13 junio, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

Fallarle a la sociedad tiene su costo

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Benito Abraham Orozco Andrade.

La bondad no se puede ver reflejada sino en acciones. En política, el pretender únicamente en el discurso ser un “auténtico” demócrata, sensible y ocupado en los problemas de la colectividad que se gobierna, sin haber ejercido acción alguna contundente y efectiva, que verdaderamente favorezca a los intereses y necesidades de la sociedad, sobre todo de los que menos tienen, no viene a ser sino pura demagogia.

Cuando se ha tenido por décadas y décadas, sexenio tras sexenio -sin importar las siglas políticas de donde provengan-, la oportunidad de servir a la mayoría que los eligió, así como a las minorías divergentes, pero, más que nada, el tener la obligación constitucional y legal de desempeñarse honesta y eficazmente para satisfacer las necesidades de los gobernados y, por el contrario, sólo se han ofrecido minucias a manera de paliativos para aplacar inconformidades, enfocándose en intereses personales o de grupo para allegarse ilícitamente de los bienes públicos, con qué cara pretenden obtener nuevamente la preferencia de aquellos a quienes les han fallado.

En los últimos años, el país ha experimentado un gran hartazgo y decepción de quienes los han gobernado en los distintos niveles, habiendo optado por otros horizontes políticos que aún siguen a prueba y a los que, en el corto tiempo, sus detractores les exigen que hagan lo que ellos no quisieron hacer en las múltiples ocasiones en que tuvieron la oportunidad y la obligación de hacerlo.

Es demasiado el cinismo de presentarse como quienes tienen la solución a todos los problemas, afirmando que supuestamente han dado muestras de saber gobernar, cuando precisamente a ellos se debe la pobreza, la inseguridad, la falta de empleos, los desfalcos en las finanzas públicas, la impunidad, la entrega del patrimonio nacional a otros países, etc.

Cuestión de que cada persona haga memoria y/o investigue qué es lo que han ofrecido y no han cumplido. Cuántos pactos leoninos han celebrado entre ellos y con cuales se han visto en desventaja los mexicanos. Qué leyes han votado o dejado de votar, en perjuicio de la sociedad.

Participar en una campaña política tratando de denostar a los de enfrente con mensajes que evidencian claramente infundios, pero más allá, que describen conductas negativas que ellos mismos han cometido reiteradamente (que los define), indudablemente no será la mejor estrategia, al menos en esta ocasión.

Muchos de los contenidos de una campaña, en especial las contiendas de polarización y de ataques entre candidatos, acompañadas de escándalos, resultan irrelevantes para los electores frente a los temas que tienen que ver con su vida diaria como el empleo, los salarios, la economía, la seguridad pública, el bienestar social, la salud, la educación y las pensiones, y esa larga lista de etcéteras que refleja las preocupaciones de una sociedad (IBINARRIAGA José Adolfo y TRAD HASBUN Roberto, El arte de la guerra electoral, México, Grijalbo, 2012, p. 30).

Al final, la opción que toman los electores se sustenta en sus propios intereses. A pesar de las largas temporadas de noticias escandalosas y de las discusiones aburridas que acompañan una contienda política, la decisión de los electores se inclina por lo que resulta importante para ellos. Es un error pretender conseguir el voto de los electores haciéndolos tomar partido por la campaña de escándalo y de la descalificación… (Idem).

A la sociedad en general lo que le interesa es tener y/o conservar una buena calidad de vida, y la faramalla que hacen muchos políticos en sus encargos, pretendiendo verse como ejemplares servidores públicos, así como la guerra sucia que han emprendido en las campañas electorales, tengan la seguridad que no están en sus prioridades. Si alguien tiene duda de por qué no se vieron favorecidos con el voto de las mayorías en ocasiones anteriores, y en un futuro por qué no se verán agraciados con dicho sufragio, habrá que tener claro en qué le han fallado a la sociedad (al grado de hartarla), enmendando lo que haya lugar, en el supuesto de quieran volver a gobernar.

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