24 octubre, 2021

El Devenir

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La Cantina, donde la palabra se humedece

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Fray Fernando.

Dos volcanes

Recuerdo una lectura de los primeros libros de texto gratuitos titulada ¿Quién ha visto nacer un volcán?

Por lo menos, Francisco Lázaro Bravo, un joven michoacano si vivió la experiencia en 1943 a sus 18 años de edad, año de nacimiento del volcán Paricutín en Michoacán hace 8 décadas.

 “Era un lugar muy tranquilo donde no pasaba nada. Hasta que un día, del suelo y ante nuestros ojos, apareció un volcán”, dice Lázaro con voz cansada y sus casi 100 años a cuestas.

El recuerdo se articula con los sucesos del más reciente volcán, el de la Palma, en España, que esta en erupción arrasando todo lo que encuentra en su camino tal y como sucedió en Michoacán donde la lava acabó con dos pueblos, Paricutín y San Juan Parangaricutiro.

Ayer como hoy la gente se arrodilla presa de pánico derivado de la neurosis del infierno. Los dos volcanes remiten al caos que creó este planeta aun inacabado. Lleva a reflexionar acerca de los terremotos, impactos de meteoritos y los vómitos de magma, de gases y de fuego emitidos desde el fondo de la tierra en sus 4 600 millones de años de vida.

Impacta saber que tales convulsiones formaron valles, llanuras, montes y cordilleras a la par que las primicias de la vida aparecían en el agua hace miles de millones de años. Esto genera interrogantes:

¿Será que la vida es una simple anécdota frente al fuego eterno? ¿Estamos frente a una aventura de la química orgánica que un día desaparecerá sin dejar rastro?

Difíciles respuestas, pero dos cosas son seguras:

Un volcán en erupción nos da a entender que la humanidad está bailando sobre unas placas tectónicas movedizas en este mundo sin terminar mientras viajamos a gran velocidad hacia ninguna parte dejando atrás una estela de crueldad, de belleza y de culpa.

También, del fuego del volcán se sirvieron los que han afirmado ser representantes de poderes supra normales bajo la meta de acrecentar su poder al asimilarlo al castigo del infierno. ¿Qué le respondieron a Francisco Lázaro Bravo cundo declaró: “creíamos que eran los acabos del mundo, que algún castigo de Dios nos había llegado por lo que andábamos haciendo mal por acá.”

Lo sabemos, y ese vínculo entre Paricutín y de la Palma muestra que pese a los grandes avances científicos aun hoy un solo pensamiento de duda puede condenar por toda la eternidad al fuego eterno.

Algunos optimistas señalan: “Hoy el fuego del infierno, que tanto nos acongojaba cuando éramos niños, ya parece estar en poder de los poetas, de los turistas y de los científicos”.

Francamente lo dudo.

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