5 agosto, 2021

El Devenir

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La Cantina, donde la palabra se humedece

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Fray Fernando.

Rapacidad en Majalca.

En diciembre de 1957 se dio un acto de saqueo a cadáveres cuando un grupo de hombres se aprovechó del desplome de un avión en el Parque Nacional de Majalca, al norte de la ciudad de Chihuahua.

Tal acción se adelantó a películas con el tema de actitudes carroñeras entre humanos como fueron: “La Montaña siniestra” protagonizada por Spencer Tracy y Robert Wagner (1958). Otra, mexicana, “Rapiña”, con Ignacio López Tarso como actor principal (1975).

En el caso de los sucesos de Chihuahua, estos se dieron en el  hermoso Parque Nacional Cumbres de Majalca cuando volaban sobre enormes formaciones rocosas erosionadas por el agua de lluvia y el viento, en medio de cañones escarpados y cantiles de gran altura.

Los pasajeros y tripulación del avión Cessna con matrícula XA-LOI se dirigían hacia el norte observando la belleza del paisaje y a diversas aves migrantes entre los bosques de encino y pino de la parte más alta como águilas doradas,  gavilán pajarero y aguililla cola roja, jilgueros, cuervos, golondrinas y cotorras serranas.

Súbitamente, por diversas causas el avión se desplomó en pleno Parque Nacional resultando muertos todos sus tripulantes, lo cual motivó a que un grupo de hombres del rancho La Soledad se dirigieran al lugar del desastre y a algunos de ellos les ganó la ambición al despojar a los caídos de diversas cantidades de dinero.

Inicialmente, Alberto Ruíz Sandoval y Manuel Beltrán del Río organizaron una brigada para encontrar los restos del accidente y en esta delicada tarea descubrieron el saqueo. Posteriormente transfirieron la investigación a las autoridades correspondientes y en poco tiempo se tuvo a siete posibles responsables del pillaje a buen recaudo, de los cuales 3 fueron liberados inmediatamente por los brigadistas Ruíz Sandoval y Beltrán del Río “por ser elementos serios y de reconocida rectitud”.

Al continuar las averiguaciones uno de los detenidos  declaró que fue el quien descubrió los restos del avión caído y que junto con un amigo  decidieron “aligerar” a los difuntos. El primero recogió cerca de los accidentados cuatro billetes de a mil y uno de quinientos, dinero que fue incautado por la autoridad judicial al encontrarlo enterrado en una habitación de Majalca en un bote de lámina de marca “Royal”

Otro, quien de hecho fue la punta para dar con los cómplices del robo, confesó que la conciencia no lo dejaba en paz por haber tomado dinero de los difuntos y hubo quien aceptó haberse  apoderado de $ 1,200 pesos,  de los cuales entregó a la autoridad mil pesos y el resto  los gastó, de acuerdo a su declaración, en medicinas para su madre enferma. Otro declaró que alcanzó a ver el accidente desde su rancho La Soledad y presto se trasladó al lugar de los hechos, recogiendo dos billetes de cincuenta pesos. Luego trató de hacer complice a su acompañante dándole la mitad del botín, cosa que el honrado campesino rechazo tajantemente.

Posteriormente los majalqueños acusados del despojo a las víctimas del accidente aéreo declararon que la policía les había dado “manita de puerco para que confesaran la verdad”. –“Nos pegaron en el estómago, nos retorcieron los brazos para que dijéramos la verdad y confesáramos más dinero, pero entregamos todo lo que robamos”-dijeron-.

El colofón del desagradable suceso lleva a una pregunta: ¿Cómo entender el que unos hombres, campesinos, rústicos, sencillos y dedicados al trabajo agrícola se decidieran a lanzarse a despojar a unos cadáveres de sus pertenencias?

Todos, excepto uno, habían nacido y crecido en la región caracterizándose por ser hombres de trabajo con arraigo en las labores agrícolas, sin antecedentes penales. Eran hombres honestos, sencillos y su franqueza se mostró en acciones como las de enterrar su botín en el bote de lámina de “Royal”, o, la de emplear parte del recurso para comprar medicinas a una madre enferma.

La versión popular señala que “la ocasión hace al ladrón” a mi juicio solución muy vaga, mas bien quizás se encuentre a partir de la afirmación de que “la moral es lo que queda del miedo cuando nos hemos olvidado de él”. Y no obstante las exigencias religiosas de los majalquenses participantes-todos católicos-, la moral no reemplazó al amor, ni a la sabiduría porque tal moral se conforma con prohibir, y por ello no fue suficiente frente al esfuerzo de existir, de obrar, el deseo de vivir, la alegría de amar …  Es la vida misma.

Tal vez es cierto que el amor falta casi siempre, y que la vida es demasiado difícil, demasiado  cansina, demasiado  exigente, para que  el deseo y la alegría  puedan ser suficientes durante  mucho  tiempo. Quizás ante el vacío de amor, de generosidad, de explotación. De desigualdad -eran peones agrícolas-, surgió cierto egoísmo manifiesto en vida y angustia.

¿Podemos entonces calificar a los saqueadores de Majalca como unos malvados partiendo de que realizaron su reprobable acto por su pasión, por su deseo, por su ira, por su sufrimiento? Lo dudo. Quizás habrían preferido ser ricos sin tener necesidad  de robar. Las cárceles están llenas de buena  gente que se ha echado  a perder, pero que no se ha vuelto malvada por ello. Recordemos a Jean Valjean de Los Miserables de Víctor Hugo que robó un pan por hambre “¿Cuantos pobres tipos hay detrás de las rejas? ¿Y cuantos canallas en libertad?”

Si los majalquenses pudieron hacer el mal sin ser malvados, eso implica que su “maldad” se debió  menos al contenido del acto que a la orientación de su voluntad. Es la intención la que definió sus acciones.

Los cuatro participantes en el robo fueron recluídos en la penitenciaría de Chihuahua donde vestidos todavía a la usanza ranchera, pantalón de mezclilla, camisa a cuadros y botas vaqueras, durante los meses que esperaron su sentencia realizaron trabajos de carga y descarga de materiales y aprendieron el oficio de albañilería. -No sabemos hacer casas, porque lo único que hicimos fueron labores agrícolas, pero aquí estamos aprendiendo- decían-.

Siempre mostraron arrepentimiento. Se presentaron ante el juez como egoístas lúcidos reconociéndose responsables, egoístas satisfechos convencidos de su justo derecho, resignándose a serlo.

Tal vez mostraron conciencia  moral, lo contrario  de la canallada.

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