Mi amigo Nico
Lo extrañé porque con frecuencia lo veía por el rumbo “del Bajo”, en ocasiones por el mercado “La Reformita”, otras por la plazuela Perea, pero ahora no aparecía. Lo busqué durante varias semanas, cada mañana, sin lograr distinguirlo entre los otros personajes que pululan las calles de la ciudad, especialmente donde se reúnen los llamados “escuadrones de la muerte”.
Conozco de vista a muchos de esos hombres cuya morada es la calle y a quien muchos llaman simplemente borrachos, o teporochos como se estila en el centro del país. Los veo instalados en racimos, recostados contra los muros de los edificios, comparten las botellas de vino barato o alcohol etílico que compran con las monedas reunidas gracias a la la exhibición de su indigencia. Pacíficos, platican entre ellos, verano o invierno, expuestos a los estragos causados por calorones y heladas. Algunos de ellos me saludan como a viejo conocido, tal vez por verme con frecuencia. No saben mi nombre, yo ignoro el de ellos. Tampoco saben quién soy y yo no sé quiénes fueron en la vida anterior que tuvieron en un pasado tal vez, sumiso a horas, calendarios, deberes y obligaciones, envuelto ahora entre nieblas no siempre provenientes del alcohol.
Encontrar a mi conocido no es fácil, creo que mi búsqueda es más que azarosa. Lo recuerdo con su raída ropa, su luenga barba y dos bultos que arrastra por la plaza, además sus compañeros le llaman Nico. Por más que escudriño las caras y los bultos de la flotante población fija, no logro encontrarlo y decido proceder por eliminación, pero sólo descarto a “El Guillo” quien se distingue por el delirium tremens donde se pierde a veces con su soledad a cuestas. “El Guillo” blasfema en contra de hombres y mujeres, insulta a gritos y lanza jabs, rectos y ganchos a enemigos invisibles que, a diferencia de él, tienen domicilio fijo, pagan abonos y creen ser felices. Entonces, me convenzo de que el sistema eliminatorio no me funciona.
Al fin, una mañana, a distancia veo al Nico. Me dirijo a su encuentro con entusiasmo. El arrebato proviene de mi certeza de que Nico sería la siguiente baja del “escuadrón de la muerte”, convicción con algo de morbo, pero más de interés por adentrarme en la condición humana a través de entender a un hombre otrora próspero, con esposa e hijos y hoy, abatido, perdura en la calle contra viento y marea. Por otra parte, mi búsqueda tiene que ver también con libros que me provee a precio de regalo.
A mi arrebato, Nico responde con un abrazo y me llama por mi nombre. Logro comprender, en su pena, su enfermedad que me esperaba. Cómo, por qué, no me lo pregunto, hoy no tiene libros, pero mañana… seguro, tal vez, acaso. No sé cómo, pero Nico sabe que escribo, que he publicado algunos textos, que soy profesor. Luego como lo encontré súbitamente por esa misma vía desaparece.
Pasan las semanas y dejo de buscarlo. Ahora es él quien me busca para darme una fruta, un pan. Cuando no me ve, pregunta por mí a los boleros de la Plaza de Armas, interroga a Fidel, mi amigo, y me manda un regalo con él: una taza, un anillo de plástico, qué sé yo. Lo vuelvo a encontrar y desde el fondo de desgastado costal extrae varios objetos “No te asustes, son pequeñas expropiaciones” a la par que me las ofrece de regalo. Me río pensando que los papeles se han invertido y quien me da limosna es él. Comienzo a huirle cuando me dio unos aretes: pienso que son baratijas, pero seguramente en el Monte de Piedad los valorarían más alto.
Finalmente, Nico fallece, me lo informan los sobrevivientes del “escuadrón”. Me dicen que les encargó despedirse de mí, no dejó regalos, pero así está bien porque la última vez que lo vi me prometió una medalla con la imagen de la “Morena del Tepeyac” sentenciando: “que buena falta te hace”.
