sábado, abril 13, 2024

Isaías Orozco Gómez, Opinión

La muerte en nuestras etnias originarias y el mundo actual 

Hace no más de dos semanas, acudió a nuestra sencilla casa, una señora de aproximadamente sesenta años de edad, en cuyo rostro se evidenciaba su estado de angustia y preocupación. Al preguntarle que se le ofrecía, entre animada o no, me planteó el serio problema humano y económico por el que estaba atravesando ella y su familia, pues acababa de fallecer su esposo, y ya lo habían llevado a la funeraria y no contaban con trabajo ni con recursos para pagar los servicios de la funeraria. 

Me mostró una constancia membretada de la funeraria, diciéndome la señora  que ahí estaba el número del teléfono de la misma, por su gustaba hablar para que viera que era verdad lo que me estaba informando y solicitando. Por ser una dama, por su edad y  siendo sensible ante  el trance narrado, le expresé que aun cuando no todas las personas actúan de buena fe, por lo que “la burra no era arisca sino que la hicieron”; y que “pagan justos por pecadores” no tenía por qué dudar de su palabra, brindándole un modesto apoyo monetario. 

Lamentablemente, el caso descrito no es único, ya en otras ocasiones los medios  masivos de comunicación: impresos, televisión, internet, celulares (las “benditas redes sociales”) han informado de familias en situación precaria que no cuentan con recursos monetarios para solventar los gastos de los servicios luctuosos de alguno de sus seres queridos, abriendo sus espacios para solicitar de los lectores y video-escuchas, el apoyo económico  de las personas de buena voluntad y/o altruistas.  

Patéticos casos que se presentan desde criaturitas recién nacidas, niños, adolescentes, jóvenes, adultos, ancianos, tanto en mujeres como en hombres, habitantes del medio urbano y rural; así como pertenecientes a las diversas etnias del universo demográfico municipal, estatal y nacional. 

Por supuesto, que ante tan funestas muertes, algunos municipios con autoridades conscientes  de esos imponderables, cuentan con una partida del erario para apoyar al máximo a las familias de quienes naturalmente, por enfermedad o en fatal accidente perdieron la vida.  

En contraste, hay quienes cuentan con sobrado capital para pagar faraónicos, principescos y monárquicas exequias de tal o cual familiar  –que, con el debido y absoluto respeto a todas las creencias– a los cuales no sólo se les vela en flamantes salas, sino que las propias altas jerarquías eclesiásticas les dedican en la parroquia, en el santuario  o en la catedral eclesiásticas, les dedican  sentida y celestial misa de cuerpo presente. Y claro, la prensa se llena de amplias y sendas condolencias. No así para Juan Pérez Jolote o los hijos de Sánchez. 

Nada más y nada menos, las honras fúnebres  que el “pueblo” o sociedad británica hace días le ofreció a la cuasi centenaria Reina Isabel de Inglaterra, es una muestra más de la gran diferencia que existe entre quienes gozan de poder y  tienen fortunas de sobra, y quienes hasta para ser sepultados tienen que recurrir a las colectas públicas. 

Lo que nos lleva a pensar, que desde hace milenios, hasta en la muerte se aparece la deshumanizada discriminación y la indignante lucha de clases, llamada también clasismo. 

Hace poco, en una de mis colaboraciones para este reconocido Diario de Chihuahua, con bases históricas, afirmé que entre los milenarios aborígenes de Mezoamérica, no se tenía ningún problema para obtener el patrimonio del Calpulli o parcela en cuyo espacio se construía la vivienda y se cultivaba la tierra para la manutención de la familia. Y ahora, en el presente trabajo, transcribiremos algunas ideas, conceptos y prácticas que las etnias originarias de Mesoamérica, tenían y realizaban con respecto a la MUERTE. 

