22 mayo, 2022

El Devenir

Periodismo con compromiso social

La Cantina, donde la palabra se humedece

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Opinión.

Palabras: se las lleva el viento.

“Ah como dices pendejadas”- le reclama un parroquiano de La cantina a un barbaján. “Parece que trajeras la palabra miembro viril en la boca, bájale”.

Pienso: cierto, Pedro dice tarugada y media, pero finalmente solo son palabras: unas ofenden, otras bendicen, las hay que matan y no faltan las de halago. No son más que un poco de ánimo que en el mejor de los casos sirve para decir vidita mía o para decir hasta aquí, ya me hartaste.

En La Cantina se escuchan muchas conversaciones, unas corrientes, otras cultas. Fuera de ello me pregunto cuántas son necesarias, definitivas y solidarias. Escucho que algunos confiesan que un sí, o un no cambiaron el curso de su vida. Oigo a otros que se arrepienten de haber expresado” Como quieras, hay nos vemos” o “Yo puedo dejar de tomar cuando quiera”. Encuentro a quienes se arrepienten de haber callado por miedo palabras como “Me gustas”, “Alcohol sí, pero droga no” o “hasta aquí, ya déjame en paz”. La mayoría de las palabras se las lleva el viento, pero las hay perversas que una vez dichas, caen al suelo y laceran pies y alma.

“Sí me voy de bracero” dijo un joven veinteañero en 1950. Ese si le creó una senda de sufrimiento, de golpes, humillaciones, discriminación y largas jornadas de trabajo mal pagadas en Estados Unidos. Por eso pienso ¿Cuándo fue la primera vez que dije no? No hace mucho, fue un gran día, entendí que en muchas ocasiones el no libera, el sí traba.

Entendí que en este mundo la inequidad también se da en el habla y cierto es que la verdad no cambia, pero según con qué palabras venga adornada una misma verdad te llevará al cielo o al infierno. Veo las mentiras mediáticas, las “verdades” en las redes sociales y concluyo que a la gran mayoría de las palabras se las lleva el viento, brisa que las distribuye en la familia, en el barrio, en el municipio, el estado, el país y en el mundo formando un ambiente venenoso, tóxico, que dificulta la respiración y el buen juicio.

Por eso hasta en La Cantina se advierte sabiduría. Y en este espacio, como en otros, las palabras hay que aprender a respirarlas según su valor y naturaleza.  Las hay letales, destructoras como las que se utilizan para matar a periodistas, pero también están en el diccionario las palabras de la madre que reza y pide por su familia o las del revolucionario que da la vida por sus semejantes.

 Unas te amparan, otras te aniquilan. No son más que posibilidades que en el mejor de los casos sirve para decir “vidita mía” o para decir “hasta aquí, ya me hartaste”.

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