4 diciembre, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

La Cantina, dónde la palabra se humedece. Amigos, conocidos y funerales

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Fray Fernando.

No sé si la vida me alcance para dejar instrucciones para que en mi funeral solo admitan a personas que haya enlistado previamente.

Esta situación viene a mención porque Rosa Montero comenta que una señora, este 3 de junio pasado, dejó en su esquela uno de sus últimos deseos: “Siguiendo mis principios y mi particular manera de decir las cosas, dispongo que: …. sólo se deje asistir a mi funeral, en el tanatorio, iglesia y cementerio, a las personas que menciono a continuación”. Ahí nombraba a 15 hombres y mujeres, y añadía: “Al resto de gente que jamás se preocupó durante mi vida, les deseo que sigan tan lejos como estuvieron”.

Por qué esta señora seleccionó 15 personas. No lo sé, pero quince amigos es un número respetable y me pregunto: ¿Cuántos podría citar yo? “.

15 amigos para mi imposible, pero a quien yo no pondría objeción alguna de asistencia a mis exequias -si quisieran-, sería a mi familia de sangre. En cuanto a los amigos, entendiendo la amistad como el gran vínculo entre el hogar y el mundo, me preguntaría: ¿Entonces a cuánto ascendería la cuenta de verdaderos amigos? Aquellos con los que pude compartir ciertas emociones que solo pueden mostrarse fuera del hogar. Aquellos con los que encontré expresiones de amor que unieron mi familia con el mundo.

Francamente la cantidad quedaría muy por debajo de los 15 listados por la señora de la esquela porque tengo muchos conocidos  y solo 4 que 5 amigos a quienes considero familia, por lo que una solución sería admitir a miembros de las comunidades con las que estilo reunirme periódicamente tales como compañeros de barrio, ex condiscípulos y otros grupos en los que como afirma Edgar Morín permiten “la afirmación del yo en libertad y responsabilidad, y la de la integración en un nosotros”, espacios que fomentan la posibilidad de simpatía, amistad y amor.

Como se ve no es fácil establecer un selecto listado de invitados a los funerales, situación que después de reflexionarla con calma me permite comentar dos que tres cosas:

Primero, si hablo de muerte y réquiems, para nada quiero morir pronto, vivo el eterno presente con la desesperanza de permanecer algunos años más en este mundo.

Segundo. Me queda claro que una vez difunto mi opinión y mi listado podrían no ser respetados, y como suele suceder, se hará lo que los vivos decidan.

Con todo, agregaría que deseo un entierro laico, pero no con la carencia del ritual que caracteriza este tipo de funerales. Algo más del consabido discurso de amistad y de las flores sobre el féretro que tratan de llenar, de alguna forma, el vacío y el horror. Desearía que en algún espacio se interpretara la música que disfruté; se leyeran textos y poemas que en vida preferí, además de evocarse las dichas y desdichas de mi vida. Invitar también a los integrantes de mi listado a una comida y ahí, todos y cada uno rememorarían mi vida, mis momentos felices y agradables.  

La idea sería que mi funeral sirviera a los vivos para reflexionar acerca de la muerte, misma que de acuerdo a Morin, sigue siendo invencible, aunque el Cantar de los cantares afirme que el amor es tan fuerte como ella. La verdad es que el amor es muy fuerte, pero no puede vencer a la muerte. Ayudar a comprender que no sólo la vida está presente en el mundo mortal: la muerte está presente en el corazón del mundo vivo. Sigue siendo nuestra enemiga, pero ya no nos es ajena.

Desde luego en mi lista de invitados no estaría nadie que se diga representante terreno de dioses o poderes sobrenaturales. Francamente para nada los querría en mi funeral laico y su ausencia no es un deseo es una exigencia que espero se cumpla.

Termino mandando un saludo a mis amigos que también son mi familia. Unos amigos que son pocos, pero sigo apostando por esa aventura formidable que consiste en abrirte a una persona y darle un lugar en tu existencia.

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