domingo, junio 23, 2024

Fray Fernando

La Cantina, donde la palabra se humedece. Ayúdame

Por Fray Fernando.

Nadie quiere sentir que su vida no tiene sentido. En esta dirección existen muchas investigaciones, destacando un prolongado estudio sobre qué da sentido, felicidad y salud a nuestras vidas. Lo hace la universidad de Harvard y dura ya 85 años. Entre otras conclusiones afirman que no es el dinero, el éxito profesional o los viajes a paraísos tropicales lo que podría llevar a ciertos niveles de felicidad, sino las relaciones con los demás lo que determina que estemos más o menos satisfechos con nuestra vida y, en buena medida, lo que esta dure. De acuerdo a la prestigiada institución académica sería convenientes cultivar la calidez de la conexión, el sentimiento de pertenencia, los encuentros amistosos con quien te recibe en la tiendita de abarrotes o quien te entrega el correo. Y, sin duda, de los amigos, de los parientes. 

Con todo, y sin ignorar el peso de Harvard, pienso en los que pierden empleos, casas, familiares, pero más aún en los que no perdieron nada e igual deambulan en un mundo que ya no les pertenece. Reflexiono en los que siguen “muertos”. En los que, ante la polarización del país, la negativa de trabajo digno para sus egresados universitarios, los que nada compran con sus mil pesos semanales de salario y los que después de lo peor del virus no han resucitado. En los que, aunque el tiempo transcurra y en algunos aspectos mejore la vida, siguen azarosos y afligidos. Igual en los que andan perturbados y ociosos, sin entenderse ni saber qué pasa, como si hubieran perdido un tornillo, como si no supieran de qué ni para qué está hecho el tiempo. 

Salgo a la calle, miro en varios entornos y me encuentro con miles de estas personas que no quieren ver el mundo en que viven. Añoran, reniegan y exclaman “Ojalá esta época infausta pase rápido y no vuelva”. 

¿Los consejos surgidos de la investigación de Harvard resolvería estos problemas? No lo creo, más bien creo que al igual que en otras épocas, aún más fastidiosas de la que vivimos, el signo de los tiempos es seguir adelante, eso sí, tal vez considerando a los sabios de Harvard. 

Luego reacciono y me entero que yo soy una de esas personas extraviadas, de los no resucitados y me pregunto ¿Sentirán lo mismo que yo en su diaria existencia? Pienso en sus espíritus sedientos, en si tendremos esperanza de recuperar la lluvia de la existencia.  

Giro mi vista hacia mi esposa, una persona mucho mejor que yo, y le pido en silencio: ayúdame, como siempre. Apóyame como todo este tiempo juntos. Yo soy un descreído, pero creo en ella y en su particular espiritualidad un poco extraña en la que me refugio cuando la ira, la desesperanza y el miedo no me permiten resucitar. Siempre encuentro en ella algo humano y muchos motivos para renacer.