jueves, julio 18, 2024

Benito Abraham Orozco, Buzón

¿Y si mejor seguimos el ejemplo de Jesús?

Existen un sinfín de muestras respecto de cómo los seres humanos tendemos a idolatrar a otras personas, pero en muchos casos ni por equivocación cedemos un ápice de voluntad para reconocer la existencia y las bondades de Dios y de su hijo Jesús.

Defendemos a capa y espada a políticos, artistas, músicos, cantantes, “influencers”, etc., y asumimos como verdadero y como correcto todo lo que dicen y hacen, y ni dudamos en seguirlos para apoyar o para atacar a alguien más. Una gran parte de ellos dista ampliamente de tener la solvencia moral para ser un ejemplo a seguir, pero nos resulta cómodo subirnos a un barco en favor o en contra de determinada corriente, sólo para no desencajar socialmente. Tenemos pavor a ser auténticos, a exponernos a hacer el ridículo ante una sociedad que todo lo juzga.

Somos intolerantes e irrespetuosos ante cualquier forma de pensar o de ser diferente a la mayoría, indignándonos porque nos creemos perfectos o mejores a todos los demás. Hasta invocamos cuestiones de carácter religioso para justificar nuestro mezquino proceder, ignorando consciente o inconscientemente el ejemplo que nos dejó Jesús.

Pero ¿qué pudiéramos perder si en lugar de andar buscando inspiración para nuestra vida en personas o cosas que no valen la pena, mejor ponemos atención y emulamos el actuar de Jesús? Lo que ganaríamos sería de un valor incalculable.

En la carta a Jesús titulada “Jesús: mi modelo”, escrita por el P. Domingo Vázquez, C. Ss. R., y publicada en Catholic.net, se nos brinda a los ojos de su autor algunas maneras de cómo pudiéramos seguir los pasos de Jesús y las bondades que ello traería, tanto para nosotros como para quienes nos rodean, por lo que me permitiré transmitir a continuación algunas de sus partes:

“… Aquí estoy Señor, dispuesto a seguirte, para ir a anunciarte a otros (Jn 1,40). Dame la fuerza necesaria para poder proclamar tu Buena Noticia a los pobres, como Tú dijiste de Ti mismo (Lc 4, 18).

“Dame la oportunidad de tener tu pensamiento (1 Cor 2, 16). Dame la gracia de sentir con tus sentimientos (Rom 15,3), de actuar con los sentimientos de tu corazón, para amar como Tú amas al Padre (Jn 14,31) y así como nos amas a cada uno de nosotros, hasta el extremo (Jn 13,1).

“Nadie más ha tenido mayor amor que Tú. Tú mismo dijiste: ‘No hay amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos‘ (Jn 15, 13) y Tu diste la vida por tus amigos, muriendo en una cruz (Fil 2,8). Dame las fuerzas necesarias para entregar mi vida, en el día a día (Lc 9,23), actuando en lo posible, con tu misma disposición, tomando la condición de servidor (Fil 2,7). No haciendo las cosas para recibir alabanzas o por vanagloria, porque esto no me serviría de nada (1 Cor 13,3), sino estimando y tratando a los demás como superiores a mí (Fil 2,3-4).

“Enséñame el modo de tratar a los amigos, como Tú trataste a los discípulos, yo quiero tratar a mis amigos con la delicadeza que Tú trataste a los tuyos (Jn 21,14-15), por ejemplo: preparándoles comida en el lago de Tiberíades (Jn 21,9-13) o lavándoles los pies (Jn 13,4.5). Enséñame a amar, para poder poner en práctica tu mandamiento sobre el amor (Jn 15,17), porque si yo no tengo amor, nada soy (cfr. 1 Cor 13). Yo quiero estar afianzado en el amor (Col 2,2).

“En el trato con los demás quiero estar lleno de bondad y amor y deseos de servirles siempre (Mc 10,43), siguiendo tu ejemplo, que viniste para servir (Mt 20,28). Quiero ser atento y acogedor con los demás (Rom 15,7; Lc 9,10).

“Permíteme un amplio conocimiento sobre la vida humana, para que mis prédicas, mis discursos y mis escritos estén al alcance de los humildes y sencillos, aquellos que Tú tanto amas. Dame esa vida abundante que Tú viniste a traer (Jn 10, 10) y dame la gracia para yo poderla compartir con los demás.

“Que yo pueda ser como Tú, que vas sembrando amistad con todos (Jn 15,15), especialmente con tus amigos predilectos (Jn 13,23) o aquella familia de Betania (Lázaro, Marta y María) que Tu querías mucho (Jn 11,5) y llenando de alegría con tu presencia una fiesta familiar (Jn 2, 1-11).

“Te pido, Señor Jesús, que me enseñes a mirar con cariño y ternura, como Tú miraste a Pedro cuando lo llamaste (Jn 1,42; Mt 16,18; Mc 1,17) o para levantarlo (Lc 22,61) o la mirada que le diste al joven rico, aquel que no quiso seguirte (Mc 21,10) o como levantaste los ojos para fijarte compasivamente en aquella muchedumbre que venía hacia Ti (Mc 3,34; 5,31; 10,23; 6,34; Mt 14,14; Jn 6,5). También enojado y con ira cuando miras a los insinceros (Mc 3,5) o cuando pronunciaste las maldiciones sobre los ricos, los poderosos y los satisfechos (Lc 6,24-26). Quiero aprender de Ti, siguiendo tu ejemplo, de total entrega de amor al Padre y a los seres humanos, especialmente a los pobres, sintiéndome puesto contigo, cerca de Ti y enviado por Ti (Mc 3,1).

“…Te estoy pidiendo mucho, no te me vayas a cansar, esta es la última petición, enséñame a dar gratuitamente aquello que gratuitamente yo he recibido (Mt 10,8)”.

De lo anterior, se desprende claramente una vida de amor, de humildad, de misericordia, de consideración absoluta hacia los demás, etc., que si cada individuo siguiera el ejemplo que nos dejó Jesús, muy seguramente no existirían esa tremenda polarización entre “fifís” y “chairos”, la guerra Rusia-Ucrania (entre otras igual o peor de indignantes), la corrupción en los gobiernos, los asesinatos a diestra y siniestra, etc.

En esta Semana Santa en que se conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, hagamos un honesto ejercicio de reflexión de cómo es nuestra relación con los demás, y rectifiquemos lo que haya lugar para emular su vida. Confiemos con toda seguridad: ¡Nada que perder, y mucho que ganar!