domingo, junio 23, 2024

Francisco Flores Legarda, Opinión

¿Necesitamos un nuevo vengador? 

“No sé lo que es el amor, pero estoy feliz de tu existencia”. Jodorowsky 

Sobre Pancho Villa (1894-1923) se ha generado un sinfín de materiales, pero faltaba «poner en orden su historia, despejar las nieblas que él mismo y los vencedores de la Revolución Mexicana habían arrojado sobre el personaje», ha comentado Paco Ignacio Taibo II, uno de los principales biografos de Doroteo Arango. 

Villa fue clave en el movimiento revolucionario en el norte del país que puso fin a las tres décadas que duró la dictadura de Porfirio Díaz. Su pasado como bandolero y cercanía con los más pobres se tradujeron en espontáneos y numerosísimos ejércitos a sus órdenes. Artífice de la única invasión que ha registrado el territorio estadounidense (1916), Villa ha sido objeto de innumerables leyendas, y en la mayoría de ellas ha sido dibujado como un hombre sangriento, que disfrutaba de fusilar a sus prisioneros, mujeriego y violador. Su nombre se hizo tan famoso desde los albores del siglo XIX que todos los robos de trenes, asaltos y ejecuciones en el norte de México de esa época eran atribuidos a Villa. «Ya llegó su amansador/Pancho Villa el guerrillero/¡pa’ sacarlos de Torreón!/y quitarles hasta el cuero (la piel)!», decía uno de los corridos de esos años. 

En efecto, procreó a al menos veintitres hijos, productos de muchos matrimonios, pero fue «rara la vez que tuvo dos relaciones al mismo tiempo», sostiene el escritor mexicano de origen español tras revisar cientos de materiales históricos. «El Villa violento y sangriento también es puro cuento; hay que recordar que en esa época predominaba un ambiente de extremada violencia» en el que fusilar a los prisioneros era una «práctica habitual», añade. 

Durante los años previos a su incursión en el movimiento revolucionario, cuando rondaba los 16 años, Villa alternó sus actividades como ladrón de ganado o asaltante de caminos, con actividades como minero, albañil, carnicero. Era, en suma, un «bandolero que de repente encontró su salvación en la Revolución Mexicana». Un hombre que «urge que regrese a esta sociedad nuestra en la que continuamente el mexicano apela a sus referentes históricos como una manera de fortalecerse», concluye el fundador del género neopolicial en América Latina. «Villa es la figura del vengador de los agravios, el vengador de los pobres agraviados», subrayó el escritor. 

Pancho Villa nació con el nombre de Doroteo Arango el 5 de junio de 1876 en San Juan del Río, Durango. De origen muy humilde, era hijo de peones analfabetos y él tampoco fue nunca a la escuela. 

Pancho Villa era el nombre de un compañero suyo, de su amigo más querido. Cuando los guardias rurales lo mataron, Doroteo Arango tomó su nombre y se lo apropió para rescatarlo del olvido para siempre. 

Su vida guerrillera se inició muy pronto, cuando era un muchacho de dieciséis años que repartía leche en las calles de Chihuahua y mató a un funcionario del gobierno que había violado a su hermana. 

Eso, en sí, no lo hubiera puesto fuera de la ley por mucho tiempo en México, donde la vida humana valía tan poco; pero, ya fugitivo, cometió el «imperdonable» crimen de robar ganado a los hacendados. Desde entonces el gobierno mexicano puso precio a su cabeza. Se echó al monte y, proscrito durante veintidós años, estuvo huyendo de las tropas federales enviadas en su persecución. Ejecutó a muchos latifundistas indeseables, pero el primero fue su propio patrón. Entró en la leyenda popular. Su nombre se hizo tan famoso que todos los robos de trenes, asaltos y ejecuciones en el norte de México eran atribuidos a Villa. Creció un inmenso acervo de historias populares entre los peones de las haciendas en torno a su nombre. Muchas canciones y corridos celebran aún hoy sus hazañas, cantadas por los pastores, al calor de sus hogueras, por la noche, en las montañas, que son la reproducción de las coplas heredadas de sus padres o que otros compusieron. 

Se cuenta la historia de cómo Villa, enfurecido al conocer la miseria de los peones en la hacienda de Los Alamos, reclutó una pequeña partida y cayó sobre la mansión de los patronos, saqueándola y distribuyendo los frutos expropiados entre los pobres. Arreó millares de cabezas de ganado desde Terrazas y cruzó con ellas la frontera. Asaltaba una mina y se apoderaba del oro o plata en barras. Cuando necesitaba maíz, expropiaba el granero de algún latifundista. Reclutaba a sus hombres abiertamente en ranchos alejados de los caminos y ferrocarriles más transitados, organizándolos en las montañas. 

Muchos de los soldados de la revolución pertenecieron a su guerrilla, y varios de los generales constitucionalistas, como Urbina. Sus dominios iban desde el sur de Chihuahua al norte de Durango; pero se extendían hasta Coahuila, cruzando la República, hasta el estado de Sinaloa. 

Era conocido en todas partes como El amigo de los pobres. Durante las épocas de miseria alimentaba a regiones enteras y se hacía cargo de la gente desalojada de sus poblados por las tropas federales.  

Vivimos épocas de ansias de poder, corcholatas, frente opositor, gelatinas, tamales, mañaneras, empresarios que no dejan de hacerse ricos, gobernantes que millones de pesos, con combierten en dolares, pobres, estudiantes sin escuelas, hambre anscestral, mujeres violentadas, niños maltratados, abuelos sin mas esperanza que un dinero del gobierno, juzgadores ineptos y prepotentes, fiscales de justicia corruptos, religiosos que no dan amor a las almas de los creyentes y no creyentes, profesores indefensos ante sus directivos y sindicatos inservibles, tristeza, y no termino. En algo si creo tendremos nuestro Villa y no el  que aparece en los documentos oficiales. Villa no es del gobierno, es del pueblo. Así sea. 

Salud y larga vida. 

Profesor por Oposición de la Facultad de Derecho de la UACH. 

@profesorf