3 agosto, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

La Cantina, donde la palabra se humedece. La niebla del olvido

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Fray Fernando.

Evocar es una especie de bendición, pero la memoria suele jugar traiciones crueles que en casos extremos llevan a la demencia. Esta brutal realidad deja al cuerpo viviendo en compañía de un cerebro que por alguna razón colapsa con repercusiones graves porque en no pocos casos la enfermedad supera los límites de la medicina y surge el temible alzhéimer.

Tuve un amigo que ya no reconocía a nadie. Su esposa e hijos dicen que empezó con dificultades de la memoria inmediata: olvidaba preguntas, respuestas, confundía y repetía incansablemente ciertas cuestiones. Los niños, crueles como suelen ser en ocasiones, reían de “las ocurrencias” del abuelo, pero a los adultos la situación les inquietaba porque los males se realzaron perdiendo entre la niebla del olvido fragmentos de un pasado cada vez menos reciente. A veces recordaba retazos de su infancia, su juventud, pero los últimos años no acudían a su memoria. Finalmente. los médicos dictaminaron: Alzhéimer.

La enfermedad de ninguna manera es nueva y Jonathan Swift (1677-1745) en sus famosos “Viajes de Gulliver” la sugiere cuando en una de sus peripecias geográficas el protagonista llega hasta la isla Glubbdubdrib, en el que habitan los Struldbrughs, seres inmortales condenados al deterioro mental, pues no solo se olvidan del nombre de las cosas, sino también del de las personas, además de no entusiasmarse con lo que leen, que también olvidan una vez leído.

Jonathan Swift, quien al parecer sus últimos años sufrió este mal, no supo de qué se trataba. En cambio, para mi amigo y miles de personas que soportan la enfermedad hay una buena:  en 1901, el neurólogo alemán Alois Alzheimer, identificó los síntomas. Otra mala:  hasta hoy, la ciencia ha venido luchando a contrarreloj para encontrar paliativos, bocetos químicos que devolviesen la vida al hipocampo, parte cerebral encargada de la formación de memoria. Pero los esfuerzos aun no consiguen una cura ni siquiera mediana.

Respecto a mi amigo, murió en medio de la pandemia. Afortunadamente contó con una esposa amorosa que lo apoyó día a día. Al principio cuando aun mi amigo no se sumía en la total niebla del olvido intentó disimular sus males, pero todo fue inútil, al paso del tiempo todo se volvió triste: incontinencia, trastornos del habla, trastornos del comportamiento. No sé si tuvo conciencia para entender que se moría a pedazos; que asistía vivo a su propio funeral. Lo cierto es que cada día comía y bebía menos. Le hospitalizaron, volvió a casa, luego todo empeoró, nueva hospitalización en donde permaneció hasta su fallecimiento.

Hoy lo recuerdo en una primera visión: fuerte, lleno de vida, tan radiante a su manera. En una segunda y a punto de cumplir 70 años, lo evoco inmóvil y mudo en su sillón, como apagado, como hundido en sí mismo.

Lo recuerdo en sus últimos días aparentemente bien en su físico general, pero veo que otros, (entre los que me cuento) o somos más viejos, o estamos más deteriorados físicamente, pero contamos con un privilegio: seguimos siendo nosotros mismos y gozamos-o al menos lo intentamos- de pensar, de recordar las propias ideas, de recordar a quienes amamos y hasta de hacer proyectos, vivir el presente, sufrir con el pasado y recordar aquello que sentimos.

La muerte en general deja tristeza, culpa, resignación y buenas enseñanzas. En el caso del deceso de mi amigo me confirma una cosa:  el Alzheimer, es una enfermedad del cerebro, no del alma. Y no puede ser de otra forma, ¿Por qué como podría ser el espíritu lo contrario de la materia? Puesto que depende de ella, puesto que ella lo lleva y lo vence, puesto que ella lo produce -en    el cerebro humano-, lo protege o lo borra.

Fuera de disquisiciones filosóficas a lo mejor sería bueno consultar Cien años de soledad. Obra Maestra del “Gabo” en donde desde su genialidad augura su propio final, al describir a José Arcadio Buendía luchando contra la pérdida de memoria que asola Macondo. Así, Buendía ingenia la máquina de la memoria, una especie de diccionario giratorio cargado de fichas y que pone a funcionar mediante una manivela. José Arcadio Buendía intentaba luchar contra el olvido. Su ingenioso invento le daba la posibilidad de repasar todos los días, “la totalidad de los conocimientos adquiridos durante la vida”. Y bueno, pues a intentar construir la maquinita de Buendía. Ya no hay más que la memoria para quienes medio la hemos conservado y tal vez conservemos

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