jueves, junio 13, 2024

Fray Fernando, Opinión

La Cantina, dónde la palabra se humedece. Sepultureros

Sepultureros 

En reciente visita al panteón entablé una charla con sepultureros del negocio de “carnes frías”. Les pregunto: ¿Y cómo es su vida aquí en el cementerio? 

Su respuesta me dejo medio frio-no completo-. “Bueno”- dijo uno de ellos- “el trabajo es duro, cavar fosas a pico y pala “no cría buena sangre”. Después, a esperar a los difuntitos, ayudar a bajar la caja, batir cemento para cubrir el cadáver y finalmente cubrirlo con tierra. Con frecuencia antes de empezar a palear para darle cristiano entierro al cliente en turno es común que alguien me llame por teléfono para preguntarme a veces en broma, a veces en serio ¿Quién causó baja hoy? Son maloras que me cuestionan ¿No te da miedo estar todos los días tan cerca de la huesuda? ¿No te deprime ver a diario a gente triste y llorosa? Mis respuestas casi siempre se limitan a decirles a algunos, ah, pero como joden, a otros, comentarles que no pasa nada, que ya estoy acostumbrado”. 

Ya en corto no es tan fácil porque cada entierro es diferente-señala otro cavador-. A veces cubrimos ataúdes con cuerpos de gente muy mayor. Otras arropamos con tierra a niños, a hombres y mujeres jóvenes, y al ver a sus deudos sufriendo te agüitas y hasta les acompañas con una lagrimita. También vemos a acompañantes que claramente vienen por compromiso y ahí francamente ignoro la pena que sientan este tipo de personas, no lloran, permanecen como estatuas y a veces abrazan a los parientes del muertito. 

Eso si-dijo otro enterrador-, de tanto ver la muerte de cerca, con el tiempo decidí hacer cosas para protegerme o para sobrellevar mi oficio. Por ejemplo, no tomo caguamas cerca de la tumba, ni voy a la casa de inmediato, ni a la cantina, más bien camino, entro a una tiendita, observo unas piñatas, compro una paleta y si me encuentro una iglesia entro y doy gracias a Dios que estoy vivo, creo que así alejo la muerte de mi hogar. ¿La despistas? Le pregunto. Creo que sí, la dejo en otra parte y medio me le escondo para que no encuentre mi dirección ¿Y crees que te siga? Insisto. ¿Qué si me sigue?, claro si me dejo, pero pendejo no soy, con el tiempo he aprendido muchos trucos para burlarla. 

¿Y a otros compañeros si los encuentra? “Mira, no me gusta meterme en vidas ajenas, pero te puedo decir que se han dado casos en donde por descuido los ha fregado, y es que después del entierro algunos se toman sus caguamas o su traguito para luego rematar en la cantina, pero ya con la calaca en sus espaldas. Además, los que creemos que la muerte te puede seguir acostumbramos a comunicarnos con otros nombres, por ejemplo, a Ramón le digo pásame la barra o la pala Ruperto, y a Juan le pregunto ¿Lista la mezcla Tomás? Con eso medio garantizamos que la huesuda que tuviera la mala idea de ir a buscar digamos a Juan a su casa para cargárselo y decirle con voz tenebrosa “he venido por ti Juan” él tranquilamente puede contestar “Lo siento, aquí no vive ningún Juan. Esta es la casa de Tomás”. La muerte entonces pedirá disculpas por las molestias, dará media vuelta y se largará”. 

Esto último puede parecer cómico, pero eso de burlar a la parca es consustancial a la humanidad y desde hace miles de años se cree que se puede mantener la muerte a raya con relatos, conjuros y ritos. Sin embargo, estos nobles servidores están conscientes de que la muerte también es muy lista y sin importar que se haga o prevea, llega sin importar nombres o despistes como sucedió en el 2020 cuando el ángel de la muerte decidió visitar millones de hogares mostrando así el poder de interferir en nuestras vidas. “Ahí sí que nos jodimos”-declara otro cavador- “porque hicieras lo que hicieras no la pudimos ahuyentar tal vez por los miles de muertos por Covid de esos años. La verdad mostró que cuando le da la gana se puede meter en nuestras casas y sabe cómo nos llamamos, dónde vivimos, y no se deja engañar”. 

Muchas más cosas platicaron los amigos sepultureros, pero por lo pronto en funerales o en el panteón por favor no me llamen por Fernando, mejor díganme Wenceslao.