martes, agosto 09, 2022

Fray Fernando, Opinión

La cantina, donde la palabra se humedece. Olores

Héctor Blancarte, viejo amigo, me pregunta:” Fernando ¿Qué tan cierto es que las personas que comparten el mismo olor tienen más probabilidades de forjar una amistad?”

Bueno, le digo, tú eres mi compa, aunque hueles muy feo y si de eso dependiera nuestra amistad esta se habría acabado. La verdad, creo que esta depende de otros factores.

 Agrego que tal vez oler es una es una necesidad social para la mayoría de los animales porque ayuda a determinar quién es amigo o enemigo, a detectar la receptividad para la reproducción o permite a las madres localizar a sus crías. Pero, entre los humanos, el olfato no es muy valorado. Y asegurar que los amigos comparten aroma y que las personas que huelen diferente tienen menos probabilidades de forjar una nueva amistad quien sabe, tal vez.

Pero he oído, arremete Blancarte, que la alegría o la tristeza huelen diferente o, incluso, que los humanos pueden provocar estados emocionales de los otros lo que haría posible que los amigos tienen un olor similar.

Tal vez, le contesto, pero oler igual podría deberse a que los amigos pasan más tiempo juntos, comen lo mismo o viven experiencias o en espacios comunes. Fíjate ¿Cuántas horas pasabas con tus amigos en El satélite, cantina en la que bebían, comían y se impregnaban de aromas de orines mezcladas con hierba “gobernadora”, y, además, se sabía que los miembros de ese cotarro eran poco afectos al baño, ya no diario sino semanal.

Ah cabrón, señala enfático Blancarte, entonces el entorno provocaría que oliéramos de forma similar y eso llevaría a las amistades. Yo creo que es puro cuento porque el olor no es otra cosa que volátiles químicos.

Le respondo, pero entonces donde dejas aquello: “de inmediato sentí química con este guey”  ¿Significa esto que las personas con olores más diferentes no pueden ser amigos?

Blancarte entra de lleno al tema señalando: pues quien sabe, haciendo un repaso de mis amistades encuentro que olían a sudor mezclado con aromas propios del espacio donde laboraban. Unos daban el golpe a verdura en tanto trabajadores de las bodegas; otros a gis como los profesores borrachentos; no faltaban los que despedían olor a gasolina o aceite, luego los panaderos con fragancias a levadura y harina; como dejar fuera a los periodistas cuya esencia reflejaba tabaco, tinta, y en mi caso, a tierra, brea, grava propia de los garroteros del ferrocarril. ¿Qué tanto influirían estos perfumes para forjar amistades?

Al final ambos recordamos la versión de amistad de Tavo Zamora, plantígrado emigrado a Estados Unidos que convencido sostenía: “A mis amigos los mató Villa, y no tengo otros que mis huevos y un peso en la bolsa”, aunque en la realidad es un excelente compañero.

Otro amigo, ya fallecido, Ángel Moreno, ante la posibilidad de que los olores unificaran amistades declaraba enfático: “Nombre, en la cantina como íbamos a ser amigos por los olores si la mayoría olía a pura maleta de húngaro”.