4 diciembre, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

La Cantina, donde la palabra se humedece

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Fray Fernando.

El gran viento

Me reuní con un amigo con quien compartí muchas luchas juveniles. Batallas que aspiraban a cambiar el mundo y acabar con los pobres mediante la instauración del socialismo. Bullía en nuestro interior una vela cuya llama crecía y asegurábamos que nunca se apagaría.

Llego a su casa. Cae la tarde, el sol sin haberse acostado aun ha desaparecido tras las casas. Ya no hay luz directa ni indirecta, la cuota de luz de la casa de mi amigo no ha sido cubierta. Optamos por platicar afuera en donde la opacidad lo invade todo, como si la sombra traída del mundo hubiera devorado a Chihuahua. Es el Laberinto de Creta, pero sin salida. Parece que hubo día solo por error o por costumbre. Uno se pregunta ¿Vale la pena vivir? Y emerge la tristeza y su compañera apocalíptica: la angustia.

El diálogo que irremediablemente aborda el pasado, los problemas del presente y el imprevisible futuro nos despierta emociones de: melancolía, resentimientos, rencores, depresión y vacío existencial. Cada uno reconoce las suyas y como amigos que somos las pensamos en voz alta. Hermanamos nuestros grandes cuestionamientos: ¿Algún día podremos estar por encima de la angustia? O ¿Debemos estar siempre esperanzados?

En lo personal no soy ni sabio ni filósofo. Estoy lejos de las respuestas. La tarde da lugar a la noche, la tristeza crece y me arrastra como un ciclón que no acaba. Mi amigo muestra una melancolía que le daña, un presente con cero bienes materiales y la ausencia de un proyecto de vida claro.

¿Qué hacer en momentos así?

Yo leo y escribo, pero hay quienes como mi amigo no lo hacen y pienso: “la escritura seria indigna si solo sirviera para olvidar la angustia, para llenar los grandes vacíos”.

“Bueno”, dice mi amigo- “pero hay otros más jodidos que nosotros”. Concluimos en que indigno es también considerar a los que son más desgraciados, son innumerables, pero de fondo esto nunca ha consolado a nadie, no existen para mitigar a través de un contraste bien atroz, la angustiosa y confortable mediocridad de nuestras existencias.

Persistimos, y el pensar en voz alta nos permite reconocer que estamos inmersos en   preocupaciones, problemas, cargas, fatigas, falsas esperanzas, resentimientos y rencores no resueltos por lo que mi amigo, de pronto se levanta y con dedo flamígero me señala a la par que grita:” ¡Existir es difícil? A ver dime: ¿Qué haces con tus monstruos internos? ¿Cómo superas tus decepciones, tus obstáculos, las tareas urgentes que quizás te orienten a cierto nivel de felicidad?

Difícil responder y solo para no quedarme callado le endilgo atropelladamente algún recuerdo de Pascal: “Mira”- le digo: “creo que lo insoportable es estar muerto en vida, en un reposo casi absoluto, solo con pasiones exaltadas, pero, sin ocupaciones, sin diversión, sin aplicación”.  Remato: “ya basta de sentirnos nulos, abandonados, insuficientes, dependientes, impotentes y vacíos”

El me replica. Oye, ¿entonces es necesario fugarnos del ocio?, pero, ¿el trabajo puede bastar para todo? ¿Trabajar para olvidar que voy a morir? ¿Prohibirme el reposo para evitar la angustia? 

Concluimos que al menos para nosotros -y tal vez para otros que se aferran a la esperanza-, aun cuando la angustia estuviera en un extremo, ese camino es el nuestro, el único que no sería indigno.  ¿Por qué?  Ah, porque “vale más una verdadera tristeza que una falsa alegría. Mejor la angustia lucida que la ilusión serena”. 

El diálogo con mi amigo es interminable y en momentos coincidimos en que las ilusiones por muy serenas que sean no son mas que enfermedades de la imaginación, sin cosas tangibles y siempre acompañadas de imprecisos sueños o de horrores posibles como la muerte prematura o la vejez sin calidad de vida.

Es duro-dice mi amigo- y si a esto le sumamos desgarradoras nostalgias se complica aun mas porque contra lo real se puede actuar, pero contra la imaginación, contra los fantasmas del pasado, contra la nada ¿Qué se puede hacer? Nada. Concluye.

Bueno, sugiero. Tal vez sea el momento de conocer, de pensar y distinguir lo que depende de nosotros, lo que puede cambiarse y lo que no. Distinguir lo real de lo imaginario, la verdad y la ilusión. Finalmente intentar la lucidez tal vez sea un primer paso hacia la sabiduría, o quizás, si es que existe, hacia la felicidad.   

Final feliz. Para nada. Solo el privilegio de diálogo entre dos amigos, -uno ateo, otro religioso que no beato-, que con la charla madura saben que este tipo de encuentros no son para adornar la vida, ni de magnificarla, ni de exagerarla. O perderse en la angustia o el dolor, sino ir más allá: de pasar al otro lado de la desesperación, ir a la otra orilla.

De aceptar el reto de Octavio Paz que sugirió un “salto mortal”. La recompensa, un cambio de naturaleza: un morir y un nacer confiando en nosotros mismos y sin movernos, quietos, dejarnos arrastrar por un gran viento que nos echa fuera de nosotros. “Nos echa fuera y, al mismo tiempo, nos empuja hacia dentro de nosotros”.

Me despido y le digo: gracias Ramiro por tu tiempo y tus palabras.

Gracias a ti-me dice-. Solo una cosa. Yo tengo claro cuál es ese gran viento en el que debo confiar. Sin ánimos de debatir ojalá tú lo encuentres.

Claro. Lo encontré a los 18 años cuando dejé de creer.

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