26 octubre, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

La Cantina, donde la palabra se humedece

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Fray Fernando.

Ancianos

Cumplí recientemente años y mi nieto me dice: “Abuelo feliz cumple, un año más”. Le contesto: “A mi edad cada año significa un año menos. A la tuya es todavía uno más”.

El evento me llevó a reflexionar acerca de la vejez no solo como experiencia personal, sino desde un mínimo acercamiento a otros que transitan la llamada edad dorada.

De inicio me cuestioné ¿La última etapa de la vida, en nuestra sociedad, está inmersa en un discurso político y social que desprecia a los mayores? ¿Es verdad que se da una discriminación por edad convertida en cotidiana y opresora?

Grandes pensadores como Cicerón planteaban desde hace miles de años la cuestión y encontraban cuatro motivos por los que la vejez puede parecer miserable: “La primera, porque aparta de las actividades; la segunda, porque debilita el cuerpo; la tercera, porque priva de casi todos los placeres; la cuarta, porque no está lejos de la muerte”.

Desafortunadamente la pandemia agravó tales males, y si bien, hoy con las vacunas las cosas se atenuaron, durante largos 18 meses los ancianos cayeron por efecto del Covid, y pareciera que los estuvieron y están siendo deshechos, no ya tanto por el virus como por una sociedad que los considera incapaces, carentes de iniciativa, además de una carga.

Pero, ¿Será cierto que el Covid ha apartado aún más a los mayores de las actividades? Creo que no. Mis entrevistados me cuentan que siguen cultivando sus plantas; leen los periódicos impresos, van a los supermercados en “horario para viejos”, y quien cuenta con mínimos medios tecnológicos mandan audios por WhatsApp. En suma, están activos pese a las restricciones.

Algo innegable es que la edad debilita el cuerpo, pero ¿Será el cuerpo lo más importante? Para nada, y menos en esta pandemia que va para largo. “Tal vez”, dicen, “quienes nos llaman “betabeles” sean los del problema porque el movimiento de sus cuerpos ha sido restringido, nosotros disfrutamos no tanto de mostrar fuerza sino desde nuestra experiencia que permite dar amor”.

Luego, ¿Será verdad que los “betabeles” carecen de placeres? Cierto la vida es de sufrimiento, pero también de fiestas, de vacas gordas, de música de reuniones familiares, de risas, de “lo bailado quien me lo quita”. Los años pasan y con ellos se tiene un placer grandioso ¡Se está libre de su tiranía! Se goza, se es feliz, se disfruta sin culpa de no asistir a ruidosas fiestas juveniles.

En cuanto al temor a la muerte, vil mentira para los ancianos. Se escucha que el virus los acabará con mayor facilidad. Que son los más jodidos. Que hay que protegerlos, porque no pueden ya decidir por sí mismos. Diría más de uno, “ni madres” porque ante la muerte jóvenes y viejos se emparejan y como un sabio anciano dijo: “mientras ellos esperan vivir más que tú, el hecho es que tú has vivido ya más que ellos”.

Por eso mis entrevistados aseguran con seguridad: “Nadie es dueño del mañana. Así que ni se te ocurra tener miedo”. Están convencidos de que la enfermedad del espíritu daña igual o más que la del cuerpo. Saben que este ya no es tan valioso mientras que su espíritu está en plenitud. Saben más, aman más, entienden más.

Con esto, las preguntas acerca de la discriminación y del discurso político y social que desprecia a los mayores sale sobrando.

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