domingo, agosto 07, 2022

Buzón, Luis Villegas Montes

Gabriel Ruíz y la equinolalia 

Una reflexión personal.  

A Dios gracias, esta no es una nota necrológica ni la debí empezar a escribir comenzada (o terminada) la correspondiente a la semana en curso; ahí nomás, saliendo de la sesión pública del Consejo de la Judicatura me instalé detrás de la computadora y me dejé llevar. 

A Gabriel lo conocí en la Facultad de Derecho; amigos nunca fuimos ni íntimos, conocidos apenas, con algunas amistades comunes que nos permitieron la cercanía propia de aquella edad y aquellos ayeres (entiéndase la de unos tragos de por medio y noches locas de pláticas largas, plenas de vericuetos y altibajos emocionales). ¡Ay, Dios mío! ¡Cómo pasan los años! 

Donde me reencontré con Gabriel fue en el Tribunal, magistrados ambos; él, con una larga trayectoria dentro de la institución (a la que no faltaron reconocimientos varios por su destacada labor), yo, magistrado foráneo y cargando por ese mote que me enorgullece en lo particular aunque la opinión pública haya intentado desmerecerlo en su oportunidad y pertinencia: “oxigenador” (desde entonces me siento como Chanoc, buceando en las profundidades y nadando entre tiburones —aunque sin el cuchillote entre los dientes—). 

Como sea, a lo largo de estos años, producto de las singular biografía de cada cual y de las circunstancias (adversas) que a ambos nos tocó vivir, estrechamos lazos de amistad y reconocimiento mutuos. 

El martes pasado, Gabriel dirigió sus últimas palabras como Consejero de la Judicatura; al día siguiente, formalmente anunció su jubilación y se salió de todos los grupos de chat donde estaba incluido; así, de ese modo simple, Gabriel puso fin a una carrera de treinta años en el Poder Judicial. 

Me alegro de haber manifestado, en su oportunidad y de forma pública lo que hoy reitero: qué bueno que se va Gabriel de esa manera, sin alharacas ni aspavientos; sin esa larga y aburrida sucesión de amagos que solo busca incrementar el número de privilegios, prebendas y canonjías que para algunos el cargo les ha significado a lo largo de los años o, quizá, tal vez, solo buscan que hable el caballo. Me explico. 

Se cuenta que hace muchos años, en un reino alejado del oriente próximo, había un rey a quien hizo enojar uno de sus ministros; erudito, instruido en multitud de artes, su sabiduría no fue suficiente para calmar el enfado del monarca, por lo que este mandó que le cortaran la cabeza a la mañana siguiente. Antes de la ejecución, mientras paseaba por los jardines, el señor escuchó que su súbdito lo llamaba a voces, más por curiosidad que por otra cosa, fue a la celda donde este esperaba la ejecución y fue entonces que escuchó una insólita petición. El antiguo burócrata le pidió clemencia y, a cambio, prometió que en un año justo a partir de esa fecha, él haría que el caballo favorito del soberano pudiera hablar. Más divertido que azorado y lleno de curiosidad, el rey accedió a la extraña petición y ordenó que fuera excarcelado. Pasadas algunas horas, un antiguo compañero del exfuncionario, llamó su atención preguntándole si se había vuelo loco; si sus largos años de estudio le había derretido el cerebro o alguna enfermedad mental lo había hecho su presa; era imposible que el equino pudiera hablar y menos dentro del plazo de un año; el caballerango se detuvo y sin meditar su respuesta respondió: “mira, a estas horas yo debería estar muerto; con mi oferta gané 365 días para mi causa, en el transcurso de los cuales nuestro amo puede morir, me puede perdonar, su hijo el príncipe puede interceder por mí, el régimen puede ser derrocado o, incluso, el caballo aprende a hablar; es cosa de esperar y ver qué pasa, en su momento ya veremos”. 

Así muchos. Hace hasta lo imposible por continuar en el candelero a ver qué pasa. Ofrecen o piden dádivas que les compensen de su pérdida de influencia; urgidos, necesitados de respirar, poquito más, ese hálito de poder tan necesario para su disminuida presencia y su escasa honra. Con excusas y pretextos postergan su adiós, aferrados a un cabito de autoridad que les brindó el ejercicio de la judicatura. 

Gabriel se retiró con entereza, pulcritud y bonhomía. El modo en que se despidió da cuenta de la necesaria integridad que debe honrar el quehacer jurisdiccional; se va sin lastres, sin remilgos y con su actuar brinda ejemplo de integridad; no se atuvo a palabrería inútil ni a posturas equívocas; sin fisuras ni requiebros morales que, eventualmente, habrían empañado una trayectoria limpia. 

Como sea, gracias Gabriel por el ejemplo, tan necesario en esta hora; porque hasta para decir adiós con dignidad hay que tener presencia y tamaños. Aquí seguimos hasta que la vida nos vuelva a juntar. 

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Luis Villegas Montes. 

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