Compromiso Ciudadano se alude a la realización de actividades propias, ineludibles de aquello en lo que uno se ha involucrado; por ejemplo, el médico tiene el compromiso de contribuir al bienestar de la salud de las personas, al docente le corresponde generar aprendizajes en sus estudiantes, al contador tener al corriente la contabilidad de su cliente.
Lo que nos interesa destacar del compromiso es su valoración como la realización eficaz y oportuna de aquello a lo que uno está obligado por ser persona, por ser la persona que se es, por la actividad en la que uno se desempeña, por los contratos asumidos, por las promesas ofrecidas.
Es decir, el compromiso social es una cualidad ética cuando se lleva a cabo con esmero, con pasión, con dedicación.
A diferencia de aquellas actividades que no alcanzan la dimensión ética: como realizar actividades sólo por cumplir, por quedar bien, por sentirse obligado o por hacerlo sin el propio consentimiento.
Pero ¿de quién es la tarea de formarnos en la actitud y en el proceder responsable y comprometido? ¿De la familia? ¿De la Institución religiosa? ¿Del Estado? ¿De la Institución Educativa? ¿De la ciudadanía o sociedad civil?
Una respuesta simplista se aventuraría a decir que es competencia de uno o de otro; una alternativa compleja asumiría que es tarea de todos y de todas, pero ¿qué significa esta asunción en términos de responsabilidad y compromiso social?
Nosotros pensamos que el Estado, a través de sus distintas Instituciones y Programas ha de propiciar las condiciones para que la ciudadanía proceda con responsabilidad y compromiso social, y no precisamente porque sólo se ocupe de acatar las leyes, sino por la convicción de hacer que prevalezca la justicia.
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