domingo, junio 23, 2024

Fray Fernando, Opinión

La Cantina dónde la palabra se humedece. Panaderos

Pan (de comer) y recuerdos.

Manuel Vicent dice que: “A eso que los pobres llaman hambre, los ricos llaman apetito”. De esta expresión se puede concluir que apetito o hambre es una sensación que invita a ricos o pobres a apurar el plato y motiva a algunos a declarar con alegría “Atácate Matías que de esto no hay todos los días”.  

En reuniones con viejos sabios que vivieron su niñez a mediados del siglo pasado en el estado de Chihuahua, específicamente en la ciudad capital, los veteranos recuerdan las dificultades por las que pasaban los pobres para asegurar la comida diaria. En la sobremesa, suelen hacer comentarios sobre el hambre que se padecía debido a las recurrentes carestías propias de los gobiernos de Alfredo Chávez, Fernando Foglio Miramontes, Oscar Soto Máynez y Jesús Lozoya Solís. Se les escucha con respeto cuando comienzan a contar las miserias y los placeres de aquel entonces, y al oír cómo hablan, parece que, de hecho, los chihuahuenses se dividían en dos: aquellos que se iban a la cama todas las noches con el estómago vacío y los que se veían obligados a tomar bicarbonato por el exceso en la comida. ¿Habrá cambiado esta división? 

Escuchándolos, nos permite establecer biografías gastronómicas, existencias en las cuales el pan jugaba un papel esencial. Conservan en la memoria el desfile de menesterosos que, en aquellos años, llamaban a la puerta de las casas todos los días para pedir una limosna por el amor de Dios; y madres y abuelas, a pesar de las carencias en sus propias casas, decían: “¡Pues que no oyen, tu Manuel, o Pedro, o Josefina, quien sea, atiendan a esa alma con un trozo de pan!”. Los pedigüeños alargaban un brazo macilento como guerreros vencidos en un desigual combate, y parecía que aquella migaja que tenían en la mano era capaz de desencadenar todos los sentimientos del alma. 

Sin embargo, por esos años la harina escaseaba, el pan se encareció y disminuyó de peso al igual que sus hambrientos consumidores. Ciertamente, se formaron uniones de vecinos para protestar y exigir una canasta básica que nunca llegó, mientras los especuladores, amparados por los gobiernos, amasaban grandes fortunas y los menesterosos de barrios como El Pacífico, la naciente colonia Rosario, El Bajo, el Santo Niño y otros, recorrían los alrededores de la ciudad y las huertas para recolectar frutos silvestres, verdolagas, sandías, melones, moras, bayas, quelites y algunas raíces sustanciosas; alimentos que compartían entre vecinos. 

Esto no significaba que no supieran comer “civilizado en la mesa”, lo hacían después de la bendición por los alimentos que les había regalado el Señor. 

Los viejos hacen memoria del sabor de los alimentos que degustaban en su infancia; sencillos, austeros y escasos, pero nunca faltaba el pan. Les preguntan: “¿Qué sentimiento es más profundo, la devoción a la Virgen María de sus aprendizajes en el catecismo, o los frijolitos sin queso, las tortillas de maíz hechas a mano y la salsa en molcajete?” No responden, sonríen y puede que aquellos alimentos de distintos sabores que había en la escasa despensa de sus casas, la imagen de las gorditas “pellizcadas” que hacía la abuela, el vaho de aceite que salía de la sartén, el olor a frijoles chinitos de manteca, sean los ejes en los que giraba su vida. En ese oleaje de la memoria, estaban los cimientos de personas como ellos que, a pesar de las pobrezas, se convirtieron en buenos ciudadanos. 

Provecho y no coman dulces, mejor frutas y verduras.