22 mayo, 2022

El Devenir

Periodismo con compromiso social

Carta abierta a Fernando Baeza Meléndez

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Opinión.

Me enteré que ha recibido en su tierra la Medalla al Mérito Ciudadano 2022. El acontecimiento me despertó perplejidades, me recordó historias e interrogantes. Algo de esto quiero compartirle empleando este género epistolar abierto, porque hacerlo estrictamente privado creo que al menos tendría algún significado para mí.

Empezaré recordando una vieja conversación cuando usted era titular del Ejecutivo chihuahuense. No sé si lo recuerda, es difícil, pero usted me expresó entonces que a los chihuahuenses se les desbaratan los propósitos entre las manos cual si fueran puños de fina arena. Como toda frase, en su generalidad, tiene parte de certeza y otra de simple sugerencia metafórica. Para mí el recuerdo tiene pertinencia por las historias concretas que se han vivido en nuestra tierra y que sólo en apariencia son historia, si por tal entendiéramos que es un pasado que ya no gravita sobre nosotros. Como podrá entender, descreo de esa visión del pasado. 

Lo veo en su praxis fundamental, y lo digo con rigor, como un hombre que surgió de las entrañas del poder autoritario, que supo navegar con destreza en ese ámbito y que cuando chocó con el dilema de pertenencia a la clase política o a la ciudadanía, no dudó en decantar sus preferencias por lo primero, con todo lo que esto significa en términos de disección o divorcio de lo que en los tiempos a que me refiero significaba sociedad o pueblo, frente a un estado con características profundamente hegemónicas, como las que vivió el país de 1929 a finales del siglo pasado, y más tratándose de Chihuahua, bastión y reserva de la derrota villista.

Ciertamente tengo registro de cierta vocación democristiana en su etapa juvenil y de estudiante. Eso, con un acendrado catolicismo troquelado en el México tradicional, lo define en mi percepción. Pero más vivo resulta el recuerdo del inicio de su carrera dentro del PRI, primero en el ámbito municipal y después al lado del gobernador Óscar Flores Sánchez, al que acompañó posteriormente en la Procuraduría General de la República y prácticamente hasta la muerte del exgobernador, como es muy sabido.

Aunque su trayectoria no fue parlamentaria, su estancia en el Senado le abonó una experiencia seguramente abundante, escaño que logró por una decisión intrapartidaria, de esas que no se labran precisamente estando codo con codo con los ciudadanos. 

Pero toda esta historia palidece, me cuesta decirlo, deslindando la satrapía que padecimos los universitarios en la época de Óscar Flores.

Realmente hay un tiempo que marcó a Chihuahua y que aún se le recuerda para dirimir quién ha estado en su carrera política con los ciudadanos y quién desde el poder. Es el ciclo político partidario electoral que inició en 1983, tuvo su cenit local en 1986 y su expresión criminal en 1988, inicio de la usurpación de Carlos Salinas. En aquellos años un mundo era el de la sociedad y otro el del Estado, un mundo era el de los ciudadanos y otro el de los poderosos, esa casta autoritaria que le negó al pueblo acceder al poder mediante el ejercicio del voto. Eran los tiempos en los que el mito unificador servía para todo, y hacer fraudes en su nombre, la actitud contumaz del partido en el que hasta hoy milita.

Cuando usted expresó cierta reticencia a recibir la presea de manos de la gobernadora  panista Maru Campos dio a entender que tenía un dejo de culto a la personalidad. Pero entendámoslo: el PAN no tiene héroes –hay uno como Carlos Chavira Becerra que lo tienen guardado en el cuarto de los trebejos– y necesita vivir de prestado, y vaya si usted les hace el favor. Se trata de aparentar que Chihuahua ha vivido al menos cuatro décadas en un error, que ahora se subsana no con la validez de la elección que un día le entregó el Congreso del Estado en el turbulento 1986, sino con una medalla dorada donde se le reconoce un abstracto mérito ciudadano. 

Créame que si le hubieran entregado una presea como hombre del poder, también lo cuestionaría; pero sin duda le diría que el mérito, más allá de toda axiología, es real, y le recuerdo que sólo hay algo más fuerte que la mentira, y eso es la verdad. Conjeturo que la escuela del poder de los católicos –usted lo es, Maru lo es– se finca en lo que Mazzarino recomendaba como el arte de simular y de disimular: Yo te reconozco y tu me reconoces, porque en esencia somos lo mismo

El mejor homenaje que usted pudo haberle hecho a Chihuahua es haber declinado a la gubernatura en 1986, como lo hizo un hombre de valía con el municipio de Chihuahua, mi amigo priista Luis Fuentes Molinar. Pero ahora lo que se está intentando es aparentar un arbitraje de la historia que consideran útil para todos, de unidad escenográfica, cuando en realidad lo es, lo sigue siendo, para una clase política empoderada. Este arbitraje inició cuando usted cerró filas como priista en favor de María Eugenia Campos Galván y cuando esta depositó sobre su cuello la medalla a un mérito del todo inexistente, en su caso, como hombre de poder que ha sido. 

Uno se pregunta quién tenía necesidad de este montaje: Fernando Baeza o Maru Campos. Y mi respuesta es puntual: ambos. 

Quisiera recordar escenas de las Francia que vivió Balzac, que criticó profundamente en medio de una sociedad capitalista, a veces creo que sin preocuparse mucho de esto último, pero ahí están sus páginas. En este sistema al que posee le será dado, porque en este mundillo valen mucho las apariencias y los poderosos –el que recibe el premio y el que lo otorga– necesitan dar a entender que hoy poseen mucho, porque están prestos a recibir más, y al precio que sea. No doy como mías estas palabras, sino, cambiando lo que haya qué cambiar, las tomo de un extraordinario biógrafo del gran escritor galo.

Quizá es mucho pedir que no tome a mal estas palabras, ya ve que los propósitos se desvanecen como arena entre las manos; son lecciones que nos dejan el haber vivido en común en este árido desierto. Sólo me resta repetir lo que leí en torno a ciertas misivas: “Lamento que esta carta sea tan larga, no tenía tiempo de hacerla más corta”.

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