lunes, mayo 27, 2024

Fray Fernando, Opinión

Las cantinas: donde la humedad se hace palabra.

No cabe duda que en Chihuahua, como en otras latitudes, la gente adulta ha preferido la cantina que el templo.

Para algunos la cantina es un lugar en donde la palabra convertida en energía lleva a cultivar amistades y chismorrear sobre política, sociedad, cultura, viajes espaciales, leyendas, historia, deporte, literatura, repostería, honores, y todo lo imaginable. En el pasado fue un punto de reunión casi sagrado en donde se compartía la comida y la bebida en negocios con nombres rimbombantes como: El Navegante, Las Vegas, El Ranchito, El Amigo de los Pobres, El Satélite, Al Sur de la Frontera, Nacozari, La Camelia, El Ombligo, El Infierno y cientos de nombres más, algunos muy ingeniosos. No hace mucho, estos espacios fueron propios de un público varonil que buscaba intimidad e identidad y se caracterizaron por un permanente ajetreo húmedo manifiesto en voces, gritos, albures, puyas y compromisos, invariablemente acompañados de tragos y brindis diversos con ausencia femenina.

Para otros, las cantinas lejos están de la descripción idílica que algunos comparten como lugares de sano esparcimiento y catarsis social. Son, dicen, más bien centros de perdición, espacios en donde se incuba el crimen y un mal ejemplo para las nuevas generaciones, e incluso hay quien las define como lugares en que la amistad no existe-solo los amigos ocasionales- y las exponen como sitios en donde la gente siempre discute necedades; fuga para algunos maridos oprimidos y la mejor oportunidad para quienes explotan a los que veneran al Dios Baco.

En fin, decidir si las cantinas son lugares de perdición o aposentos de diversión terapéutica, se dejaa nuestra vida democrática que permite tomar partido.

En tanto, se sabe que en Chihuahua las cantinas tienen una larga historia y se conocen solicitudes de permiso para abrirlas desde principios de siglo XIX, creciendo cuantitativamente en épocas derepunte económico muy ligadas a centros de trabajo obreros y en la periferia de la ciudad como fue el caso de la colonia Industrial y el barrio del Santo Niño en donde en conjunto los bares para 1960 sumaban más de 25 establecimientos por solo dos escuelas primarias. Lo mismo sucedió en colonias como La Obrera y El Pacífico, espacios que sobrellevaron decenas de cantinas lo que derivó en que periódicamente se convertían en problemas por su proliferación, insalubridad y facilidad de servicio no solo a los adultos sino también a menores, por lo que no era raro que las autoridades realizaran de cuando en cuando batidas en contra de los considerados templos del saber para unos, y lugares del diablo para otros.

Un repunte del combate a los también denominados antros se dio en octubre de 1968 cuando el presidente Municipal Ramón Reyes García ordenó un combate contra las cantinas ilegales, mismas que de acuerdo a la información oficial rebasaban el centenar de un total de un poco más de 250 establecimientos que por entonces tenían la categoría de bares o cantinas. Eran tiempos en que los horarios permitían cerrar hasta las 2 de la mañana y unas pocas contaban con horario corrido, esto es, no cerraban las 24 horas del día, entre ellas las de la calle Aldama.

Para 1960 destacaban algunas de la periferia como fue el Caso de “Las Vegas” en el barrio del Santo Niño lugar regenteado por don Cecilio Carlos, personaje que brindaba los famosos “amargosos”, una especie de mezcal de gran octanaje mezclado con diversas hierbas y aderezado con una víbora de cascabel. Destacó por el mismo rumbo el bar “Nuestro Club”, espacio preferido por petroleros, electricistas, boxeadores, albañiles y un sinfín de personajes cuyo modus vivendi abarcaba casi todo oficio y profesión.

Otros bares fueron La Bamba que por estos años regenteaba don Ignacio Díaz, zacatecano emigrado a la capital chihuahuense. Don Nacho reunía una relevante clientela que de entrada asistía para colocarse un buen tequila entre pecho y espalda, pero también para escuchar la conversación del zacatecano quien hacia las delicias de los parroquianos con historias que iban desde “la amansada que le dio a Francisco Villa”, hasta los hallazgos de tesoros y enfrentamientos con seres espectrales.

La Camelia fue otro centro del saber que en una época albergó, entre otros, a un nutrido grupo de profesores normalistas. Se dice que en sus mejores épocas logró tal prestigio que casi requería de previa reservación, y se afamaba a su propietario Victoriano Antillón, porque, no obstante atender a decenas de clientes, nunca apuntaba las cuentas, memorizaba cada gasto individual y a la hora del cobro, lo hacía con exactitud pitagórica envidiable.

Esté mínimo recuento de cantinas es solo muestra de un universo de bares que se distribuía por toda la ciudad albergando a miles de hombres prestos a contar sus penas al cantinero y a quien se dejara. Fueron lugares en donde se reía, lloraba, cantaba, se oía música y en no pocas ocasiones surgían diferencias que se trataban con violencia llegando en la mayoría de los casos a narices rotas, pero también a homicidios diversos. Con todo, no puede negarse que también fueron un refugio para huir del tedio y el aburrimiento cotidiano y desde la práctica del albur, el juego del domino, las cartas, los dados y el billar, los asistentes olvidaban un rato opresiones laborales y sociales por lo que con frecuencia se oía el grito: “Échenme otra, aunque la familia sufra”.

El tiempo pasó y a finales de siglo pasado se legisló para que los bares abrieran sus puertas a las mujeres con lo cual los “clubs de Tobi” entraron en crisis y sobrevinieron otros cambios como la supresión de cuadros con mujeres desnudas, gestión diferente de los sanitarios y la sana costumbre de que en la medida en que se bebía llegaban las botanas gratis, prácticamente desapareció.

Con todo en cantinas como: Las Acacias, El Sol, La Fragata, El Foco Verde, El Club Verde, El Coco, La Cabaña, El sur de la Frontera, El Tres Piedras, Los Tres García y muchos más, aun se escucha por las madrugadas gritos que reclaman su espacio: “Para todo mal mezcal y para todo bien también”,

“Vino vinito sagrado tormento, que haces afuera,¡ vamos pa dentro!”, o, “Dios mío, si anoche te ofendí bebiendo, en la cruda me sales bebiendo”, o “agua de las verdes matas, tú me pierdes, tú me matas y me haces andar a gatas”.