enrique decía ser Mario Mendoza una joven estrella del rey de los deportes local.

También le pedía que le llevar a la ciudad deportiva en donde el travieso niño le jugaba la mar de bromas: le colocaba “cola de burro”, le pedía lo cargara para jugar “al caballito”; competían en fingidas carreras de automóviles, exigiéndole que imitara el ruido de un motor de Fórmula 1. Flavio, con sus más de 5 décadas de existencia, su gusto por el licor y el cigarro se agotaba fácilmente, pero nunca se nunca se quejaba. Siempre estaba contento, risueño, pícaro, juguetón.

Gozaba hacer sentir a Enrique que él siempre era el ganador. Solo deseaba el cariño del niño y sobre todo su lealtad en el espinoso asunto de la rapiña etílica. Jamás robó nada, salvo los tragos que, por la mañana, bajo los efectos de la resaca asemejaban a un coro de ángeles que descendía por su deteriorado esófago

Como toda amistad la de Flavio y el Enrique se fortaleció en ese continuo ir y venir, de dar y recibir que priva entre las verdaderas amistades. El niño transitó a la adolescencia y su amigo adulto presto estuvo en darle valiosos consejos paternales en torno, a la salud, al respeto a sus mayores, ciertas formas de espiritualidad y del amor.

Con los años, ya jovencito, Enrique se enteró que Flavio tenía muchos hijos y que vivía en suma pobreza por lo que en cuanta oportunidad que podía deslizaba un dinerillo bienhechor en los bolsillos de su amigo. Cierta vez le ofreció algunas cucharitas de plata y “joyas que su madre no usaba” a lo que terminantemente se negó el jardinero, quien por otra parte era mas que eso porque era sometido a muchos trabajos, muchos de éstos humillantes, con un miserable sueldo y cero prestación médica o vacacional.

A Enrique no le pasaba desapercibido la actitud abusiva de sus padres con Flavio y de cuando en cuando le decía: “Cuando me saque la lotería te daré la mitad para que no trabajes más aquí” El empleado con lágrimas a punto de brotar le contestaba: “No te preocupes, con tu amistad me conformo”.

Pasaron los años, Enrique se convirtió en un exitoso profesionista, abandonó el hogar paterno y a Flavio después de mas de 30 años de servicio lo despidieron, dizque porque les decía piropos a las domésticas.

A estas alturas Enrique era ya un alto funcionario gubernamental y vivía en una amplia casa en calidad de soltero codiciado. Flavio, después de pensarlo mucho para no molestar a su amigo fue a verlo y este le tendió la mano y le consiguió trabajo con un amigo forrado de dinero quien le contrató como jardinero, dándoles un buen trato. Y lo mejor, se hacía ojo de hormiga cuando el nuevo empleado mostraba su excelente juego de canilla y garganta al entrar según él clandestinamente al bar para gozar de finos licores,

Su nuevo patrón apreciaba que no obstante tener a la mano costosos artículos jamás Flavio abusó de la confianza otorgada e incluso le pedía en ocasiones que depositara en bancos fuertes sumas de dinero.

Y sucedió lo inevitable, el consumo etílico le cobró factura. Le diagnosticaron várices en el esófago y un hígado destruido. Enrique al saberlo le apoyó financieramente para cubrir gastos médicos mayores. Le animaba, pero la realidad era que a Flavio le quedaba poca vida y su mirada impregnada de miedo ponía en evidencia que él sabía que moriría pronto, sin remedio.

Enrique decidió llevarle a su casa y fue por él en un auto nuevo. Le dijo: “tu condúcelo, pero no hagas ruido de motor con tu boca”. Llegaron a casa y Enrique le tenía preparada una sorpresa: una rica cena, tres o cuatro botellas de los vinos que ingería a escondidas en la casa de sus padres y dos hermosas mujeres: una para él y otra para su amigo.

Flavio revivió. Pasó una noche feliz, desmesuradamente feliz. Terminaron los cuatro bebiendo champagne, con el jardinero ofreciendo lo mejor de su repertorio muchas veces ensayado con las domésticas.

Meses después, ya postrado en su cama, sin poder levantarse ni caminar, Flavio le pidió a Enrique un último deseo: “Quiero que leas una carta que te dejo con mis hijos, pero hasta después de mi muerte”.

En la misiva Enrique le mostraba el agradecimiento de su amistad y redoblaba los consejos que de niño y joven le ofreció, además, le dejaba como herencia un viejo reloj de bolsillo que el niño Enrique siempre quiso tener.

Enrique no espero el deceso de su amigo y abrió la carta cuando aun este se encontraba con vida, redactando de inmediato una respuesta que entre otras cosas decía: “Quiero decirte que eres el mejor amigo que pude haber encontrado. Eres mi hermano, mi hermano del alma, mi compañero de aventuras, el padre que hubiera querido tener”.

Flavio no alcanzó a leerla. Murió horas después de que estuvo a punto de concretarse el intercambio epistolar.

La gente que acudió a despedirlo a la funeraria se preguntaba el por qué Flavio con un extraordinario aspecto de tranquilidad, en su féretro apretaba con firmeza una carta cerrada en la que se alcanzaba a leer el destinatario: “Para mi Hermano Flavio”

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