viernes, julio 01, 2022

Benito Abraham Orozco, Buzón

Alarmante maltratado infantil

Diversos aspectos pueden afectar la buena crianza de un infante, pero la carencia de un entorno afectivo, principalmente del familiar, es algo que marcará significativamente y de por vida a cualquier persona.

Una niña o un niño pueden encontrarse privados de múltiples satisfactores materiales, pero si en su desarrollo cuentan con el acompañamiento cariñoso y de cuidado de sus padres, de un ambiente familiar adecuado, entonces muy seguramente podrán disfrutar de un futuro esperanzador, de una autoestima que les permitirá abrirse un camino de bienestar y de buenas relaciones con las demás personas.

Por el contrario, teniendo cuanto lujo les puedan brindar sus padres, si estos se desligan de la atención y del amor que deben procurarles a sus hijos, muy seguramente tendremos niñas y niños resentidos, que irán por la vida dando tumbos en lo personal y en su interactuar con quienes les rodeen. Con lujos o sin ellos, la dedicación responsable de los padres hacia los hijos es clave para evitar cualquier tipo de maltrato.

No obstante, si bien es cierto que el ámbito familiar es fundamental en la formación de toda persona, también existen diferentes cuestiones que inciden en el bienestar de los pequeños, y que se encuentran fuera de cualquier hogar.

Según una publicación de Aldeas Infantiles SOS México, “el maltrato hacia niñas, niños, adolescentes y jóvenes, adopta diversas formas: violencia física, psicológica, abuso sexual, explotación laboral y sexual, desatención o negligencia, y puede ser propiciada por parte de las personas encargadas del cuidado, instituciones o comunidades. Esta situación pone en peligro su desarrollo, dañando su integridad, su salud, estabilidad emocional e inclusive su supervivencia” (“El maltrato infantil, agravado por la pandemia de Covid-19, es un desafío”, consultado en https://www.aldeasinfantiles.org.mx/noticias/abogacia/el-maltrato-infantil).

En el documento mencionado, se refiere que cada año más de seis millones de niñas y niños sufren abuso severo en los países de América Latina y el Caribe, y que más de 80 mil mueren a causa de la violencia doméstica, habiendo aumentado con la pandemia del Coronavirus —COVID19— y sus condiciones de confinamiento, la vulnerabilidad a la violencia y el malestar psicosocial en la niñez, adolescencia y juventud.

Asimismo, se señala que con relación al maltrato infantil, antes de este periodo [la pandemia], “los datos ya eran alarmantes, ya que dos de cada tres niñas, niños y adolescentes menores de 15 años experimentaban algún tipo de disciplina violenta en el hogar (psicológica y física) y uno de cada dos era sometido a castigo corporal en su propia casa”.

Las cifras anteriores definitivamente resultan alarmantes, principalmente si tomamos en cuenta que el combate al maltrato infantil establecido en normas internacionales y nacionales no es algo nuevo (por ejemplo, la Declaración de los Derechos del Niño de 1959, la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989, entre otras), y es aquí donde debemos cuestionarnos qué es lo que se está haciendo mal, o qué es lo que no se está haciendo. Lo cierto es que, gobiernos y sociedad, somos corresponsables de ese lamentable maltrato que sigue sufriendo la niñez y la adolescencia.

Pudiéramos tratar de encontrar respuestas en la crisis económica, en los programas violentos que se ven en la televisión, en las canciones denigrantes que se escuchan en la radio, en la violencia imparable que se vive en diferentes zonas del país y del mundo, en la pérdida de valores a cambio de individualismos y de querer vivir sólo el momento de la mejor manera, etc.

Si miramos a nuestro alrededor, encontraremos un sinnúmero de niñas y niños que están siendo explotados por sus padres y por otras personas en las calles, en los campos agrícolas, en talleres, entre otros lugares, y a pequeños migrantes que están viajando solos o acompañados en paupérrimas condiciones, sometidos al maltrato de los “coyotes” y de cuanta gente se topan en su desafortunado transitar. Pero qué podemos encontrar como algo positivo que se esté haciendo en ese oscuro panorama, para evitar tales ultrajes. Seguramente poco o nada.

Recuerdo en un mensaje pronunciado hace algunos lustros por un funcionario de UNICEF en el que, palabras más, palabras menos, manifestaba que si los adultos fuéramos quienes sufrimos los maltratos que padecen los niños, entonces se haría una gran revolución en todo el mundo. Indiscutible verdad.

¿Cómo ponernos en los zapatos de un niño que es agredido por sus padres? ¿Qué sentirá y cómo quedará marcado de por vida un pequeño o una pequeña que han sido abusados sexualmente por papá, tíos o abuelos? ¿Cómo quedamos como sociedad cuando vemos que un niño es abandonado por contar con una discapacidad? Situaciones existen muchas, pero acciones para evitarlas tal parece que son nulas.

Urge una solución inmediata, pues resulta inconcebible que millones de niñas y niños sigan siendo objeto de maltrato en todo el orbe.