domingo, agosto 14, 2022

Benito Abraham Orozco, Buzón

Como la democracia, la libertad de expresión no existe

En nuestro país, como en muchos otros, jactarse de ser demócrata, o de que en todo el territorio nacional, estados y/o municipios se está viviendo la democracia, resulta por demás pretencioso. En esta época, hablar de democracia, es referirse prácticamente a una utopía o a una quimera.

La democracia conlleva la observancia de diferentes derechos, principios y valores, sin los cuales —o simplemente sin alguno de ellos—, ya no es tal. Entre otros, se encuentra la igualdad ante la ley, libertad de trabajo, libertad de expresión, libertad de imprenta, libertad de tránsito, derecho a la alimentación, representación política, justicia, solidaridad, tolerancia, legalidad, igualdad, honestidad, etc. ¿Cuál de ellos se observa cabalmente?

En la doctrina podemos encontrar diversos conceptos de democracia, pero para tener un comparativo entre el marco constitucional y legal de nuestro país, con la realidad que vive la sociedad mexicana, es importante aludir a lo que se establece de la democracia en el artículo 3º de la CPEUM, al considerarla “…no solamente como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”.

Sin embargo, difícilmente podremos decir que se ha alcanzado —o que se alcanzará— esa visión constitucional de la democracia, cuando en México: la pobreza no cesa y los partidos políticos siguen asignándose jugosas partidas del dinero del pueblo; hay carencia significativa de vivienda; el sistema de salud es altamente deficiente;  no existen salarios dignos como lo dispone el artículo 123 constitucional; la inseguridad va en aumento, sobrepasando la delincuencia a la federación, estados y municipios (aunque lo nieguen las autoridades); el desempleo no deja de afectar a millones de familias; los privilegios y la corrupción en el sector público continúan; prevalece una justicia selectiva; las desventajas laborales continúan enquistadas en el marco jurídico y en la práctica (la no estabilidad en el empleo sigue siendo una mentada de madre para muchos trabajadores, además de existir diversos sectores impedidos para formar sindicatos, y la edad adulta sigue siendo un impedimento para conseguir empleo digno); la discriminación por diferentes motivos continúa ejerciéndose y siendo promovida, etc. Lo anterior, entre muchísimas otras circunstancias más, que cada día nos siguen alejando de la posibilidad de contar con un régimen democrático.

Pero algo muy significativo, cuya observancia no implica algún costo material o económico y que, por ende, debería reconocerse y respetarse sin más, es el derecho a la libertad de expresión, cuya violación desafortunadamente sigue afectando a un sinnúmero de periodistas en todo el país. Vergonzoso que en estos tiempos de “grandes avances” en materia de derechos humanos, siga sin garantizarse esa libertad.

Algunas y algunos cobardemente asesinados, y otras y otros auto desterrados para evitar cualquier daño a su integridad personal y familiar. No obstante, la persecución a tan valiosos comunicadores no deriva de alguna parte en especial, sino que proviene de múltiples direcciones, igual del crimen organizado, que de políticos y funcionarios públicos.

Pero más allá de situaciones graves como las anteriores, que muy seguramente han ocurrido por investigaciones que han desenmascarado delitos de gran trascendencia social (o tendientes a ese propósito), existen circunstancias que para muchas personas les ha exigido limitarse en lo que opinan y/o publican, para no verse afectado en lo particular o en lo familiar. Esto es, que el derecho a la libertad para expresarse alcanza a todos los mexicanos, a todo ser humano.

Cuanto líder social no ha tenido que limitarse en sus expresiones, o arriesgarse con ellas, para no ser sujeto de reprimendas de parte de algunas autoridades. Él y su familia han tenido que cargar con la etiqueta de revoltosos y con el rechazo de una parte de la sociedad y de esas autoridades con las que no se es afín, aún y cuando sus posturas sean en favor de causas justas. 

En las escuelas o universidades, quiénes no han padecido persecución de parte de maestros y directivos, por estar expresando su inconformidad ante el manejo dictatorial de la educación. Igual en el ámbito laboral de la administración pública, el manifestarse simpatizante de un partido político que no está en el poder, o en contra del que se encuentra gobernando, hasta el empleo puede costarle, pues hay “jefecillos” y “jefecillas” retrogradas que no admiten que en el servicio público (nótese, es público) haya quienes tengan una ideología política distinta. Ahora sí que “calladito te ves más bonito”, pues puedes quedarte sin empleo y hasta ser acusado injustamente hasta de no se qué. Y si cuentas con familiares que igualmente laboren en alguna instancia pública, dependiendo de lo rabioso que sea ese dizque jefe o jefa, pues de la misma manera pretenderán que esa reprimenda sea lo más amplia posible, aún y cuando los demás ni la deban ni la teman.

En las distintas denominaciones religiosas, también deben cuidarse de sus expresiones a favor o en contra de alguna organización o ideología política, como si Dios tuviera predilección por algún partido político. Otra cosa es que se busque no contradecir su palabra, para lo cual en todo caso habría que estar al pendiente de todas las corrientes políticas y, en su caso, reprochar y hacer las exigencias a que haya lugar. En tal virtud, hay que estar en contra del aborto, pero también de quienes explotan al trabajador y de quienes desde los cargos públicos roban a los gobernados. Hay que estar en contra de quienes hacen falsas promesas al pueblo, y de quienes lo siguen empobreciendo.

Para la repartición de apoyos a campesinos o a la sociedad en general, el haberse manifestado a favor o en contra de algún político o partido, también puede beneficiar o perjudicar.

Ahora bien, con este revoltijo ideológico-político-partidista que como nunca se está viviendo en el país, pues hay que cuidarse todavía más de lo que se expresa, pues ya no se sabe quién obedece a quién, y quien obra de buena o mala fe. Por supuesto que hay muchísimas personas honorables, pero igual hay otras serviles que no dudan en perjudicar a los demás.

En fin, en nuestro México “democrático”, de importantes luchas sociales que se han vivido y sufrido durante décadas, increíble y vergonzosamente seguimos limitando o autolimitando el derecho a la libertad de expresión, sí de quienes dignamente se dedican al periodismo, pero de igual manera de la sociedad en general.