domingo, junio 23, 2024

Buzón, Fray Fernando

La Cantina, dónde la palabra se humedece: Gente

La calle bullía de gente sin importar la exposición a un creciente calor. Me introduje a su magia como si viera por primera vez su secreto. Su realidad me causó una sorpresa inesperada.

Estacioné mi “Bocho” por la calle Niños Héroes, subí por la Cuarta Vieja, me detuve en una esquina y la vida siguió igual, tal vez somnolienta, pero siguió andando.

Entonces caí en cuenta de la belleza de esa vida y también de su espanto. La gente iba, venía, observaba la diversa mercancía, en ocasiones compraba, para luego ser expulsada rumbo a Catedral o en dirección a tomar un urbano.

Advertí entonces que las personas no eran simples transeúntes. Los vi a los ojos, observé sus escasas compras, mujeres “estirando el gasto”, jóvenes en busca de “pantalones de marca” Hombres y mujeres lejanos a entender el por qué la Inflación le ‘pega’ al bolsillo de los hogares en México y que el consumo perderá dinamismo en los siguientes meses, lo que repercutirá en la economía, culpando invariablemente a López Obrador, olvidando a otros como el que nos regalaron desde Miami.

Gente aún más lejana de saber que el Indicador de Consumo de Big Data de BBVA Research bajó 1.5 por ciento en mayo, y que los ingresos para las farmacéuticas fueron de más de mil dólares por segundo solo por su negocio con las vacunas, cobrando hasta más de 24 veces el costo de producción.

Me asomé, en fin, a la vida, como si la viera por primera vez y su misterio me produjo un asombro sin límites. Reflexioné en las mujeres y su retorno en atestados camiones para al fin, al llegar a su casa, sus retoños les cuestionen

¿Qué nos trajiste mamá?

Como en la canción de Cri-Cri. No mucho les dirán. Pensé en los jóvenes quien en su mayoría no adquieren nada porque sus 150 pesos no alcanzaron para mucho.

De pronto me integré al movimiento de la calle para hacer mi oferta al comercio de la Cuarta Vieja. Entre equivocadamente a un negocio chicharronero, corregí el rumbo y me enfrentó un señor que vendía haces de ajo, sirven decía al pregonar su mercancía, “hasta para espantar vampiros”.

Cuando logré llegar arriba, a la calle Juárez, alguien me tocó el hombro al tiempo de decirme : “Quihubo Godínez”, pues quihubo Covarrubias y nos despedimos satisfechos.

Acto seguido me compré una playera con el emblema de los 49 de San Francisco con las letras SF destacadas para que sepan que soy Sandoval Fernando y no Godínez.

Vana esperanza, pero por lo pronto me arrime, más calmado, al itinerario de la vida.