domingo, agosto 14, 2022

Benito Abraham Orozco, Buzón

¿De algo sirvió que fuéramos bautizados?

En la vida, de una u otra manera, vamos perseverando en determinados proyectos, relaciones, actividades, etc., e igualmente vamos dejando de lado algunos otros que, con el tiempo, nos percatamos que valen o valían la pena, y ya se nos hace difícil retomarlos.

Nos privamos de cosas, situaciones, emociones, personas…, que pueden proveernos de aspectos positivos y realmente provechosos, por haber privilegiado cuestiones superfluas y/o de una satisfacción inmediata y temporal (por no decir fugaz).

En asuntos tan fundamentales como seres humanos, como lo es el bautismo, llegamos a desdeñarlo a grado tal que, una vez que se ha celebrado, hay papás o mamás que llegan a decir “hasta que por fin salimos de esta bronca”, y ahora sí, a “festejar como Dios manda”, cuando la fiesta era precisamente cuando se estaba llevando a cabo dicho sacramento. Desde ahí, ya estamos supliendo momentos tan valiosos con alguna convivencia que muy seguramente será vana, frente a ese precioso acto que nos hace nacer de nuevo a la vida de Dios.

Somos fervientes creyentes cuando tenemos algún problema y recurrimos a Dios para que nos ayude, pero cuando ocurren cosas buenas en nuestras vidas o en la de nuestros seres queridos, generalmente no le damos el mérito correspondiente y nos arrogamos como exclusivamente propios esos logros.

 Igualmente, ante el ritmo tan dinámico con que actualmente se está desarrollando la humanidad, hemos estado perdiendo la paciencia y la perseverancia que nos proporciona la fe en Dios, para dispersar nuestra esperanza en alcanzar la pronta y efímera felicidad en idolatrías que no valen la pena. Tener el reconocimiento de los demás, hacernos de cosas materiales o económicas, tener el poder para someter a nuestros semejantes, centrarnos en el bienestar propio, etc., no nos lleva sino a un estado de (in)satisfacción individualista que no nos proporciona una verdadera relación de amor y de afecto con las personas con quienes interactuamos en el día a día. Estamos apostándole a cosas o personas que, muy seguramente en su mayoría, no van a aportarnos lo que necesitamos para vivir plenamente.

¿Qué pasaría en un lugar adecuado, apagamos todos los distractores a nuestro alrededor, y ponemos en nuestra mente el momento en que fuimos bautizados? O en caso de aún no haberlo sido, imaginar que se está siendo bautizado. ¿Quiénes nos estarán acompañando en ese momento? ¿Sólo papá, mamá, los padrinos, el sacerdote y uno que otro familiar? ¿Sería un acto tan humano que nada más las personas anteriores estuvieron presentes? Si cuando cada uno, o los seres queridos, tenemos alguna complicación, y en esas ocasiones recurrimos a Dios, a su hijo Jesús y/o al Espíritu Santo para que nos ayuden, entonces ¿por qué no conceder con toda seguridad que en ese sacramento tan hermoso tuvimos también su imprescindible presencia que cambió nuestras vidas?

El haber sido bautizados, no es como que hayamos ido a una función de cine a ver una película que nos gustó o no, y después a continuar con nuestras actividades. No es el haber asistido a una convivencia con personas a las que les podamos agradar o desagradar. No es el haber ingresado a un club social del que por algún motivo podamos ser excluidos del mismo.

El haber sido bautizados, es haber recibido el regalo de ser hijos de Dios, para que tanto Él como su hijo Jesús y el Espíritu Santo habiten en nuestras vidas. Es una presencia divina, una amistad tan grande que nos acompaña en todo momento.

Entonces, ante un mundo cada vez más frio y deshumanizado, que va despreciando cada vez más lo que cada persona verdaderamente vale, y en el que de la misma manera se va olvidando de la solidaridad con los demás y del amor hacia ellos, en donde el sufrimiento y las carencias ajenas no nos preocupen y ocupen, ¿cómo es posible que no valoremos esa presencia divina que nos acompaña en todo momento y que está dispuesta a seguir ofreciendo un sinnúmero de bendiciones?

Situaciones tan lamentables como la reciente pandemia, las guerras, la migración, la violencia, los temblores, las inundaciones, la discriminación, el desempleo, la pobreza, entre otras que se han ido presentando y/o agravando vertiginosamente, evidencian que no podemos seguir navegando solos en este mundo, y que necesitamos caminar juntos para ir dándole sentido, valor y sensibilidad a nuestras vidas. No debemos sustraernos de una realidad que nos está perjudicando a todos, y en la que hemos soslayado la presencia de Dios.

Como bautizados, estamos llamados a dejar divisiones e individualismos, a preocuparnos por las necesidades de otros para ser una sola comunidad, abriendo nuestro corazón para que Dios guíe nuestra voluntad y que, por añadidura, Él bendiga nuestras vidas y la de nuestros seres queridos.

La respuesta a las necesidades más profundas no la vamos a encontrar en una “amistad” interesada, en un logro laboral, económico o académico, en una casa o vehículo lujoso, en un cargo público o privado, en el reconocimiento o aplausos obligados o exigidos, o en la “compañía” de la soledad por la que muchos han optado.

No esperemos a que alguien más tome la iniciativa, seamos nosotros mismos quienes vayamos contribuyendo a agrandar esa comunidad en Dios, para que a todos nos sucedan cosas buenas. Que nuestro bautismo no haya sido en vano.