domingo, junio 23, 2024

Fray Fernando, Opinión

La Cantina donde la palabra se humedece: José Núñez Luján 

José Núñez Luján fue una de esas vidas sin más eco que un fingido “gracias” como respuesta al ofrecimiento de un trago en la taberna del barrio. Y quizá también un eco cuando el cura mal pronunció su nombre en la misa de difuntos. Nadie nunca dijo nada en su memoria.  

José Núñez Luján nació en la ciudad de Chihuahua en el barrio del Santo Niño y su infancia la vivió entre su comunidad de origen y el pueblo de “Punta de Agua”, congregación rural cercana a la capital del estado donde vivía su abuelo materno. Su padre, Manuel Núñez, murió en un accidente automovilístico dejando a su esposa María pendiente y a cargo de 10 hijos por lo que pronto, José, junto con sus hermanas y hermanos, debió salir a ganarse el pan de cada día. Lo hizo en talleres mecánicos lavando fierros, en labores de jardinería y lo que cayera, por lo que rápidamente aprendió las cuatro reglas del fregado: oír, ver, callar, y a trabajar duro. 

Mal terminó la primaria y jamás aprendió a leer y escribir bien. En una ocasión que a su barrio llegó un circo, de esos que recorren la legua, José se apresuró a conseguir trabajo. Se lo dieron, y no solo eso, los dueños solicitaron permiso a doña María para que el joven, -menor de edad-, se integrará de lleno a las labores del circo lo cual le permitió viajar por muchas ciudades de la republica e incluso a dos que tres países de América Central. Al paso de los días, meses y años José vio a: acróbatas, contorsionistas, equilibristas, escapistas, forzudos, malabaristas, payasos, titiriteros, tragafuego, trapecistas, ventrílocuos, zanqueros. Se enteró también que todas estas personas trabajaban en el circo por amor al espectáculo, en muchos casos arriesgaban su vida, solo por hacer un buen espectáculo y demostrar sus habilidades que requerían un entrenamiento continuo y de mucha dedicación, donde la disciplina y la perseverancia son de vital importancia. 

¿Qué hacía José en este trabajo? Hacia amistades a la par de que ayudaba a levantar las carpas, aseaba a los animales, vendía golosinas y narices de payaso, espantaba a los que intentaban entrar sin pagar y en especial cuidaba a un gorila, el que según dicen congenio muy bien con el joven de Chihuahua. Así, deslomándose a madrugones y viajando entre nevadas y calorones, pasó José algunos años en el circo. Solo. Sobrio. Seco. Duro por fuera y tierno por dentro. Saliendo de sol a sol a las tareas del espectáculo para atender al gorila, a los leones y hasta un hipopótamo. Terminaba sumamente cansado después de las dos o tres funciones diarias y “caía muerto” en su camastro por la noche. Un día a la semana buscaba un lugar donde asearse, luego, con dificultades para escribir, mandaba una carta a los suyos en Chihuahua, contándoles sus alegrías. Sus penas se las callaba, y eso sí, algo mandaba de dinero a doña María. 

El circo iba que venía y en su andar tocó nuevamente Chihuahua. José dio las gracias a los dueños, se despidió de bailarines, trapecistas, equilibristas, payasos, recorrió las jaulas de los animales y dicen que en esos momentos una lágrima se escurrió cuando dijo adiós a su amigo el gorila. Llego a casa con su última paga, una maletilla con su escasa ropa, fotografías y postales de los lugares recorridos y otros recuerdos. Y si bien no fue recibido como el hijo pródigo, si se le trató con gran alegría por su retorno porque los Núñez Luján son personas respetables y nobles. 

La vida continuó y José pronto se hizo al ambiente de una ciudad que crecía a trompicones, pero esa es otra historia. José, si viviera hoy tendría 77 años. Fue, fueron, las suyas unas de esas vidas sordas e invisibles sin más eco que el recuerdo de sus deudos. Pero fue un joven de 14 años que se atrevió a recorrer el mundo en medio de un espectáculo permanente. Nunca se atrevió a montar dos caballos a la vez, pero aprendió que el circo “es como una madre en la que se puede confiar y que recompensa y castiga”, supo que “el tiempo es un circo, siempre empacando y alejándose” y comprendió que la vida a la que regresó en Chihuahua no era muy diferente al circo en que vivió, con algunos momentos más espectaculares que otros 

 Nunca nadie dijo nada en su memoria, más allá del cura bisbiseando su nombre en las misas de difuntos pagadas por los suyos. Valgan estas líneas, tarde mal y nunca, para repararlo en parte.