sábado, julio 02, 2022

Buzón, Fray Fernando

La Cantina donde la palabra se humedece. Imágenes

A unas cuadras de donde vivo está el canal del Chuvíscar y en sus riberas se encaraman: bancos, boticas, plazas comerciales, gasolineras y sedes de partidos políticos: el capital y el mercado en todo su esplendor. Es un lugar en donde hace no mucho tiempo, el río, aún no capturado por toneladas de cemento, albergaba fosas y tinajas plenas de agua, delicia para jóvenes nadadores y clavadistas espontáneos.

En la ribera derecha se localiza una plaza de toros dormida, coso en espera de un público largamente ausente, y en la izquierda se extiende un conglomerado de edificaciones presididas por el Museo Semilla, el Colegio de Bachilleres, el Palacio de Justicia y una de las terminales del Vive Bus. En esta dirección se encuentra un hotel alojamiento casi secreto al que entran los amantes clandestinos y las putas del barrio llevan sus clientes. En la vereda opuesta, un comercio variopinto con ombligo en el “Puerto de San Pedro” en la confluencia de las avenidas Ocampo y Niños Héroes. También pueden verse espacios hermosos como un tramo de la avenida Zarco con su Parque infantil, el Auditorio Municipal y la famosa venta de taquitos de papa, pero se advierte también la miseria en las calles, en la intemperie, abrigada por cartones o lonas,

En este entorno, hace unos días (16 de mayo), en una de las callejuelas que rematan en el canal por la entrada de un edificio, en el pétreo umbral, vi dos jovencitos, casi niños, de esos que la sociedad ha etiquetado como indigentes. No tendrán más de 12 años y guardaban celosamente sus escasas pertenecías en un carrito de supermercado. Dos pequeños que a temprana edad perdieron todo, hasta la poca dignidad que podía brindarles su corta vida, porque si de algo carece la miseria es dignidad. Eran dos varoncitos, pero lo que llamó mi atención no fue el carrito de supermercado con sus pertenencias sino los adornos: por uno de sus lados la bandera nacional y por el otro la imagen de la Virgen de Guadalupe.

Esa mañana me quedé pensando en que ese par de tiernas vidas es parte de los 38 millones de mexicanos menores de 18 años muchos de ellos supervivientes de la violencia materializada en golpes físicos, desapariciones, pederastia, asesinatos, obligados a trabajar a temprana edad para ayudar en el hogar (3 millones), viven en condiciones de pobreza (casi 20 millones), no pueden aún reincorporarse a la escuela y son forzados a migrar, la lista es larga y dolorosa.

Pasé de lado, no ignorándolos, pero si con cierta distancia lo cual me reconvine al plantearme el por qué no me detuve a platicar con ellos ¿Cómo se llamaban? ¿De dónde venían? ¿Dónde estaban sus padres? Y observar sus prendas preciadas en su carrito porque, probablemente, sus cosas dirían más de su vida que ellos con su lenguaje. Un alud de sentimientos contradictorios me acosaba: cuál es el valor y el precio que se le asigna a las niñas y niños la sociedad capitalista donde la posibilidad de una infancia feliz se ha perdido.

También importaba la bandera, y la imagen religiosa. Cómo esos dos pequeños- me cuestioné -asumen sentimientos patrios y religiosos al arrastrar su carrito de supermercado.