Pero, antes, estimado lector, en relación al tema en referencia, les compartimos lo siguiente: “La idea de la muerte puede provocar ansiedad. Significa la pérdida irremediable de la individualidad, la aniquilación del sí; nos angustia tanto más cuanto que es la conciencia de una nada inconcebible. Sin embargo, el horror de la muerte está en función del valor que se dé a la vida; en ciertos casos, éste puede reducirse a cero y la muerte llega a ser deseable. Grupos enteros de indígenas de Polinesia, de Melanesia y de Tasmania, se extinguieron en el curso de una generación, después de la colonización blanca: perdidas su independencia y su cultura, no tenían ya razón de seguir viviendo.” (Diccionario de la Psicología, Larousse, Primera edición. 1969). 

En nuestros todavía no reivindicados en todos aspectos de la vida democrática, antes de la invasión y dominio español, nuestras culturas y civilizaciones originarias, así esperaban la muerte. 

Entre los Nahuas al Dios de la muerte le llamaban Mictlantecutli y a su mujer Mictecacíhuatl. Su templo era el Tlaxico “ombligo de la tierra”, que era el séptimo edificio del centro ceremonial de Tenochtitlán. En ese lugar se sacrificaba un cautivo en el mes de títitl “en la noche”. El sitio a donde iban los difuntos estaba definido por el tipo de muerte que tenían: los guerreros que habían muerto en batalla, o en el sacrificio; los comerciantes o pochtecas, muertos en las travesías de negocios y las mujeres muertas en el parto que iban al paraíso solar. 

Los que morían por alguna causa relacionada con el agua iban al Tlalocan o paraíso de Tláloc. Había un lugar especial para los niños pequeñitos, el Xochiatlalpan, en donde eran amamantados por un gran árbol. Por último, los que morían de causas naturales iban al Mictlán. 

El mundo maya estaba habitado por gran número de dioses de la muerte. El principal de ellos era designado con la letra A. Su cara es la de una calavera, o con el maxilar inferior descarnado y con una línea negra que le cruza los ojos, tiene además rasgos de una víctima del hambre: vientre hinchado y los miembros muy delgados. Su frente tiene el signo de Akbal o noche. La personificación del número cero es un dios de la muerte sacrificial; el número diez  y señor del décimo día  CIMI “muerte”, se representa con la cabeza del dios de la muerte. 

Aseguraban que el camino al mundo de la muerte es largo y peligroso y la idea de que un perro ayudaba en este camino estaba difundida en toda Mesoamérica. En las tumbas mayas se han encontrado esqueletos de perro y los lacandones todavía colocan con el cadáver una pequeña figurita de perro hecha de palma, en cada una de las esquinas del montículo del enterramiento. También se le pone comida para que se alimente durante el camino.   

Los Tarascos tenían la creencia de que en el inframundo se localizaban los diversos mundos de los muertos, que estaban concebidos como paraísos, lugares de deleite y de negrura. Uno de ellos era Pátzcuaro “lugar donde se tiñe de negro”, en donde gobernaba Chupi-Tirípeme, principal deidad tarasca del agua, al que iban a disfrutar los muertos por ahogamiento, guiados por Uitzimengari que equivalía al Tlalocan de los mexicas y el Lago de Pátzcuaro era la entrada a este inframundo. Los dioses de la muerte estaban representados en general por culebras, topos, comadrejas y ardillas.  

Entre los Totonacos o Tajínidas se confundía al dios del ultramundo con el “diablo” y está asociado al fuego y al “mulato”. A diferencia de otros pueblos, entre los totonacos no hay un viaje difícil al otro mundo. Las mujeres muertas en el parto ascienden al cielo en forma de nubes blancas que el viento persigue antes de llover. Los niños son recogidos por Aktisini quien los cuida hasta que vuelven a nacer. A los asesinos se los lleva el diablo y se convierten en vientos nefastos. (Yolotl González Torres, “Diccionario de mitología y religión de Mesoamérica”, Larousse. 1991).  

Grandiosa y ejemplar lección de nuestros antepasados y aun presentes hombres y mujeres autóctonas de México, antes de los trescientos años de dominio español,  de sus creencias y cómo atender y proteger a sus muertos en su periplo hacia la ETERNIDAD.  

Ni discriminación, ni clasismo, ni fosas comunes, ni nada de andar solicitando la ayuda del prójimo para enterrar a sus muertos.