26 septiembre, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

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Opinión.

Mauricio Islas.

Las relaciones afectivas aportan seguridad y mejoran nuestra calidad de vida pero también derivan en problemas cuando existen distintos intereses o puntos de vista.

Los conflictos pueden resultar dolorosos y complicados de afrontar porque generan emociones negativas intensas.

En estas situaciones, la mayoría de los adultos sabemos que es necesario emplear estrategias (escuchar las demandas del otro, expresar las nuestras, dialogar) para tratar de encontrar una solución pacífica que satisfaga a ambas partes.

Aunque a veces nos cueste templar los nervios y aproximarnos a la postura del otro,  jamás nos planteamos abofetear o pegar un cachete, insultar o amenazar con un castigo  si hacen algo que nos molesta,  si su comportamiento nos parece irritante.

Si eres capaz de controlarte en estos casos,  ¿por qué no con tu hijo o hija? Los conflictos con nuestros seres más próximos son pruebas de resistencia que nos ayudan a conocernos mejor a nosotros mismos y a nuestros allegados.

Si conseguimos solucionarlos de una manera no violenta,  permiten estrechar los lazos de esa relación afectiva,  ya que indicará que el amor que nos une está por encima de las adversidades,  el egoísmo los malos entendidos o el orgullo.

Todos los implicados deben ser conscientes de su parte de responsabilidad en el problema y tener voluntad de resolverlo.

Si algún miembro no tiene interés o sus emociones le impiden estar abierto a buscar una solución,  no será posible llegar a conciliar posturas. También es necesario saber cuándo es el momento idóneo para intervenir.

Si estamos muy enfadados o tensos con alguien,  no es útil sentarnos a hablar en ese momento, ya que es muy probable que nuestro malestar aumente y se bloquee la comunicación. 

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