domingo, agosto 14, 2022

Buzón, Fray Fernando

La Cantina donde la palabra se humedece. Perros y perra

Mi hija Miyaki recoge cuanto perra o perro advierte que está perdido o abandonado en la calle. La penúltima fue un ejemplar de raza callejera cruzado con de la calle en condiciones desastrosas: herida en lomo, cuello, patas con evidencia de ataques no tan fraternos. La instaló en un cuarto que, durante el confinamiento, llamamos “Posada Perruna”.

Fue a la veterinaria a buscar medicinas y regresó enojada, el especialista le dijo: “es mejor dormirla”, tal vez porque cree mas en los canes que en las personas. La damnificada medio se adaptó al nuevo entorno, y en tanto, Miyaki subió al Facebook de perros perdidos foto e información de la huésped forzada a la par que intentó que comiera, hiciera mínimo ejercicio y le hablaba en lenguaje perruno.

Al paso de los días empezó a comer, a medio mover la cola y a caminar un poco en el patio trasero. No es el primer animal desvalido que habita en casa: hubo hámsteres, tortugas, otros perros y si se le atraviesa una víbora seguramente la recogería. Después de que sus dueños los procuraban Miyaki se despide de ellos agitando la mano, diciendo: “Que seas feliz con tus auténticos dueños”.

Y aunque ninguno de los damnificados permaneció demasiado tiempo, el suficiente para que crecieran el cariño o el hábito, si despertó una gran empatía con los llamados irracionales.

Miyaki decía: “Se fue”. Y se había ido. Miyaki sabía que su regreso era imposible, pero esperó nuevo ejemplar. Cada vez que por el frente de la casa o en la calle ve perros intenta descubrir a los que fueron suyos temporalmente. Sé lo que se pregunta: si estarán vivos, si estarán en mejores condiciones que con ella.

A veces se queda acongojada y de pronto dice: “¿Estarán bien?” Me encanta su misericordia.  La de una persona serena que puede vivir con ausencias que calan.