lunes, abril 22, 2024

Fray Fernando, Opinión

La Cantina, donde la palabra se humedece. Discriminación y racismo 

A los mexicanos si nos preguntan si somos racistas, clasistas, xenófobos, o insolidarios, contestamos: ¿Qué? Para nada, ¿Pues qué traes? Claro que muchos los somos porque en el fondo de cierta alma negra, nosotros somos nosotros y ellos, ellos. 

Siempre que recorro las calles y barrios de la ciudad en mi “bocho”, o me aventuro a golpe de calcetín por centros comerciales, zonas ricas, tiraderos, iglesias y otros lugares documento lo que observo. Se los comparto: 

Veo un motociclista con un anuncio en una caja a sus espaldas: “Se rentan mensajeros”. Ah caray, me digo, nueva forma de esclavismo. Me detengo en un merendero y me llama la atención un jovencito que atiende a la clientela en las mesas: diligente, atento, inteligente, pero en su camiseta distintiva del negocio destaca una leyenda “Soy sordomudo” ¿Condición de los dueños para contratarlo? Luego me entero de que empleados y vigilantes de negocios de “prestigio” alejan a indigentes, tarahumaras y mal vestidos, bajo la perversa y aborrecible idea de: “lo hacemos para que no ahuyenten el turismo”, o de proteger a la gente de bien de malandros. 

En los consultorios, observo que los invitados de piedra, -pacientes con días de espera-, se alejan lo máximo posible de enfermos sospechosos de tuberculosis, sida, Covid, tiña, ojos de pescado, sarna y sabayones. Lo hacen tal vez cuando los recordatorios de su propia mortalidad nunca son más que unos pocos pasos de sus mentes conscientes y ruidosas. Y tal vez, todos estamos construyendo silenciosamente los fosos que nos separan de los muertos ¿Será que esta forma de discriminación e intolerancia sea un instinto natural de temer nuestra propia mortalidad? ¿Será que nuestro temor a morir es lo que motiva todo el comportamiento humano? De ser así, diría alguien, “que gacho”, porque la única forma solidaria en torno a estas enfermedades es identificarse con sus víctimas, no alejarse deliberadamente de ellas.  

Personalmente no creo que estas discusiones sean pequeñas, triviales o intrascendentes. La cultura y las costumbres nos nutren y nos anclan. Sin ellas, nos sentimos perdidos, estamos perdidos, y en fin, las formas y modalidades que de intolerancia y discriminación que veo en mis recorridos son decenas, y termino con una más: la discriminación a las feas y feos. 

Esta intolerancia no es menor y se observa en las escuelas, empresas, iglesias, clubes, partidos, oficinas gubernamentales y mucho más. Así, se rechaza a personas porque no gusta su piel lo que refleja racismo. Algunos a esta forma de discriminación llaman “aspectismo”, que se presenta como cualquier forma de intolerancia, con prejuicios y estereotipos al considerar que un rostro “atractivo” tiene rasgos limpios y simétricos. ¿En que deriva esta realidad? En que las personas atractivas son descritas como confiables, competentes, amigables, agradables e inteligentes, mientras que las personas feas reciben etiquetas opuestas. El efecto general de estos sesgos es enorme. Un estudio reciente reveló que más personas reportan haber sido discriminadas por su aspecto físico que por su origen étnico. 

Muchas otras manifestaciones de racismo y discriminación veo en la ciudad: contra los migrantes, los indigentes del canal del Chuviscar, los adultos mayores “analfabetas digitales” y un largo etcétera, y me pregunto ¿Por qué somos tan indiferentes ante este tipo de discriminación? Tal vez consideremos que tal conducta está integrada en la naturaleza humana y no hay mucho que se pueda hacer al respecto. 

Por lo pronto bueno será para los feos – me incluyo-, lanzar la consigna “Feos del mundo Unios” . Seguramente daría para crear una asociación fuerte de feos con futuro para generar un cambio. El problema sería quien la preside: Valentín, Fidel, Héctor, Reynaldo, compadre Villalba, Federico, Polo, feos y buenos amigos. 

En suma, estamos obligados a luchar contra la discriminación y el racismo que implican un desprecio hacia el otro, al considerarlo inferior, y esa actitud persiste hasta hoy en día, en parte de la población y en muchos políticos, como el actual gobernador de Texas que por cierto fue felicitado ampliamente.