miércoles, julio 24, 2024

Opinión

La Cantina, donde la palabra se humedece. “Fraudio Gutierrez” 

“Fraudio Gutierrez” 

-“¡Oigan!” invita un parroquiano, “¿Sabían que en 1965 un tal Braulio Gutiérrez engañó a mucha gente vendiéndoles casas que no eran suyas, y lo peor es que eran personas muy jodidas? – 

-Yo sí me acuerdo,- responde otro-, fue un fraude en el que se involucraron empleados bancarios, agiotistas, funcionarios gubernamentales y algunos notarios. Los engañados eran gente trabajadora que solo quería adquirir una casa para sus familias. 

En el grupo de bebedores, los más jóvenes no sabían nada al respecto, pero los viejos recordaban la estafa, y al final toda la barra se interesó en el asunto, incluido El Moni, el “honesto cantinero”. La historia empezó a tejerse con esas voces que llegan del pasado, en este caso alentadas por alguna oferta de fatuo líquido. 

-Claro, en ese año todo el mundo se enteró. Yo leí en un periódico: “A Braulio solo le faltó vender la Catedral” y la gente empezó a llamarlo “Fraudio” por sus trampas y engaños. Pero no era solo él, contaba con una red de cómplices que al principio lo ayudaban a identificar casas en situaciones legales complicadas, para luego ofrecérselas a sus víctimas como si todo fuera legal. 

-A una tía le pasó -comenta otro-, “Fraudio” le preguntó si tenía “marmaja” y cuánto. La pobre le dijo que solo tenía tres mil pesos, frente al valor de la vivienda que era de 25 mil pesos. “Uh”, le dijo el estafador, “no es nada, vaya al banco y pida un préstamo”. Mi pariente fue al banco y le negaron el préstamo. Sin embargo, algunos empleados del banco les sugerían que volvieran a Braulio, quien los pondría en contacto con “amigos prestamistas”. 

El cliente regresaba con Braulio, quien los llevaba con los “encueracristos”, personas dispuestas a prestar dinero a tasas de interés exorbitantes, asegurando así sus propias ganancias. Los agiotistas, en complicidad con Braulio, establecían sus propias reglas que garantizaban altos intereses, pagos en abonos mensuales y, en caso de impago durante tres meses, automáticamente se perdía la casa. Además, Braulio cobraba a sus clientes un 5 por ciento solo por ser el intermediario en la gestión del préstamo con los prestamistas. 

Pero el circo se les cayó -anota otro-. Fue tanto el descaro de estos hijos de… que, en un momento dado, los pobres defraudados exigieron papeles legítimos, no los de notarios fraudulentos. Al no obtener respuesta por parte de “Fraudio”, se presentó una avalancha de denuncias, pero para ese entonces, el estafador ya había huido sin que nadie supiera su paradero. 

En conjunto, la situación se vio marcada por la tristeza y la decepción. Los defraudados sufrían, y ¿qué hizo la autoridad? No mucho. Prometieron capturar a “Fraudio” y el 12 de enero de 1965, se llevó a cabo una reunión en las oficinas de la Procuraduría estatal, a la que asistieron prestamistas, intermediarios y los afectados. El discurso oficial prometió aplicar la ley a aquellos que se demostrara que habían cometido delitos, palabras en las que nadie creyó. “La ley se aplicó”, pero en contra de los afectados al indicarles que, “ante el error de no haber leído y firmado los documentos antes de recibir las escrituras, deberían conformarse y resignarse a perder, tal vez, todo o parte de su inversión anticipada a manos de los estafadores”. A los prestamistas simplemente se les aclaró que se aplicaría la ley. 

-Uh, pues estuvo terrible y, como siempre, los pobres son los perdedores.  

-Oigan, y en estos días ¿Habrá ese tipo de fraudes? A lo mejor Diosito ya hizo buenos a los notarios, a los empleados del Registro Público de la Propiedad y hasta a los “encueracristos”. 

-Ah, pero como serás pendejo, existen y modernizados, pero también prevalecen sus clientes ¿Qué no ves lo que está pasando con ARAS? 

-Ni me lo recuerdes, yo me embarqué en eso -confiesa alguien-, así que mejor sírvanme otra y, si es a crédito, mucho mejor.