18 octubre, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

La Cantina, donde la palabra se humedece. Muertos, deseos y esperanza

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Por Fray Fernando

Reviso mis contactos telefónicos y encuentro una cruda realidad: la lista refleja un obituario que se incrementó con rapidez de abril de 2020 a lo que va del 2021.

Me falta mi madre, un Guillermo, otro Guillermo, una Irma; añoro la presencia de Rogelio, Ernesto, Ángel, Albino, Úrsula, Joel, “Chayo”, Xochitl, el “Tío” Grijalva”, el “pollito Chávez” y muchos más ¿Los borro de mi directorio? Intento responder: “pues sí, al cabo ya no me responderán”. Luego rectifico: “No, hay los dejo como recuerdos que en cada recorrido del listado aparecerán”.

Un novelista escribió que: “La muerte es el respaldo oscuro que necesita un espejo si queremos ver algo”(Saúl Bellow 1975). Solo que, en mi caso, el reflejo de los que ya no están resulta doloroso y duro al escudriñar el vidrio. Hoy, por ejemplo, extrañé a Ángel y a su grito de guerra: “Hijos de su tiznada madre”; a Guillermo, con su contagiosa risa, los consejos de don Francisco, pilar ferrocarrilero, y desde luego a doña Consuelo.

Han sido muchos muertos y no me refiero especialmente a los casi 200 mil decesos por Covid-19. Remito a mis muertos cercanos: familiares, amigos y conocidos, muertos que desde abril del 2020 han sido suficientes como para invitar a la incredulidad porque ni los números ni las palabras parecen ser suficientes para comprenderlo. Ha sido algo sin precedentes, indescriptible, no imaginable.

Año del 2021, presente lo tengo yo: existe como un vacío, demasiado grande o demasiado doloroso para que mi corazón lo entienda.

No todo ha sido Covid 19, en mis muertos encuentro otras causas finales, pero en su mayoría fallecieron por el implacable ataque del virus asesino. En suma, el período ha sido una tragedia, vívida, inmediata, que se ha desarrollado ante mis ojos.

Y las muertes, con toda su expresión de asombro, solo gatean sobre la superficie del sufrimiento. Cierto, “la huesuda” se lleva un ser querido, pero atrás de esta perdida quedan por lo menos 5 o 6 deudos con gran dolor, padecimiento agravado por no poder seguir una despedida normal a su difunto, o incluso de la oportunidad de estar presente en el lecho de muerte de su ser querido.

Luego están las privaciones más amplias: soledad, pérdida de empleos, inseguridades financieras, educación maltratada de los niños. Es fácil, en medio de las familias en duelo, el aumento de la pobreza y la sombra de la pandemia de enfermedades mentales, nos sentimos desolados. Todos hemos perdido algo.

Sin embargo, curiosamente, a pesar de todo el trauma, no me siento animado por la esperanza porque los esfuerzos de hoy, mañana se convierten en frustraciones y: nuevo alivio fugaz; además de ansiedad, emoción, desconfianza, anhelo, inquietud. ¿Pero esperanza? Es mejor la desesperanza, la que hace que ponga los pies en la tierra.

Respeto a quien asume la esperanza como un acto de fe. Pero creo que se requiere voluntad de actuar con la convicción de que ilusionarse está bien, pero la realidad invita a que haga el esfuerzo de enfrentarme al mundo tal como es, sin adornos, sin ilusiones, y todavía encontrar motivos para levantar la cabeza y sentir que el corazón se hincha.

Frente a esta realidad ¿Qué deseo? O mas bien ¿Qué deseamos? Mis muertos ya no están físicamente y oriento mis deseos primero como carencia y luego como fuerza. La primera me lleva a contar con lo que no tengo y por ello mis deseos son carencias. Y ¿cómo no desear lo que me falta? Lo que es efecto del amor.

Si mis muertos revivieran tendría lo que deseo, pero ¿esto es de hecho ser feliz? Definitivamente no porque solo lo deseo en tanto que me falta, en tanto que ya no los tengo.

Creo que desear que mis familiares, amigos y conocidos que ya no están, estén, es sin duda una frustración, un dolor y una pena. Desear a aquella o aquel que si tengo en el aquí y en el ahora, es una alegría y una felicidad, ambigüedad aparente que me hace cuestionarme: ¿Debo desear lo que me falta y sufrir? O bien, ¿Desear lo que existe, y disfrutar de ello? Quizás ambas invitaciones deben ser vividas, y a veces simultáneamente.

Surge la segunda característica del deseo, la fuerza. Me aferro a la gran enseñanza de Espinosa quien decía: “No hay amor dichoso, mientras amemos solamente aquello que nos falta, ni dicha sin amor cuando disfrutamos de lo que existe”.

Al fin y al cabo, lo real no falta nunca y el amor cobra mayor valor cuando se convierte en deseo, frente al solo deseo de la felicidad, que solo es esperanza.

En tanto, dejo a mis muertos en el directorio de mi teléfono. Son reales, no me hacen falta porque están en mi mente y corazón.

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