21 septiembre, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

La cantina, donde la palabra se humedece

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Fray Fernando.

La culpa

Recordando a Mark Twain, envié a 15 conocidos un mensaje: ¡Huye inmediatamente. Se ha descubierto todo!

No se si salieron con prontitud de la ciudad o buscaron seguridad en el anonimato urbano, pero posteriormente descubrí que no pesó tanto lo que podría haberse descubierto de fondo, sino que para cada uno se descubrió algo.

Algunos aceptaron abiertamente los ataques periódicos de culpas, sea por algún delito cometido o una acción negativa o perjudicial en contra de un prójimo o prójima, cuestión que les ocasiona cierta inestabilidad emocional. Otros, soportan tal emoción con manifiesto cinismo e incluso uno me dijo: “Antes sufría por las culpas, pero me dio resultado un remedio que utilizaba para detener la caída del pelo. Me untaba aceite de tortuga en la calva; no me salió pelo, pero me brotó una doble concha en la espalda”.

Otro me dijo, “para nada, con la culpa no sufro porque esta puede llegar a ser algo bello si uno la acepta evitando los detalles más abruptos”.

En los diversos diálogos con los culposos aprendí que ante algunos sucesos que acarrean pecados mejor es no preguntar el origen  de la expiación, como cuando niños mamá nos corregía con chanclazos en las pompis sin ninguna explicación. “Y claro”, dice uno de mis amigos entrevistados, “siempre pensé en silencio las posibles causas de tal ejecución, a que pillada podía deberse ¿Pero preguntarle a mamá? Para nada, sería haberla enfadado más y recibir doble dosis de chancla”

Ante la aseveración de mi amigo concluí que de todas las cosas que tememos de nosotros mismos, incluidas muchas buenos, para qué jugar a hallar cuál es la que hace que la gente nos ame o nos odie

Para que preguntar, si al final sabemos que la vida es de relaciones que constantemente se rompen, se difunden y reorientan.  Tal vez sea mejor, como señalan algunos novelistas, “muchas veces es mejor morir sin saber por qué; a cuento de qué abrir el cuerpo para ver qué, si ya no se mueve”.

En fin, habrá quien maneje su sentimiento de culpa a través de mecanismos de represión e interiorización. Otros optarán por analizar el cómo los sentimientos de culpa minan nuestra vitalidad derivando en odio, resentimiento y a un rígido fanatismo moral que cuando tiene ocasión se impone violentamente, para luego contraponer a ese sentimiento paralizador y oscuro de culpa el sentido de la responsabilidad que es algo más luminoso, activo, alegre… y humano.

En tanto, creo que mis amigos, si se asustaron un poco. De fondo quién sabe que deberán.

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