domingo, abril 14, 2024

Fray Fernando, Opinión

La Cantina, dónde la palabra se humedece. Oscar Soto Hermosillo

El domingo 21 de este mes de enero, acompañé a Oscar Soto en la casa de su hija Perla. Dialogamos extensamente: revivimos anécdotas de hace 60 años, reímos con ocurrencias juveniles y nos entristecimos al evocar pérdidas familiares. Al final, concluimos que añorar el pasado no basta para comprenderlo en su verdadera esencia. Significa, quizás, adueñarse de recuerdos que brillan tanto en momentos de gozo como de llanto.

Escapaste de “la huesuda” tantas veces, querido amigo, que llegué a pensar, casi en un delirio mágico, que la habías burlado para siempre. Junto a Rosalba, enfrentaste días difíciles y exilios de todos lados, combatiendo con tus pocos, pero fieles amigos y los estudiantes de Bellas Artes la oscura incertidumbre laboral. Con Doña y Don Mariano, y muchos hermanos, superaste la preocupación por el sustento diario y luchaste por la unidad familiar a pesar de las distancias.

Finalmente te asentaste por largo tiempo en la ciudad de Chihuahua, un lugar ajeno a ti, pues tu espíritu anhelaba el campo, los maizales, la verde vegetación de tu tierra La Cruz. No obstante, desde la capital, continuaste siendo el hombre sencillo, generoso, luchador y perspicaz intérprete de una juventud que se abría camino entre obstáculos e incomprensiones.

Descubriste tus potenciales; tus valores, e iniciaste, desde temprana edad, un viaje o transición desde lo típicamente humano hacia algo más fundamental y universal, quizás la esencia misma de la vida. Comprendiste tus emociones, pensamientos y experiencias cotidianas en medio de carencias y problemas, pero entendiste que implicaban algo más profundo, como la naturaleza verdadera de la existencia, los valores universales, o el significado de la vida en su forma más pura. Gracias por esta herencia, pues tu tránsito por esta vida nos invita a reflexionar sobre la búsqueda de un entendimiento más profundo de nosotros mismos y del mundo.

Con el tiempo, ya como un artista reconocido tanto nacional como internacionalmente, nunca dejaste de solidarizarte con tus hermanos de clase y apostaste por transformar la visión acerca de las etnias, especialmente la Rarámuri. Tus cuadros los retratan con una gracia y espiritualidad única, y me atrevo a decir, conociendo tu bondad y compasión, que en el fondo buscabas aportar tu “grano de arena” para construir un país diferente. Tus murales reflejan con pasión ardiente el zapatismo, la revolución, el México moderno. Siempre estarán ahí, como guías para las generaciones futuras, para entender su presente a través del análisis profundo y la experiencia de tus historias pictóricas. En esencia, siempre te la jugaste por los menos favorecidos y sus movimientos.

Sin olvidar esos instantes mágicos de gozo y llanto, te adentraste en el tiempo, en los espacios donde preferiste vivir, principalmente tu amada La Cruz. Desde allí, construiste interpretaciones y proyectos a contracorriente, desde la libertad y el rigor del pensamiento, más allá de barreras partidistas y rígidos referentes ideológicos. Tejiste, desde tu arte, reflexiones libres, guiadas solo por el calor de tu humanidad y la coherencia de tu camino.

¿Adónde vas ahora, querido amigo, estr atega de un arte sublime nacido del trabajo constante y sacrificado? ¿Qué obra de arte representas, cuáles pintas ahora? ¿En qué estrella y cielo hallarás tu morada?

¡No te has ido, eres inmortal! Nadie luchó como tú las batallas de la vida, nadie como tú pinta a las niñas tarahumaras, nadie revela como tú, la esencia de la naturaleza a través de paisajes increíbles y persigue pasiones cardinales. No te vayas, aquí haces falta, no te vayas, es tiempo de la presencia de seres como tú. Sigue pintando, quédate para siempre en la memoria.