jueves, mayo 30, 2024

Benito Abraham Orozco, Opinión

Vivir la Navidad 

Pretendiendo abordar el tema de las fiestas decembrinas, especialmente el nacimiento del niño Jesús, y recordando una colaboración del mes de diciembre del año 2012 “Espíritu navideño”, que definitivamente no ha perdido vigencia —y creo ni la perderá—, con el permiso de este prestigiado medio y de usted, amable lector, a continuación me permitiré replicarla. 

Tradicionalmente en esta época del año, nos reunimos en familia el día 24 de diciembre por la noche para convivir alrededor de ricos platillos y bebidas, expresándonos buenos deseos y afecto mediante cálidos abrazos. Muchos con la expectativa de recibir algún regalo, sobre todo los pequeñines, que impacientes esperan la llegada de Santa Claus para que les deje un juguete previamente solicitado en una carta. 

El ambiente propicio para la ocasión, entre otras cosas lo provee un árbol de navidad adornado con luces y esferas multicolores, así como diversas figuras colocadas en puntos estratégicos de las casas, que representan a personajes identificados con la propia temporada. También hay quienes procuran poner un “nacimiento”, que generalmente viene a ser un adorno más. 

Toda la preparación anterior, requiere de mucho trabajo y esmero para poder ofrecer a los invitados unas agradables horas de convivencia y dejarles un buen sabor de boca para el próximo año. La convivencia mencionada, cuando es sana, indiscutiblemente fomenta la unión familiar, pues después del distanciamiento que nos impone el diario trajinar, permite que los seres queridos volvamos a vernos con un ánimo afectuoso. 

No obstante, la citada reunión familiar resulta gravosa para la mayoría, toda vez que el consumismo no puede faltar en estas fiestas decembrinas, como sucede con las suntuosas peticiones de muchos niños que son complacidas por sus padres, a pesar de que tengan que endeudarse o dejar de cubrir algunos gastos prioritarios. Lo importante es brindarles a los hijos “lo mejor”. 

Sin embargo, si consideráramos el origen de estas festividades, seguramente dejaríamos de gastar grandes cantidades de dinero y de energía eléctrica, pues conforme pasan los años, parece ser que implícitamente nos hemos propuesto competir por quién tiene su casa más iluminada, sin interesarnos lo elevado que nos llegue el recibo de la “luz”. Tampoco se ingerirían cantidades exorbitantes de bebidas “espirituosas”. 

Definitivamente debemos reencontrar el verdadero sentido de esta época que, si bien tiene que ver con una preparación y celebración, no es en los términos referidos. Es tiempo de meditar sobre la forma en cómo hemos llevado nuestra vida y proponernos rectificar en lo que sea necesario, pero con una verdadera disposición de cambio. Es la oportunidad de ofrecer una mejor vida para nosotros mismos y para quienes nos rodean, independientemente de la condición de fe que se tenga, pues ante la pérdida de valores que estamos padeciendo, a nadie perjudica y, por el contrario, beneficia un crecimiento espiritual y/o axiológico.  

Esa carencia de valores ha orillado a la sociedad a buscar e inventar nuevos ídolos, que en general no nos aportan un ejemplo positivo. Nos absorben con sus escándalos o vida personal, al grado de alegrarnos o angustiarnos con lo que les pueda suceder, imponiendo voluntaria o involuntariamente a niños, adolescentes y jóvenes –y también a uno que otro adulto inmaduro-, su estilo de vida disipada. Esos ídolos provienen principalmente del medio artístico y muchos son personas proclives a depravaciones que, si no son aceptadas, si son toleradas o soslayadas por un sinnúmero de padres de familia, profesores, autoridades, medios de comunicación, etc.    

En contraste, quien nos ha brindado su vida virtuosa y nos motiva a tener esperanza de un mundo mejor, es precisamente quien cuya existencia ha sido objeto de cuestionamientos que, lo único que han provocado, es que alguien pierda la oportunidad de creer en Él. Es común decir que es bueno creer en algo, pero para los detractores de Dios y de Jesucristo, les resulta intolerante considerar su existencia y la fe de sus seguidores. ¿Por qué mejor no se preocupan por desaparecer esas idolatrías negativas y dejan que prolifere el ejemplo positivo de Jesús? 

Debemos hacer conciencia de que la creencia en Dios y en su hijo Jesús, sin caer en fanatismo, aporta otro sentido y futuro a nuestras vidas y a la sociedad en su conjunto, favoreciendo la consecución de la paz y armonía colectiva tan ansiadas por todos. 

Dejando de lado lo meramente material y fútil, preparémonos para celebrar el nacimiento del niño Jesús.