viernes, julio 01, 2022

Benito Abraham Orozco, Buzón

El fracaso en la lucha por los derechos humanos

Con la creación de la Organización de las Naciones Unidas en 1945, y con la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, da inicio el consenso internacional en la búsqueda del respeto a los derechos fundamentales de las personas.

Además de la Declaración mencionada, a nivel mundial han sido aprobados algunos otros instrumentos de defensa de los derechos humanos, como lo son: la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948; la Convención Internacional sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial de 1965; la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer en 1979, etc. A nivel regional, también han sido aprobados diferentes tratados (v.gr: Convención Interamericana para Prevenir y Sancionar la Tortura de 1985; Convención Interamericana para Prevenir Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer “Convención de Belém Do Pará” de 1994, entre otros).

Como parte de la estructura de la propia ONU, funcionan el Consejo de Derechos Humanos y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, y como organismos regionales se encuentran: el Comité Europeo de Derechos Sociales; la Comisión Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos; la Comisión Interamericana de Derechos Humanos; la Corte Interamericana de Derechos Humanos; el Comité Árabe de Derechos Humanos, etc.

No obstante, la proliferación de normas, instituciones públicas y ONG en pro de los derechos humanos en el mundo, no ha ido aparejada del respeto a los mismos. En cualquier rincón de la tierra, ya sea un país del llamado “primer” o “tercer” mundo, en vías de desarrollo, o como se le quiera catalogar, en mayor o menor medida se siguen presentando violaciones a los derechos humanos.

En los EU sigue existiendo un racismo exacerbado, lo que quedó más que evidenciado con el gobierno de Trump, y qué decir de los países africanos, donde el apartheid no ha sido extinguido. En nuestro propio país, la discriminación hacia los migrantes y hacia los indígenas connacionales, sigue siendo muy marcada.

Las muertes en las diferentes latitudes, ya sea motivadas por cuestiones bélicas, por el crimen organizado, por razón de odio, etc., no sólo no han cesado, sino que siguen en aumento. Por ejemplo, en México, desde que inició el gobierno de López Obrador, hasta el 30 de septiembre próximo pasado (casi la mitad de su sexenio), se han registrado poco más de 100 mil muertes violentas. En el mandato de Peña Nieto fueron más de 156 mil muertes violentas, en el de Calderón más de 121 mil, y en el de Fox poco más de 60 mil.

La violencia contra las mujeres, la infancia y las personas adultas mayores, sigue siendo algo cotidiano, que con el confinamiento obligado por la pandemia del Covid-19 se ha agravado aún más.

Si bien, a los derechos fundamentales de las personas se les ha clasificado de diversas maneras y se les han atribuido diferentes principios que los deben regir, lo cierto es que eso queda nada más en el discurso de quienes se vanaglorian con su promoción y defensa, y en los cuerpos normativos nacionales e internacionales que los contemplan. La realidad es otra, pues las victimas en general, carecen de un acceso efectivo a la justicia derecho humanista (y a la justicia de cualquier índole), ya sea por su condición de vulnerabilidad, o por la falta de voluntad y/o de recursos para que les sea proporcionada.

Si hablamos de derechos tan indispensables como el de la igualdad entre hombres y mujeres, a la salud, a la vivienda, a la educación, a la alimentación, al trabajo, entre otros, indudablemente contamos con un rezago por demás escandaloso, que únicamente los miles de millones de personas que lo padecen en el mundo, en nuestro país, estado y municipio, podrán dar cuenta cabal de ello, ante la indiferencia de quienes lo vemos desde cada particular privilegio.

  Otro ejemplo sumamente palpable, de una desafortunada historia y vigencia, tanto en otros países, pero de manera muy especial en el que habitamos los mexicanos, lo es la violación a los derechos humanos que han y siguen padeciendo periodistas y defensores precisamente de esos derechos fundamentales. Siguen sufriendo amenazas, torturas y muertes, que patentizan la ausencia de un Estado de Derecho, así como la prevalencia de un Estado de indefensión.

Salgamos a recorrer las zonas periféricas de las ciudades donde habitamos; revisemos en internet cómo y de que tipo es la violencia que viven las personas en las poblaciones serranas de Chihuahua, en todo el Estado de Chiapas, en Honduras, en cualquier país de África o de Medio Oriente; cómo es la violencia en algunas partes de Los Ángeles o de Nueva York; entre otras cuestiones que bien pudiéramos investigar.

Sería un cinismo como sociedad, pero sobre todo como gobierno del país, estado o municipio que sea —o como ombudsman—, decir que existe un gran avance en materia de derechos humanos, y/o que todo marcha bien al respecto.

Aceptémoslo: la lucha en favor de los derechos humanos, está muy lejos de tener éxito.