22 septiembre, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

La Cantina, donde la palabra se humedece. Ah, la vanidad

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Fray Fernando.

Hace años llegué a prestar mis servicios profesionales a un bello pueblito en los límites de Sonora y Chihuahua, La Norteña, municipio de Madera. Ahí cuestioné: Si una palabra no está en el diccionario, ¿no existe? Esto porque encontré una serie de expresiones regionales que por primera vez oía. Entendí el que una palabra o expresión puede no figurar en el diccionario y ser correcta.

Por esos años escuchaba diálogos entre “los norteños” como el siguiente

-Oye María, Krimilda ¿Cómo está?

-Anda, ancha de gorda, comida de queso

Posteriormente conocí a Krimilda, una joven flaca, alegre y lejos de ser obesa. Asumí que nadie escapa al imaginario de perfección sobre nuestras carnes y que lo gorda y deglución del lácteo producto era una forma de decir que la joven gozaba de cabal salud y hasta de belleza.

Hoy, y desde hace décadas veo que vivimos sitiados por un alud de imágenes perfectas, rebosantes de juventud que pretenden hechizar a mujeres y hombres con promesas de belleza que incita a entrar a ese mundo ficticio de vida soñada que luego puede convertirse en pesadillas.  Buscamos, – Sobre todo los jóvenes- parecidos y rasgos saludables reflejo de los retratos hermosos de la publicidad. Luego, caemos en la cuenta de que atrás de toda esta parafernalia están las garras inmisericordes del poder y el dinero.

Retomando mi experiencia de La Norteña y la expresión “Ancha de gorda”, esta contemplaba tanto a delgadas y delgados como gordas y gordos, significaba “esta muy bien” pero observé que en el plano preferencial se privilegiaba a las personas ligeramente regordetas y a partir de esto, con los años vi que, si bien en todas las épocas se desea gustar, los atributos considerados hermosos cambian constantemente y lo bello finalmente se liga a lo exclusivo y a la riqueza. Se entra en una especie de oferta y demanda y lo escaso vale más.

En el poblado de mis primeras experiencias pedagógicas existía cierto desdén y burla por las flacas y flacos, se asumía su condición a “lo fregados económicamente” y aunque seguramente no conocían al poeta Marcial quien sentenciaba: “No quiero una amiga delgada, que me raspe con su rabadilla desnuda y me pinche con su rodilla y a la que le sobresalga en la espalda una sierra”, tal vez no querrían desposarse con esqueléticas o esqueléticos.

El patrón histórico es constante. Una y otra vez cambia el imaginario de belleza, lo que no cambia es su signo de ostentación caro, demasiado caro.

Actualmente las gordas y gordos no son tan apreciados lo que lleva a un imaginario de perfección que impone severas disciplinas en lo físico y económico. Nadie queremos arrugarnos ni envejecer.

Ojalá esta pandemia oriente, en lo educativo, a establecer desde los primeros años de preescolar y primaria programas para lograr, de una vez por todas, que el bienestar no consiste en moldear nuestros cuerpos desde la triada delgado, tirante, firme, sino desde una educación emocional que permita acercarse a la difícil felicidad.

Por lo pronto me encuentro “ancho de gordo y comido de queso”

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