miércoles, abril 24, 2024

Cultura

Las misteriosas razones por las que Isabel II se negó a visitar la tumbra de Felipe II en el Escorial

Isabel II siempre guardó un especial cariño hacia el Rey Juan Carlos, al que no solo agradecía que hubiera logrado traer de vuelta la monarquía española a la constelación declinante de coronas que formaban y forman Europa, sino que le apreciaba como un entrañable familiar más.

A pesar de la hostilidad histórica entre España e Inglaterra en los pasados siglos, el parentesco entre las ambas casas reales no dejó de estrecharse con el paso del tiempo. Tanto Doña Sofía como Don Juan Carlos compartían ancestros con Isabel II y su marido Felipe de Edimburgo. Solo fue cuestión de tiempo que esos lazos se materializaran en un viaje histórico a España, donde todos los pleitos del pasado quedaron muertos y enterrados.

Después de que Don Juan Carlos y Doña Sofía viajaran oficialmente a Reino Unido en 1986, la Reina Isabel devolvió la cortesía dos años después, convirtiéndose en la primera monarca de este país en pisar suelo español en misión de Estado. El entonces Príncipe de Asturias, hoy Felipe VI, fue el encargado de esperar a la pareja real en el aeropuerto de Barajas para acompañarlos al palacio de El Pardo, donde, junto a los soberanos de España, recibieron honores de ordenanza antes de almorzar en la Zarzuela. No obstante, fue la visita a otro palacio aún más emblemático el que marcó la visita oficial.

Camino de El Escorial

El 19 de octubre, Isabel II y su marido visitaron el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, «sueño hecho piedra de Felipe II, el Monarca español que fue Rey de Inglaterra entre julio de 1554 y noviembre de 1558, y que emprendió posteriormente la fallida empresa de la conquista de aquella nación, con la más poderosa escuadra que habían visto los siglos, destrozada, según han reconocido los historiadores británicos en este año de su IV centenario, por las tempestades», como enunció el diario ABC en su edición de ese día, que junto a un editorial, una Tercera de Antonio Muñoz Molina y un reportaje gráfico incluyó una crónica escrita por Santiago Castelo a pie de monasterio.

«Impresiona escribirlo, pero así fue. Han sido necesarios muchos siglos -¡en el fondo, Señor, qué breve es el tiempo a la luz de la Historia!- para que una Reina de Inglaterra pisara el suelo de El Escorial y se detuviera ante la cama en la que murió el Rey Felipe, aquel que lo fue brevemente de Inglaterra y, luego, cruelmente tratado por unos y por otros. Que así de amarga y desagradecida suele ser también la Historia…». El emblemático periodista de ABC reparó en la gran importancia de una cita que cerraba viejas heridas con el Rey español más odiado en la historia de las islas y, al mismo tiempo, el único que fue consorte allí.

La Soberana británica recorrió las dependencias y admiró los tesoros del monasterio, acompañada por el remoto descendiente de Felipe II, el Rey Juan Carlos I. Se acercó al lugar de la basílica donde rezaba el Rey imperial cuando recibió la noticia de la pérdida de la Armada Invencible, se detuvo ante los grupos escultóricos que modeló Pompeyo Leoni con la Familia Real y en las Salas Capitulares adornados con lienzos de Tiziano, El Greco, Zurbarán y Murillo, así como a la real biblioteca, la más completa de su tiempo. Sin embargo, la Reina se negó a bajar al Panteón dé Reyes donde están los féretros de los grandes Reyes de España, entre ellos los restos del Rey Prudente… «¿Es que todavía quedan abiertos y en el aire los fantasmas del pasado? […] Sin temor a los elementos una página nueva se estaba escribiendo en los viejos libros de la Historia. Aunque Isabel II no quisiera conocer la tumba del Rey Felipe», se preguntaba Castelo en su artículo.

Un símbolo

Fuera por fobia a las tumbas o por constatar que Inglaterra olvidaba pero no perdonaba, Isabel no quiso poner la guinda a la reconciliación simbólica entre ambos países con un homenaje frente a el ataúd del Rey Prudente, conocido en la propaganda anglosajona como «el Demonio del sur». La historiografía había dado por esas fechas, con John Elliott y Geoffrey Parker a la cabeza, por concluidas las hostilidades británicas contra el que fuera su rey consorte, pero tal vez no el orgullo nacional inglés. Las mejores obras sobre el Rey estaban siendo publicadas por hispanistas, aunque su imagen popular no terminara de desligarse ni en España ni en las Islas de la Leyenda Negra. En la Tercera de ABC, el escritor y académico Muñoz Molina celebró que «está bien que ahora se cierre la simetría del tiempo, que una cita postergada durante cuatrocientos años adquiera la culminación de un símbolo. Desde sus dos retratos, como en dos espejos enfrentados, Felipe II e Isabel de Inglaterra siguen mirándose con la fijeza del recelo, semejantes y firmes, definitivamente aliados por la soledad y la lejanía de la muerte».

Ese mismo día, la británica recibió la medalla de oro de la Universidad Complutense e inauguró una exposición en el museo municipal dedicada a la presencia en España del general Duque de Wellington. Tras sus compromisos en Madrid, la Reina se marchó a Sevilla y Barcelona.